Capítulo 11 – Inminente asalto en la cabaña del Sanador

por | Mar 27, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…Ni en el sitio más alejado estaban a salvo del acontecer que se infundía en el Imperio…”

Inminente asalto en la cabaña del Sanador

La madrugada estaba aproximándose al amanecer, y aún recorrían caminos desérticos hacia un área más abierta dónde se contemplaban los muros hacia el Sur.
Fab estaba malherido, era menester llevarle a la Cabaña de Corey, conocido por Lena como el sanador del Imperio.
Tras el agotamiento de Rultz, el rebelde que sobreviviera a la excarcelación del campeón crepuscular, comenzaba a perjudicar el tránsito. Por tanto, el mayordomo y la concubina le apoyaron y sostuvieron los brazos del Viriathro.
Erion admiraba la construcción, las tiendas y hogares ya no formaban parte de los alrededores. A penas se advertían los establos y diversas arenas de entrenamiento.

Lena y Romir se abrazaban, pero yacían tan agotados que siquiera lograban mantener la marcha. Detrás, y último, el encapuchado observaba de lado a lado como un guardaespaldas.

– M… Mi padre…  –

Rutz posó su mano en el hombro del Viriathro y murmuró:

– Él estará orgulloso de ti, Fab –
– Allí es –

Exclamó, de repente, Lena. Todos se sobresaltaron, puesto que el silencio en ella había sido tal que asimilaba a una sonámbula.

Al frente se presentaba una rústica cabaña que llamaba la atención entre el tumulto de rocas, que conformaban los paredones del castillo.
Fácilmente exhibía cuatro ambientes, una medianera entre el hogar y una extensa carpa donde probablemente atendía a los heridos.
A pocos pasos de ingresar, Lena llamó a viva voz:

– Corey –

Y todos aguardaron en el sitio, mientras en el horizonte resurgía el sol naciente.
Un golpe resonó desde el fondo y, así, supieron que el hombre había despertado. O bien había caído de su lecho.

Fab parecía perder la consciencia y sus suspiros asemejaban a ronquidos. Rultz le agobiaba con sus manos, intentando mantenerlo despierto, mientras Erion, contagiado por su cansancio, bostezaba frenéticamente.

Ante el balar de las cabras, en una parcela próxima a la cabaña, Corey abrió su puerta vistiendo un largo camisón de algodón y la melena rubia parecía porruda como una palmera. Por su piel y rasgos faciales estaba lejos de pertenecer a ese sitio. Sin embargo, al poseer hogar propio se lo entendía como a un noble, o más bien un esclavo que habría mejorado su status social.
Erion rió al verle, recuperando su aliento. Al tiempo que Rutz observaba con recelo al personaje que se presentaba.

– Bella Lena ¿Qué horas son estas de visita? –
– Lo lamento Corey. Se trataba de una situación adversa –

Tras bostezar, sin siquiera cubrirse, el aldeano holgazán hizo ademán para que se acercaran y tras voltearse estiró los brazos hacia el tejado.

-¡A prisa muchachos! No tiene buen aspecto. –

El campeón crepuscular alzó el ceño y todos marcharon hacia la puerta de ingreso.

– ¿Como le vio desde esa distancia? –
– No lo sé –

Preguntaba Erion al confundido Rultz.

– Posee una vista superior –

Murmuró el mayordomo y, luego, Romir mejoró el comentario de su guardaespaldas.

– Más bien se trata de su atributo racial –

La concubina asentía, demostrando conocerle lo suficiente.

Al acceder a los escalones que guiaban al piso superior se aproximaban al ingreso, cuando el anfitrión apareció portando una bandeja con artesanales envases.

– Traiganlo a mi alcoba y sírvanse por la larga caminata –
– No venimo de tan lejos –

Respondía Lena a las palabras del curandero.

Y en cuanto se adentraban al hogar tomaban cada uno un pocillo y el niño se cuestionaba:

– ¿Cómo lo sirvió tan rápido? –
– Los tendría preparados –

Y antes de distenderse ante nuevas incógnitas, Corey anunció con buena gana:

– También se trata de un atributo racial —

Romir palideció, puesto que se trataban de las mismas palabras que él usara anteriormente. Y la concubina añadió:

– Además posee un oído muy refinado –

Y, sonriente, Corey asintió orgullo ante las caras largas de los rebeldes.

Se encontraban de espaldas, planeando guiarles a un lecho apartado de su habitación. Pero, repentinamente se detuvo y el resto de individuos se sobresaltó.
Al instante, se volteó y señaló hacia la puerta de ingreso.

– El Demonio de Yahandá puede aguardar fuera –
– Pero él… –

Replicaba Lena ante la seriedad del anfitrión y el campeón no hizo más que asentir y retroceder hacia afuera.

– Aguardaré con él –

Respondió Romir y, siguiéndole, Lena asintió.

– Recuéstenlo allí y pueden ponerse cómodos para descansar –
– Sabroso –

Respondía Rultz , mientras bebía un sorbo del pocillo. Erion se proponía repetir la acción, pero la concubina le detuvo. También Lena bebía y le suministraban un mísero sorbo a Fab.

Tras trasladar al paciente sobre el lecho, Rultz se dejó caer sobre un sofá de plumas. Y Corey abrió una puertecita para tomar diferentes brebajes.
En ese momento, se dirigía hacia su paciente y le ofrecía un pocillo diferente a Erion, quién estaba molesto por no poder probar aquel licuado semejante al hidromiel.

– Este es para jovencitos –

Al instante, Erion se proponía beberlo con alegría y se sentó junto a Rultz y Lena.

– ¿Ha bebido él? –

Preguntaba cuidadosamente, Corey y la concubina negó por instinto.

– Espero no se le ocurra hacer alguna locura –
– Para eso me tienes a mi –

Respondió la dama y el hombre sonrió.

Al abandonar la cabaña, Romir y el mayordomo procedían a beber un sorbo de sus pocillos pero el campeón crepuscular pateó los envases de los recién llegados. El guardián del magistrado desenvainó su puñal  y el brebaje se esparció por sobre la parcela, mientras Romir buscaba calmar a ambos guerreros.

– ¿Qué crees que haces? –

El campeón crepuscular procedía a tomar el mango del sable y el mayordomo blandía ambas dagas por cada extremidad.

– Calmados –

Murmuró Romir. Sin embargo, los luchadores se miraban con desdén.
Luego, el campeón crepuscular señaló a los rastros esparcidos sobre las hierbas. Una cabra había comenzado a beberlos y, de pronto, sucumbió tumbada y se durmió.
Tras ver tal acontecimiento era suficiente para el mayordomo. Luego de envainar se miró junto a Romir y ambos replicaron:

– ¿Una poción de sueño? –

Cent’Kas asentía severo.

Y Corey ya se encontraba haciendo un trabajo de limpieza, al sobar unas gasas sobre la herida del Viriathro, que el paciente y los presentes yacían durmiendo y roncando. La única despierta era la concubina y Erion.

– ¿Dormirán demasiado? –

Clamó ella, nerviosa.

– Lo suficiente, hasta reponer energías –
– Una invasión avanza desde el Norte –
– Hmm. Eso no es bueno –

Y negaba la damisela, mientras Corey depositaba un brebaje en los alrededores de la herida y procedía a saturarlo. Fab siquiera lo notaba, que roncaba como nunca.

– Debemos detenerle –

Reclamó el mayordomo, desde fuera y Romir asentía. Asimismo, el campeón crepuscular negaba. Y de pronto desvió la mirada hacia el sendero de llegada.

– ¿Qué sucede? –

Preguntó Romir ante la desconfianza del mayordomo.

– Algo, a prisa, se avecina –

Respondió Cent’Kas. Y para cuando se dieron por aludidos se lograron percibir sismos en la superficie ante la hostil llegada.
El área se ensombrecía ante una atroz estatua que burlaba la luminiscencia del amanecer.

– ¿Una bestia? ¿Aquí? –

Respondió Romir y el mayordomo, junto a Cent’Kas descendían las escalinatas. Estaban decididos a cortar el paso del nuevo residente.

– ¡Atrás! magistrado –

Romir palidecía ante la monstruosa figura que formaba parte de su perspectiva.

Y mientras, en el interior la concubina reaccionaba ante la densidad de la sombra que acaecía, incluso, en el interior del hogar.

– ¿Han llegado ya? –
– Al parecer el Imperio va en desventaja –
– Iré a asistirles –
– No. No te preocupes Dorothea. El demonio puede hacerse cargo –
– Pero… –
– Si es solo uno. No hay de que preocuparse –

La concubina se sobresaltó al notar que el sonriente anfitrión había leído su mente.

– Ayúdame. Debemos sentarlo sobre el lecho para que el jugo intervenga la herida –

Con el ceño en alto, la dama le apoyó y con la fuerza de ambos bastó para modificar la postura del Viriathro.

– ¿Por qué no usar magia y acelerar la cura? –

Exclamó, de pronto, la concubina y Corey le cortó el habla al posar el dedo índice delante de sus labios.

– El Imperio sería invencible con magia. Y también si poseyera las reliquias –
– ¿Que mejor ello, a lo que nos ataca? –
– ¿Con la vida que llevas, aún no comprendes la existencia de esas criaturas? –
– ¿Quién lo haría? Son temerarias y capaces de destruir a toda raza presente –
– Son el requisito para destronar la ambición de… –
– ¿A qué precio? Ellas no logran discernir entre peligros e inocentes –
– Se que lo cuestionas, pero algún día entenderás Dorothea –
– ¿Por qué ha venido aquí entonces? ¿Por qué no se quedó en el muro? –
– Sabes que no necesito responder a eso –
– ¡Corey! –

Gritó la concubina, con molestia. Y a pesar que todos dormían, Erion que no había bebido su brebaje se encontraba junto a Lena y oía con atención.

Sin vacilar, el anfitrión tomó distancia de Fab y vio caer el pocillo sobre la alfombra. El niño palideció por completo y el Ser le tomó por los hombros.

– ¡Pequeñajo! –
– ¡Espera Corey! Es solo un niño –
– Él lo ha oído –
– ¿Por qué les defiendes? –

Exclamó, con soltura.

– ¿Qué has dicho? –

Replicó el anfitrión, al borde de la desesperación.

– ¿Por qué proteges a las criaturas, Corey? –

– Ingrato… –
– Aguarda Corey… ¿Qué está sucediendo? –

Estridentes garras azotaban, de repente, desde fuera.
El campeón crepuscular había conseguido bloquear uno de sus ataques, pero el restante había liberado a las cabras tras destruir la tranquera.

Romir yacía sin aliento, ante el impacto hostil.

– No podrás solo –
– Protege a tu amigo –

Sudaba al notar la voluntad de aquél ninja. Y tras asentir, el mayordomo subió las escaleras. y cruzando ambos puñales logró bloquear un inminente zarpazo.

– ¿Acaso él lo vaticinó? –

Murmuraba el guardaespaldas, mientras Romir no tenía palabras ante el terrible acontecer. Su mirada se depositaba en a coincidente liberación de las cabras.

De repente, una celestial efervescencia se aglomeraba desde el interior del hogar.. Tanto el magistrado como su guerrero aguardaban perplejos ante la evolución de los sucesos.

– ¡Detente Corey! –
– ¡¿Qué has oído niño?! –

El humilde y holgazán anfitrión se presentaba con el verdadero rostro. Se trataba de un rubio elfo de ojos que destellaban aureolas de un tono cinderella.