“…Hasta los más débiles poseen espinas…”

La Fuerza contra la Prudencia

 

 

Una batalla estaba a punto de gestarse y al Sur de aquél lugar marchaban, desconcertados, tres figuras. El atardecer llegaría previamente pero los individuos avanzaban a paso lento, como si el destino les deparara una recompensa a tal ardua búsqueda.
Por sus ropajes no parecían provenir de Jacor y tampoco planeaban perdurar por mucho tiempo en las frías laderas.
Se detuvieron de pronto, en la cima de una colina y el fulgor les propició una perspectiva mayor del panorama al horizonte.

– BlackHawk –
– ¿Hmm? –

De voz sensual y cabello negro, una joven dama se refirió a su compañero, mientras le veía en posición de sumisión. Éste, al centro de los tres, parecía ser el Líder o alguna clase de guía.
Ella portaba un ajustado pantalón negro de látex que fijaba bien sus curvas, unas gastadas botas de cuero, un chaleco abierto que cedía ante la voluptuosas curvas en su tórax, contenidos sus protuberantes pechos por un top negro de charol. Además cargaba con tres cinturones que portaban diversas armas de fuego, municiones y una larga cadena, que por la cantidad de vueltas a penas sucumbía bajo su cintura. Llevaba un colgante con trozos de metal y huesos, los labios bermellones, el maquillaje oscuro en sus ojos y la piel tan pálida como la nieve. Finalmente un sombrero vaquero cernía su cabello, lo suficiente como para desligar un mechón sobre su rostro, y sus manos iban enguantadas con cuerina oscura. En una mano llevaba un revólver plateado, mientras que en la otra contenía un papiro con una ilustración.
A su lado BlackHawk era un adulto que portaba una larga chaqueta abierta, la que por poco se arrastraba en la superficie. De cuerpo atlético, enseñaba el vello corporal abundante en su tórax y también portaba numerosos cinturones con armamento. Su piel tenía mas color, asimilando tener la procedencia mas calurosa entre los tres. Portaba una escopeta de doble caño, gafas de aviador con un visor intermitente en uno de los lados, vello facial negro de pocos meses y la cabellera ondulada peinada hacia su espalda. Si bien no se trataba de una melena, tampoco se concebía como un corte prolijo. Además presentaba dos largos colgantes con el símbolo de un halcón y el otro con una calavera. Sus pantalones eran de cuero gastado, mientras que sus botas relucían a pesar de las largas caminatas. Era tal el brillo que no parecían de un material habitual para calzado.

Por último, detrás de ambos se hallaba un muchacho de piel similar a la compañera. Solo portaba guantes de cuerina, iguales cinturones cargados, pantalones y botas gastadas. Salvo por la pulsera mecánica en su antebrazo, el sombrero de vaquero negro y el paño de bandido, por encima de su cintura estaba desnudo. Llevaba cicatrices en ambos hombros y la melena de lado grisácea. Posando su brazo portaba un rifle con mira de larga medida y un porta equipaje que se presentaba mas pesado que su propio cuerpo.

– ¿Estás seguro que queda alguien con vida aquí? –

Exclamó ella mordiendo sus labios, como una aficionada que ansiaba cazar algo durante semanas.

– ¿Cómo saberlo? Jamás he venido por aquí –

Replicó el mayor de los tres suspirando.

– Vamos, no es como si este frío me fuese a detener tampoco –

Respondió el mas joven, de delgado cuerpo.

– Érabo nunca ha sido de los que se dejen notar por un par de principiantes –

– ¡Que malas palabras dices sobre tu alumna preferida! –

– Calma Dietrick tendrás tu oportunidad, como todos –

El mas joven calzó el rifle al hombro y murmuró:

– Yo soy mi propio Maestro, no tendré que probar nada a nadie –

BlackHawk arqueó el ceño ante tal comentario y la joven le palmeó la espalda desnuda al muchacho, con tanta fuerza que resonó haciendo un sutil eco.

– ¡Ay Fabric! ¿un niño como tú? ¿Alardeando de Maestro? Ha Ha Ha –

– En marcha jóvenes, el atardecer se acerca y en este sitio acechan peligros que podrían hacerles temblar –

– Pero si haz dicho que no conocías este lugar –

– La solitaria naturaleza nos enseña cosas que tu pequeña experiencia no podría discernir –

Sutiles huellas se mecían en la nieve del Este hacia el Oeste.
Los tres marcharon pacientes y a paso calmo, desconfiando la oportunidad de alguna sorpresa inesperada. Una misión como ésa podría perdurar sus cortas vidas.

Algo, que en la mirada del Líder entusiasmaba a los otros dos.
Como si supieran que tarde o temprano le encontrarían…

La ilustración de Érabo en el papiro, contenido por los finos dedos de Dietrick describía a un hombre similar al forajido.

Aquél, que a pocas leguas aguardaba en la cabaña donde Bera se recluía…
Aquél, que estaba por iniciar una batalla sin precedentes en la montaña de Jacor…
Aquél, que ni por un momento soltaba la mirada al frente, a través del trasluz de la ventana…

– ¡Bera! –

Exclamó por segunda ocasión su contrincante.

El guerrero del Norte, Zarek, se acercaba con lentitud desde el bosque. Portaba, en cada extremidad, las relucientes hachas ante el atardecer inminente.
Su tórax estaba descubierto y era azotado por las heladas brisas que aclaraban su barba roja. El sabía que su oponente se hallaba en el interior del endeble hogar, y que no saldría si no le incitaba a luchar.

Sus dedos tomaron las mandobles con firmeza y esperó alguna respuesta por parte de la dama.

Ante el silencio, y como si pudiera leer su mente, ella replicó:

– ¡Ayúdame! –

Repentinamente el siniestro pistolero se volteó descargando disparos con uno de sus revólveres, al tiempo que la capa ocultaba su restante brazo.

La suplica, seguida del centelleante estruendo fue suficiente. Fuera de sí, el Nórdico, avanzó tomando carrera y arrojó una de sus hachas. La misma produjo ondulaciones auditivas ante la presencia del enemigo, quién sorprendido advertía como efectivamente la hombrera de adamantio había salvado a la dama de la descarga efectuada.
A su espalda, oyó la pared de madera resquebrajarse y ligeramente saltó a un lado esquivando el ataque arrollador.

Casi traspasando la pared contigua, a centímetros de Bera, el filo se ensartó y una abertura se formalizó junto al forajido. Éste alertó por la ventana cómo el Nórdico se acercaba y con un codazo destrozó el cristal de la misma. Acto seguido efectúo disparos en dirección a Zarek.

Girando de forma audaz su hacha restante frente al rostro, el guerrero, bloqueó los veloces destellos y lanzó un alarido:

– ¡GROAAAGGH!!! –

Ante la penumbra, el pistolero suspiró sobre una de sus armas de fuego y saltó por encima de la mesada, aquella delante de su vista. Tras ello, se arrojó sobre Bera y con una patada la separó de la hombrera de adamantio.
Deliberadamente se volteó, al tiempo que apuntaba su revólver a la víctima y advirtió como el filo de un hacha ampliaba el vacío en la pared frontal.

– Detente necio –

Murmuró con voz casi ronca.

Las destartaladas maderas sucumbían ante su llegada y los gélidos vientos del Norte invadían la habitación. Zarek se hallaba frente a sus ojos y el atardecer descendía en las lejanías.

– Enfréntame –

Replicó Zarek, al instante, con orgullo.

– No tendrías oportunidad alguna –
– Eso está por verse –
– Claro, en cuanto… –

Érabo frotó la sien de Bera con su revólver y el Nórdico advirtió como una lámina de pino se soltaba a su lado. Instantáneamente la arrojó al frente y el forajido no tuvo mas opción que evitarla.

– Vaya tontería –

Exclamó encorvando el dedo en el interior del gatillo, pero para su sorpresa el guerrero nunca se había detenido en la marcha.
Empujando su pecho con la mano estampilló al pistolero de espalda a la pared y con su hacha bloqueó el disparo perdido.

– ¡TSK! –

Tras el impacto, le soltó y manoteando el filo que se hallaba clavado en la pared forzó un corte hacia los pies. De esta forma amplió una nueva abertura.

Cayendo de espaldas sobre la nieve, Érabo, advirtió como el Nórdico se abalanzaba con ambas hachas. Estaba dispuesto a concretar el duelo en aquél momento.

– Muy perspicaz pero… –

Fundiéndose con la capa de zafiros el pistolero desapareció y Zarek rebanó la nieve misma con sus afiladas hachas. Luego se alzó de rodillas y un revólver le apuntaba detrás de la cabeza, mientras el cuerpo de Érabo reaparecía en el paisaje destruido.

– No es suficiente… –