“…y en la calma de la marea, la parálisis de las velas. Ante el ruido de la coraza, el inquietante desenlace suscita…”

Llegada al Mar Fantasmal

El buque se internaba en un área misteriosa, mientras la marea le aceptaba. Parecía a penas acariciar la plataforma sumergida, proveyéndole un lento desplazamiento.

– El Capitán lo ha logrado! –

Gritaban los jóvenes, victoriosos. Pero, ante las miradas de Romir y Erión, el olor nauseabundo comenzaba a acercarse desde las escotillas. El murmullo jamás descansaba…

Shal’Kas soltaba el timón de pronto y, al voltearse, contemplaba el trecho superado. El archipiélago estaba lo suficientemente cerca, pero repentinamente la nubosidad comenzaba a formalizar una gigantesca barricada y el agua del mar burbujeaba sin cesar.

– Hemos llegado al fin del mundo –

Exclamó Romir resguardando el papiro que les localizaba en algún espacio marítimo de Daghol.

Tras ello, el viejo Rey, salió desde el interior de los aposentos y gritó:

– Les enseñaré básicamente, lo que deben saber para controlar el flote de este buque –
– Yo asistiré –

Replicó Erión, apareciendo por detrás del otro.

Así fue como cada uno de los muchachos fueron acercándose a los ancianos para aprender, y la flota se movilizaba con suma lentitud. La zona estaba cubierta por una densa neblina y la marea había se había encauzado hasta que las ondas acuáticas se tornaron mínimas.

El Capitán permanecía en silencio, observando al frente y su mirada se perdía hacia el horizonte.
Como pudiendo vaticinar el significado a la fría mirada, desde las mazmorras y ante los orificios del portón de roble, Azul contemplaba el cambio repentino en el ambiente.

La oscuridad hendía ante la siniestra neblina y los murmullos se tornaban más audibles. El mar ya no se asemejaba a los típicos océanos, los que circundaban las costas de Daghol y el aire parecía haberse esfumado, mientras las velas se encontraban en una extraña calma. A penas se oía el diálogo de Romir ante los rostros de asombro de los jóvenes.

– Entonces necesitaré que se separen y confíen. Sus manos pueden controlar cada pieza de este barco –

Cada muchacho enlazaba sus brazos, uno con otro, buscaban mantener el equilibrio. Y aunque el galeón no se movilizara demasiado, era menester que el ambiente no incentivaba la aventura.

El tiempo se cernía, como el agua demoraba en hundir una barcaza deteriorada, y las reglas de Romir eran básicas y claras:

Si no hay peligro por delante! Que no te den por detrás.
Babor al Oeste, estribor al Este.
Proa delante, mientras Popa por detrás
El timón lo lleva el Capitán, atenerse a él en caso de urgencia.
Levar el ancla sobre el mar y soltarla para detener el movimiento.
Siempre permanezcan cerca de los mástiles y en caso de desventaja numérica trepen para ganar tiempo.

Al término de los consejos entendidos entre marinos, los jóvenes se soltaron de sus manos y finalmente optaron por tomar las riendas de sus propios destinos, aunque el espacio no ameritaba como para probar sus aprendizajes.

La neblina se esparcía a los lados con la llegada del buque, mientras gigantes y oscuras figuras se alzaban al frente. Trozos de banderines revoloteaban ante el siniestro pasadizo marítimo.

El Capitán avanzó a cubierta, en dirección a la Proa, ante la mirada del resto y admiró el paisaje espectral.
A penas, los círculos de las mareas ahondaban entre barcos naufragados, mástiles astillados, quillas dañadas y cascos destrozados.
Los jóvenes ya trepaban las astas y agitaban las velas con soltura. Romir observaba desde el timón, mientras Erión palmeaba las espaldas de los tripulantes.

– ¡Anímense muchachos! Esto solo es el principio para llegar a Daghol –
Y ante el terror reflejado en los rostros presentes, la mirada despreocupada de Shal’Kas se desvanecía y con suma frialdad replicó:

– ¿Solamente Daghol? –

Mas luego rió con suma confianza y Erión le observó perplejo. Algo en él le recordaba al espíritu guerrero de su padre. Pero… ¿Hasta qué punto llegaría para contrarrestar cualquier límite? ¿Y hasta qué punto al propio temor de un Ser Humano?

– Ustedes son mis seguidores y yo les prometí la libertad en esta vida, o en la siguiente –

Gritó el Capitán, dispuesto a enfrentar cualquier desdicha.

Ante el sonido latente de arañazos la princesa, Azul,  suspiró repitiendo tales palabras. Aquellas que a penas llegaban desde la distancia y se cuestionó el sentido de aquél trágico verso. Permanecía de pie, lo suficientemente lejos de la plataforma de madera que yacía al centro de la sala, puesto que se tornaba húmeda y era dónde los ruidos se oían con mayor amplitud.

– ¿En esta vida o en la siguiente? –

De pronto, no demoró en atisbar los golpes delante de sus pies. El frotamiento se asemejaba a la fricción con las rocas, cuando en realidad eran otra cosa. Y ella lo sabía, lo conocía de haberlo palpado en las Penurias Sangrientas.
Sin siquiera recuperar el aliento, gimió golpeando el enorme portón, cuyo cerrojo le encerraba en la mazmorra.

– ¡Padre! ¡Padre! –

Sabía que no le oiría. Romir le había guiado a aquél sitio, conociendo la razón que les atormentaría.

El barco seguía su curso y ella se indagaba, ante el silencio, respecto a la razón por la que su padre la ocultaría de los tripulantes.

Erión creía poder deducir que había cambiado en el muchacho. Había convivido con Shal’Kas desde su niñez, pero a poco conocía una nueva personalidad en él, una que lo dejaba sin respiro. Y encontraba en Romir un cierto pesimismo, como si previera el porvenir del viaje. Asimismo de dos por tres su rostro volteaba hacia la alcoba.

Los jóvenes, a poco, dependían de los sabios y de la sombra corporal del héroe. Muchos menos se andaban preocupando por un destino más macabro que el paisaje.

Uno de los tantos, de tez oscura, escaló el mástil central y, acariciando la vela, examinó el desalentador pronóstico.

– ¡Capitán! –

Gritó desde lo alto.

Y aunque todos alzaron los rostros, inclusive Azul desde las mazmorras, Shal ni se percató. Su mirada yacía en el más allá, y no parecía regresar a las problemática entre sus compañeros.

– ¡Señor! –

Insistió el muchacho.

Romir soltó el timón para abalanzarse hacia el frente, cuando observando al muchacho, al que todos nombraban como Kokú, exclamó:

– ¡Habla Kokú! No pierdas ni un segundo más. Tus ojos son nuestros, y si evadimos un mísero momento de lo que hayas notado, la fatalidad recaerá sobre todos –

El joven volteó el rostro al supuesto Rey de Brind y, a poco, el sudor empapaba su frente. El temor del resto no se comparaba con el de aquél, el que podía divisar el trayecto antes que todos.

– Hay m… m… muertos, mi buen señor –

Replicó, casi tartamudeando.

Sus camaradas se preocuparon pero, para tranquilizar el ambiente casi fúnebre, Erión respondió:

– Es el Mar Fantasmal. Era de saberse lo que hallaríamos allí. Pero tú tranquilo, que esos cuerpos no poseen alma. Solo han quedado varados en la intemperie.

– Sus almas están ligadas –

Murmuró Shal’Kas sin movilizar su cuerpo de la perspectiva frontal.

– ¿Almas ligadas? –

– S… Son –

Persistía Kokú y, de pronto, la neblina se alejaba y la marea burbujeaba con tanta magnitud que se oía sobre la cubierta. Era tanto el alboroto que los presentes no tardaban en verse cara a cara.

– ¿Qué es lo que ves? ¡Dilo de una vez! –

La brisa comenzó a soplar, las velas se agitaban sin mesura y la presión de las mismas formaban ondas sonoras en los mástiles.

– No pierdan la cordura, jovencitos –

Exclamaba Erión y, ya contagiándose de nervios ante la novedad, avanzó donde aguardaba el Capitán. Una vez a su lado, murmuró:

– ¿Qué es lo que te tiene tan absorto, hijo de Cent’Kas? –

Él no respondió. Simplemente permitió que la brisa le mezclara el cabello y, más tarde, cuando Kokú retomaba el aliento le vio a los ojos. Con una mirada tan siniestra como la neblina misma. Una que… no aclaraba nada, pero que probablemente preveía las palabras que se oirían a continuación.

El consejero del Cráneo Negro, Erión, no podía concebir su silencio y, tras seguirle la mirada, no divisaba nada en el mas allá. Solo eran barcos medio hundidos y enormes bodegas y criptas flotantes. Tan ilógico como la ausencia de las olas y el repentino alejamiento de la neblina. Como si algo… Allí… Inexplicable controlara el mismísimo clima

– M… Muertos Vivientes –

Gritó el joven, de tez de color, y el resto de los niños no llegaron a reaccionar ante la macabra frase, que sus rostros se convirtieron en una única palabra capaz de definirlos.

Miedo

De pronto los niños soltaron sus puestos y Kokú no deseaba descender de su sitio.
Romir comenzó a gritar ciertas órdenes y su hija le oía con tanta fuerza, que le costaba comprender que ese fuera el mismo y tranquilo padre que solía reinar en Brind.

– ¡No teman muchachos! Estamos provistos de un buque de guerra. Poseemos defensas y éste será su mejor entrenamiento en sus vidas para iniciarse como navegantes –

El hombre, al ver que seguían plegados, como si el gélido aire de Jacor les hubiese unificado, avanzó sobre ellos y les obligó a separarse.

– Luchen y abracen los temores. Son las razones más claras por las que seguimos con vida. Un mar sin oleaje no va a detenernos. Estamos aquí y tenemos al héroe que nos rescató de la tormenta. ¡Perseveren! –

A cada minuto la princesa descubría una esencia recóndita en su padre que desconocía. Una que le recordaba a su hermano, Greko, y a ella misma en las playas.

El tenso ambiente entre las tropas se acentuaba y el Rey Romir a poco era devastado ante el descontrol. Erión comprendiendo el estado de la situación manoteó a Shal de su chaqueta y le gritó:

– Hijo de Cent’Kas… ¡Recapacita! –

Mientras que éste pestañeó y de repente, con una gran sonrisa se volteó hacia el descontrol presente murmurando:

– Muchachos… ¡Nosotros somos los Piratas de las Penurias Sangrientas! –

Todos asimilaron de repente su sonrisa y repitieron tales palabras, mientras Romir confundido alertaba un misterioso resplandor en el cinturón de diburrenio.

¿Conseguirá Shal’Kas generar confianza en sus compañeros para enfrentar el miedo? ¿Podrán superar el Mar Fantasmal y llegar al continente de Daghol finalmente?