“…Resurgir ante las contiendas del abismo…”

Batalla por la Supremacía

La vaina a penas se sostenía en el cruce de caminos. Las brisas resoplaban con fuerza. Azgal había llegado finalmente.
Tras sustraerla, enfundó su espada y la calzó sobre su cintura. La delgada línea morada le enseñaba una civilización bajo llamas, al frente.
Una lágrima se arrastraba por las grietas de la cicatriz, la que yacía en su pómulo.

Sin mas rodeos marchó al frente sosteniendo la jabalina que él mismo fabricase para la caza. Llegando al valle advirtió cadáveres y sangre sobre las densas colinas de arena.
La torre se hallaba quebrada, mientras que un cartel con su nombre estaba a punto de soltarse del último agarre.

En la distancia logró alertar a un hombre, que aguardando de espaldas yacía sentado en cuclillas. El mismo contaba con una espada por cada mano y delante de él se encontraban sables, picas, hachas y rastrillos clavados en la superficie.

Azgal avanzó notando el denso incendio y los cuerpos sin vida por doquier. Tras llegar, a aquél caballero, le posó la mano en la hombrera. Sin que éste, siquiera, le viera pronunció:

– Estas a tiempo de salvarte. Lárgate, es una orden –
– ¿Ahora eres General, Ed? –

Sus filos se soltaron de repente y se giró súbitamente. Las lágrimas manaban desde sus ojos al advertir su presencia frente a él.

– ¡Azgal…! –
– Resiste amigo –

El caballero abrazó al viajante. Y éste último pudo notar una sombría figura hacia el horizonte.

– Te creíamos muerto –
– Descansa Ed. Yo me encargaré de la situación –
– Ya no queda mas que podamos hacer –
– Confía en mi –

Azgal prosiguió la marcha y, de entre los escombros, guardias sobrevivientes le vieron llegar.

– No es posible –
– Ese es… –

Asintió uno de los más jóvenes reclutas.

– Azgal, el conquistador –

Ignorando a los presentes, el muchacho se embarcó a través de caminos inhóspitos que solían pertenecer al valle. Ahora estos se hallaban cubiertos de muerte y desolación.
A lo lejos, advirtió al encapuchado que sostenía en alto a un herido joven. Mientras que detrás una enorme figura deambulaba delante de los aldeanos.

De pronto su caminata se convirtió en una carrera contra el tiempo. Azgal inclinaba su jabalina hacia el cielo acechando la gloria. Se preparaba para lanzar la misma al frente, cuando el encapuchado de pronto soltó al moribundo Rod y le señaló.

– ¡Tu! ¡Haz llegado! –

Un rugido resonó por detrás y entre los habitantes, Nube, percibió al muchacho de los brazaletes en la distancia.

– ¡Enfrenta a tu destino! –

Exclamó el místico y un espiral de fuego desbordante se produjo desde su mano. Al instante Azgal bloqueó el conjuro con una de sus pulseras, y cuando se preparaba para despedirse de su lanza la bestia acometió sobre él. Una de las zarpas colisionaron contra la misma y forcejeando, el muchacho, procuró desenvainar el sable para atacar. De pronto la jabalina cedió ante la fuerza inminente y se separó en dos, haciendo que el héroe cayera de espaldas.

Un rugido infernal aturdía a los presentes. De repente el enorme felino se desplazaba en busca de su presa, quién ágil giró recostado sobre la arena.
Al detener una voltereta consiguió bloquear un feroz zarpazo con el sable, y forzando los pies mientras se asistía con su espalda logró erguir su cuerpo.
Retrocediendo dos pasos evadió una garra que se le aproximaba de lado y excedió la marcha trasera.

– ¡Azgal! –

Gritaban los sobrevivientes ante la atroz batalla perpetuada.

No muy lejos de allí, Ed advirtió a un nuevo encapuchado acercarse. Temiendo la aparición de otro enemigo, tomó sus cuchillas y cargó hacia el frente.
El misterioso hombre bloqueó repentinamente el ataque por medio de su extenso báculo.

– No hay necesidad de luchar –

Desligándose momentáneamente de su arma el encapuchado le propicia un puñetazo en la ingle al caballero, quién se desmoronaba de rodillas tras el suceso.

– ¿Q… Quién eres tú? –

El hombre tomó su báculo y ante el resplandor del Sol Ed pudo advertir el brillo de un largo colgante de cascabeles negros que portaba al cuello.

– A… Aguarda –

Aunque el individuo no respondía a sus dudas y pretendía seguir avanzando, el General aprisionó con sus dedos una de las piernas del desconocido. La capucha sobrevolaba y su rostro logró descubrirse. Una sonrisa llena de paz se ampliaba en su perfil, al tiempo que una desarreglada melena le cubría la cabeza.

– No tienes de que preocuparte –

El fulgor solar iluminaba a aquél hombre y extrañamente Ed percibió un aura sagrada que le producía confianza. Sin más, le liberó ante la confusión.

– E… Es un monje… –

Murmuró tomándose la zona dañada, por sobre su muslo y el ser prosiguió en la caminata.

Los afilados choques entre las zarpas y la oxidada espada de Azgal resonaban ante la intemperie.

-¡Arrodíllate y pide clemencia! –

Al no poder atrapar al héroe con sus zarpas, el felino le enfrentó y consiguió perforar uno de sus alargados colmillos en el cuero que fortalecía su pierna.
De pronto ante la carrera, el animal intentaba masticarle hasta que el muchacho colisionó con una montaña de provisiones y diversos escombros.

– ¡Azgal! –

Gritó consternada la hija del difunto Rey. Su tristeza era tan notoria que paulatinamente atrajo la atención en el místico.

Los rugidos del felino protagonizaban la escena. El muchacho se veía abatido ante los aldeanos.

De pronto saltó de entre los obstáculos, destruyendo todo vaticinio, sosteniendo el sable con ambas manos. Siguiéndole el paso, la criatura se irguió en dos patas buscando alcanzarlo en el aire. Mientras que el muchacho se disponía a ensartar el filo en el torso del animal, pero de pronto éste intentó capturarlo por medio de sus zarpas.

Azgal bloqueaba reiterados ataques y pisoteando uno de los ojos del felino se abalanzó por sobre su espalda.
A gran velocidad descendía, a través de su pelaje, y para detener el avance le produjo un corte en su abultada cola.

Un rugido resonó estridente y las zarpas se dirigían a su cola, logrando arrebatar el sable del muchacho y de pronto buscaban arañar el rostro del audaz guerrero.
Por actor reflejo Azgal se cubrió con ambos brazaletes y las afiladas garras no pudieron superarlos. Sin embargo la fuerza del impacto le lanzó contra los escombros de una tienda. Todo se derrumbaba segundo a segundo sobre él.

Los aldeanos, y Nube, alertaron la devastación y el sonido de las llameantes tablas resquebrajarse. Temían que ese fuera el fin del Cazador de las Bestias.

– Perfecto. Ahora podré tomar esas pulseras por mi mismo –

Exclamó el místico dirigiéndose al sitio. La bestia relamía sus heridas sin cautela.
Ante el inevitable desenlace Ed y los guardias, que yacían escondidos, se presentan portando los sables y picas. Buscaban ganar el tiempo suficiente para que Azgal se recuperara.

– ¡Acabaremos con tu campaña! –

Gritaba Ed, quién advertía entre los guardias al silencioso monje. De algún modo aquél hombre les otorgaba coraje, frente a los descomunales eventos.

Ante un feroz bramido, el felino avanzó hacia Nube y los sobrevivientes, al tiempo que Azgal retomaba el aliento y concebía el terrible acontecer.
Por otra parte el místico alzaba sus manos conformando un gran espiral de llamas. Sin rodeos se proponía lanzar su conjuro contra el General Ed y los reclutas.

– N… No es posible.. –

Murmuraba Azgal ante la indecisión sobre quien salvar en primer lugar.

¿A quién salvará Azgal? ¿A Nube de las afiladas garras del felino? o ¿Al último amigo de su antigua caravana, el General Ed?