“…Arena, fuego, sangre y muerte salpicaban tras la guerra…”

El Fin de los Azgaleanos

 

– ¡Ya estamos aquí! ¡Todos destinados a este mismo fin! –

Alcanzaba a gritar Valros, mientras alertaba las enormes garras dirigirse hacia la torre de control.

Los guardias, junto a Eddy se detuvieron alertando como el sol recuperaba el resplandor a medida que la sombría figura descendía sobre la torre de mando.

– ¡Preparados para el impacto! –

De pronto las fuerzas sobre la balista menguaron, aldeanos y niños advirtieron como la torre se desmembraba por una temible criatura en el horizonte. Todos observaban perplejos y Rod investigaba que todo este de acuerdo al plan.

– E… Estamos perdidos –
– Es mas grande que años atrás –

Un rugido se hizo oír desde la distancia. La plataforma superior colisionó con la tabla que decía “Reino Azgal” y la soltó de uno de sus agarres, luego se hundió en la arena.
El feroz animal yacía sobre lo que quedaba de la amplia torre.
Nube palideció ante la representación visual.

Eddy y los guardias desenvainaron sus espadas de filos en curva, haciendo sutil crujido. Justo a tiempo el felino les observó y gruñía sin cesar, mientras que sus zarpas arañaban las desequilibradas maderas que le sostenían.
Un hombre descendía malherido por las escaleras.

– ¿Valros? –

Exclamó Ed avanzando con lentitud.

El hombre logró posar los pies sobre la arena y marchó hacia donde los guardias aguardaban armados.
Sobre él, en lo que quedaba del puesto de control, la criatura yacía al acecho.
Eddy no logró calmar la impotencia y corrió solitariamente al frente. Los guardias miraban perplejos el acontecer.

Un nuevo y desalentador rugido quebró el silencio. Una capa resoplaba junto a la criatura y en su oculto rostro la sonrisa se alargaba de repente.

– Arf Arf… Escapa Ed –
– ¡Valros! A prisa, aún existe esperanza –

El felino a poco arrancaba la destartalada superficie donde se erguía. Cuando el místico hizo una seña ante la presencia de Eddy y el animal se arrojó al frente.

– ¡VALROOOS!! –

Sin alertar lo que culminaba a sus espaldas el hombre avanzaba herido, mientras los nervios se apoderaban de su temor. Los guardias y aldeanos perdían la confianza, ante el terror que de un momento a otro engullía a aquél hombre.

– ¡VAALROOOOSS GAHH!! –

Ed gritaba sin consuelo y el cuerpo de su amigo se separaba en dos, mientras una rojiza cortina se formaba delante de sus ojos.
Decidido aguardó con sus dos espadas al frente, pero la temible criatura advertía el movimiento de los asustados seres a espaldas de él.

La tienda acabó por derrumbarse ante los azotes que recibía la arena, puesto que cada salto del animal producía movimientos sísmicos y así cada muerte.

– ¡ARGHH! –
– ¡Ayuda por favor! –

Los aldeanos, de rodillas, oían la masacre de los guardias y temían lo peor. Algunos anhelaban que les mataran para evitar el sufrimiento.

– ¿Q.. Qué he hecho hija mía? –
– Padre.. –

Unos a otros, los hombres, caían moribundos ante los zarpazos del siniestro carnívoro.
Las fogatas se esparcían ante los golpes de viento que producía cada impacto y los hogares con tejados de cuero se incineraban.

– Por qué… ¿Por qué he sido ignorado? –

Murmuraba Ed de rodillas, sin poder voltearse para percibir el macabro desenlace.

– Aún no era su hora, General.. –

Replicó el encapuchado místico que se encaminaba a su lado.

– ¡Todo ha sido tu culpa! Debí permitir a Azgal que te matara –
– Mas bien, podrías decir que todo ha sido obra tuya. Puesto que el niño se detuvo por ti –

Ed se paralizó ante la certera respuesta y las carcajadas le hicieron sucumbir de rodillas ante la desolación.
Gemidos de dolor y gritos de tormento se replicaban en la distancia.

El Reino Azgal se derrumbaba y montones de cadáveres yacían por doquier. Las llamas se devoraban todo a su paso y esta vez la humareda oscurecía los rayos solares. Los últimos sobrevivientes esperaban la muerte delante de su aliento. El enemigo deambulaba de un lado a otro, esperando que sus presas corrieran de miedo.

El Rey no logró calmarse ante los terribles actos perpetuados y se quitó las mantas de encima. Nube ya no emitía palabra alguna.
E incluso el arma de asedio había sido inútil, puesto que Rod no había podido efectuar el lanzamiento y ante la pesadilla, sus discípulos huyeron. Se encontraba solo, sin forma de escapar o contra atacar.
Los pocos vecinos con vida, advertían como el mar de sangre bañaba las arenas y el ininterrumpido gruñido del animal les entorpecía cada movimiento que intentaran.

Numerosos sables yacían a pasos de Ed y los guardias, sobrevivientes, se escondían entre los escombros.

El encapuchado místico adelanto sus pasos libremente delante de la amenaza. La muchedumbre le observaba impactada.

– ¿Qué es lo que quieres? –
– Las pulseras… –
– ¿Pulseras? –

El Rey alzó el ceño y Nube recordó los brazaletes de Azgal.

– Encuentren las pulseras, y todos serán libres del tormento –

Exclamó el sonriente encapuchado y al instante los que quedaban en pie, seducidos por su palabra, comenzaron a buscar fervientemente. Algunos que sabían de que se trataba corrieron hacia el sendero prohibido, temiendo jamás encontrar al muchacho.
El resto comprendía, incluida Nube, que movilizarse atraería la atención del carnívoro voraz.

Aplausos se oían de repente, por parte del encapuchado, hacia los que aguardaban en sus sitios. El resto gritaba sin consuelo ante los feroces ataques del animal.
Solo uno fue liberado, ante el gesto del místico quien indujo al felino a aguardar en su sitio.

El libre hombre se encaminaba hacia el sendero prohibido, cuyo camino las historias contaban que había sido tomado por Azgal. Los aldeanos solían temer tal destino, puesto que el muchacho jamás había regresado de aquella vía. Pero se trataba del lugar, de donde él justamente, provenía.

El felino masticaba un endeble brazo de una de sus últimas presas.
Se trataba del Rey, quien gritando luchaba por zafarse sin sentido. Nube lloraba sin consuelo.

– El padre aprovechó a huir a costa de sus partidarios. ¡A costa de su hija! –

– Déjale ir.. Se lo suplico –

Gritaba Nube y el encapuchado reía ante el temor latente.

– ¿Liberar al representante? ¿Quién todo el tiempo ha participado a escondida en las decisiones de esta guerra? –

Un disparo resonó tras golpear una madera contra el cuero y el Rey dejó de gemir. Una estaca perforaba su frente.

– ¿Quién osa intervenir? ¡¿Quién ha liberado al desdichado hombre de su castigo?! –

El animal soltó la presa entre gruñidos, Nube permaneció con la mirada congelada al frente. Aunque su padre había muerto, de ese modo ya no sufriría.

Un joven aguardaba de pie, con una ballesta entre sus manos.

– La forja de esta arma ha sido un éxito mi Rey –

Murmuraba Rod ante todos.

– Te arrepentirás por eso –

El encapuchado se dirigía hacia el herrero, quién lanzó otro disparo al frente, y para su sorpresa, la bestia saltó entre ambos recibiendo el impacto.

– Tu.. Tu controlas a ese anim… ¡GKKK! –

De pronto, alzando del cuello al joven y tras desarmarlo, el temible enemigo le apuntó los dedos de su restante mano al rostro.

– ¡AGHHH!! –

En el descampado, los guardias aguardaban con temor entre los destrozos y Ed se sobresaltó de repente. Sus manos sostuvieron los mangos de la espadas y se volteó para ver la perdición del Reino. Un aterrador grito se hizo presente en la distancia.

– ¿Rod? –

Un espiral de fuego rocío un pómulo del herrero, quien gritaba sin reparo alguno. Mientras a un lado, aguardaba el felino que lamía la astilla clavada en su torso.

La carrera a poco finalizaba ante la delgada línea morada, cuando de pronto un hombre apareció delante de sus ojos. Azgal alertó al mismo, desde camino a la división de senderos y estaba a punto de soltarse ante el cansancio.
Soltando sus armas, el viajante, consiguió atajarlo de la prominente caída. Ante los tosidos el aldeano murmuró:

– Azgal… Debes salvarnos –

Sus ojos se cerraron y sus dedos frotaron los brazaletes en las muñecas del muchacho.

No existía respuesta alguna proveerle resistencia. Azgal tomó sus armas y replicó:

– Descansa en paz –