“…Sobre el rocío y la lluvia de la noche, reflejaba la pureza del ser…”

El Despertar de Paún.

La Aldea de Triviltor se hallaba en peligro. Velnor llegaba junto a un liberado Nozepul, cuyos ojos resplandecían y su cuerpo se encontraba oculto por una larga capucha.

El consejo temía lo peor y, antes que se llegara a un acuerdo, las tropas, guardianes y cazadores procedían a unir a numerosos niños que no había formado parte del ritual de iniciación.

En algún lugar entre la aldea la densa selva, tres guardias alertaron un grito devastador y, sorprendidos, decidieron investigar. A medida se internaban entre los arbustos y la hierba el temor se apoderaba de sus consciencias.

– ¿Qué tal si es el místico aquel de mirada inquietante? –
– No podría haber llegado tan pronto –
– Son místicos. Ellos poseen una energía superior, que les permite sobrepasar lo extraordinario –
– Así sea él, somos tres. ¿A caso no recuerdas como estaba el Gran Sabio? Ellos no son inmortales –
– Pero si él hizo eso a un vidente. ¿Qué nos hará a nosotros? –
– Tranquilos los dos. Solo inspeccionaremos y luego informaremos al consejo –
– Apuesto que se habrán marchado en cuanto regresemos –
– ¡Silencio! –

Insaciables gemidos sonaban tras el delgado pasaje de los arbustos. A sus ojos, notaron un resplandor inconfundible que se encontraba sobre el suelo.

– Eso es… –

Exclamó uno lleno de asombro, mientras los otros asentían.

– La reliquia que conservaba el Gran Sabio –
– Debemos recuperarla y entregársela al consejo –
– Esperen… No estamos solos –

Efectivamente, sus ojos rodeaban la perspectiva horizontal y, de entre la flora, un tigre blanco emergió. La brisa sopló hacia su cabello pálido. En cuestión de segundos un resplandor similar al del Yelmo de diamante le iluminaba. Su figura se tornaba humana, mientras a su lado se arrastraba el joven cazador.

– ¿Por qué lo has hecho Paún? –
– T… Tú has fallado al Gran Sabio. Te unes a los asesinos. D… Debo regresar la reliquia de donde proviene –

Se trataba de Geón, quién haciendo uso de sus conjuros había atrapado al muchacho y el discurso no parecía favorecer su propósito. El druida ya no confiaba en él.

– El sombra no intentó hacer lo que tú has hecho –
– E… Es un demonio… ¡De Yahandá! –

Los guardias se estremecieron ante dichas palabras y temieron lo peor. Sentían que algo o alguien le observaba, mientras ellos lo hacían a ambos muchachos. Insospechados, ocultos y a la vez indefensos aguardaban detrás de los arbustos. Sin embargo el yelmo se encontraba más próximos a ellos.

Su brillo era tentador y el destino de Triviltor dependía de ellos. A poco, siquiera, necesitaban verse a los ojos y comunicarlo. Los tres concordaban ilusoriamente en que la reliquia estaba en manos peligrosas.

Geón intentaba no perder la cordura, pero le molestaba comprender que Paún le hubiera traicionado.
El muchacho se arrastraba gimiendo con desesperación y su mirada no cedía. Sus ojos se centraban en el yelmo de diamante, como si no hubiera nada más que ver.
De pronto, los pasos del druida obstaculizaban la visión. Tras arrodillarse, junto a su rostro, detuvo su osadía posando el dedo índice en su frente.

– Puedo oler tu miedo, pero por sobre él siento tu mentira, Paún –
– Eres un monstruo –
– Los animales poseen sentidos extraordinarios, que como hermanos nos llevan a desconfiar. A cuestionarnos lo que no podemos comprender –

Paún sonreía a pesar que temía. Tarde o temprano, el Demonio de Yahandá podía hacer su entrada y consumir su aliento.

– U… Un monstruo que se une a un demonio ha encontrado su destino –
– Tu eres el monstruo, Paún –

Un trueno desgarró los cielos de repente, y de un momento a otro la lluvia arrasó con todo. Aquél temporal que solía traer alegría, en Triviltor solo traía un mal augurio.
Charcos comenzaban a formarse en el suelo y las ranas iniciaban su natural y pacífico canto.

– Tu eres el demonio, Paún –

Repetía el druida al tiempo que su cabello se oscurecía, de forma gradual ante la humedad. Junto a la lluvia, los rayos solares abandonaban su auge y, en cuestión de segundos, la noche se originaba. Los truenos y el sonido del agua acaparaban todo silencio testigo.

– Y… Yo soy un salvador de Triviltor –
– Ve el reflejo de tu mirada Paún. Ve tu mismo, como se equivoca esta vez el héroe –
– Y… Yo… –

Y sus palabras no llegaban a consolidarse que su mirada se detuvo en un charco entre sus manos. El resplandor de un rayo iluminó todo por doquier y, una vez en dicho momento, Paún despertó del terror aparente.

Tras el espejo recuperó una figura distinta de él. Un iris profundo y negro, un rostro familiar, diferente al suyo.

– ¡N… No! –
– Tu eres el monstruo Paún. Fuiste corrompido –

Su perfil se trataba del sonriente Velnor. Aquél que ingresaba a la Aldea de Triviltor, dispuesto a desencadenar el caos.

– E… En qué momento el… –

Desde los arbustos, de pronto, se avecinaba el sombra. Quién, en algún momento, prefirió seguir el rastro de Geón para observar los sucesos a escondidas.

– La naturaleza de la lluvia te ha delatado, Paún –
– N… No… Debe ser un error –

Tan pronto como el ninja se hacía ver, bajo las húmedas hojas de un añejo roble, desenvainó su sable y con suma delicadeza recorrió el filo delante del cuello del muchacho. Éste, atormentado, lograba divisar la acción a través del reflejo del agua.

– ¿P… Por qué el demonio…? ¿Por qué? –
– Porque le has insultado, y sigues haciéndolo –

Desde la distancia, los guardianes advertían la maldad perpetuada sobre el joven cazador. Aquél del que se conocían las más portentosas anécdotas. Y sus dudas aparentes, respecto a los rumores que acaecían respecto a Geón, comenzaban a transparentarse.

Cada segundo, cada acción, cada remanente traslucía el rostro de los orgullosos guardianes de Triviltor. Esos hombres que habían jurado proteger a los místicos, por su bondad hacia la raza humana y animal. Asimismo el Gran Sabio, Cron, solía dictar sus promesas, pero sin él el recluta más joven había enloquecido.

– ¡Es inaudito! ¿Cómo podemos? ¿Qué dijera el Gran Sabio sobre esto? La unión del elegido con un Demonio de Yahandá –
– Ve, toma la reliquia. Hemos de tenerla, puesto que el muchacho también se ha convertido… en lo siniestro –
– Esperen, observemos –
– ¿Qué deseas ver? ¿A un joven y honorable cazador ser degollado? –
– ¡Es verdad! El ha sido el asesino de quién se rumoreaba. ¡Incluso le vimos recuperar su humanidad tras esa transformación! Es inadmisible… –
– ¿Qué tan lejos crees que iríamos, si tomásemos la reliquia de ese místico? ¿A caso son conscientes de sus palabras? –
– No pued… Simplemente, no puedo contemplar la muerte de un camarada –
– ¡Es el Héroe de Triviltor! ¡El de las leyendas! ¡El que irrumpió la caravana de los caballeros de oro! –
– Aguarden –

El brillo de la reliquia apenas traslucía ante el constante goteo de la tormenta. Geón observaba intimidante al muchacho, quién había quedado paralizado entre el terror y la angustia. Detrás de él, como un dócil guardaespaldas, el ninja de extrañas intenciones esperaba la dicha del druida. Aquél que tiempo atrás era un niño asustadizo, ahora abrazaba un fin por sobre todo, recuperar el Yelmo de Diamante.

– Te lo suplico Geón. No ha sido mi culpa –

Murmuraba el muchacho cabizbajo mientras la lluvia le incitaba a soltarse sobre la afilada hoja.
Geón marchó sobre diversos charcos y, al agacharse, advirtió los arbustos movilizarse por la lluvia. El viento del temporal era constante. Su espalda yacía delante de todo, del arrepentido, la reliquia y del temible sombra.

– Libérame. Juro tomar el camino opuesto a ustedes –

El druida alzó el rostro recibiendo el goteo constante.

– Guíame Gran Sabio, escucha mi plegaria –

Un murmullo resonaba de pronto desde los labios de Paún. Era incompresible para todos, pero el ninja lo percibía. Así como oía el plan de los guardianes, a pocos metros de él.

– Ya no puedo resistirlo. Yo iré –

Exclamó un guardián fijando la mirada en la reliquia.

– No lo hagas. Mira, el demonio nos ha advertido –
– ¡Con más razón! –

Respondió el otro y manoteó su cuchilla envainada.

Ambos se dignaron a sobrepasar los arbustos, ante la siniestra mirada del ninja.
Y tan pronto como un haz de luz, proveniente de un relámpago constataba sobre el cuerpo de Geón, se volteó para tomar una decisión. Sus ojos advirtieron, de pronto, el hurto. Un guardián tomaba el yelmo de diamante, mientras que el otro esgrimía su pesado espadón.

– Sombra –

Murmuró, y el ninja ladeó la mirada pudiendo sentir su voz entre el ruido escandaloso de la naturaleza.

– No te atrevas a ignorarme Demonio de Yahandá. Te encuentras demasiado lejos de tu cueva, y no pretendo tener clemencia –
– Espera. No hay necesidad de… –
– Deja la reliquia al otro. Castiguemos a estos monstruos –
– Pero… –
– ¿A caso dejaras que este sucio demonio se salga con la suya y le quite la vida a Paún? ¡Recapacita! –
– Es verdad. No puedo perdonarles por esto –

El muchacho, sobre la afilada hoja, se revolvía de angustia y sus lágrimas corrían por su rostro. Diminutas lágrimas que se confundían con la propia lluvia.

El segundo guardián arrojó la reliquia al tercero, quién tras tomarla inició su carrera hacia la aldea. Asimismo, los guardianes osaban pesadas espadas y armaduras de placas.

Geón alzó la mano y, tan pronto como su frente se tatuaba, advirtió al tercer guardián en la selva. De pronto, el segundo se le abalanzo por delante y anunció:

– No te atrevas a utilizar tus hechizos o te rebanaré –
– No lo dudes –

Gritó, sin más, el otro.

– El sigue siendo el elegido por el Gran Sabio –
– Sus acciones lo han retirado de tal título –

El hombre asintió con seriedad y Geón rugía intensamente mientras el resplandor de un rayo alertaba su desfiguración frente al caballero.

– Te lo advertí muchacho. Ahora tendré que asesinarte –

El otro guardián enfrentaba al ninja. Comenzó atacando desde lo alto utilizando ambas manos y, de pronto, Paún se notó libre ante el reflejo del agua. Dos sables se repelían constantes, uno contra otro.
El muchacho no lo dudó, tras erguirse, se retiró de la batalla mientras la lluvia acababa por humedecerlo completamente.

– ¡No era tan heroico después de todo! Ja Ja –

Exclamó el guardián azotando de cortes al siniestro espadachín, quién con suma agilidad bloqueaba sus intenciones.

El otro estaba a punto de hundir su espadón sobre la sien del druida, cuando una shakken asestó su nuca, entre el yelmo y las hombreras.

– GGKK.. –

La mandoble se soltaba de sus manos y, cayéndose de rodillas un fulminante resplandor le vaticinó lo peor. El tigre blanco abría las fauces delante de su rostro.

– ¡Lucha! ¡Lucha! ¡Por el orgullo de Trivil… ¡Gkkk! –

Un ágil corte le tomó por sorpresa mientras gritaba y le decapitó al instante.

Paún huía hacia el Norte y el guardián lo hacía hacia el Oeste. Las miradas del ninja y el felino se cruzaban ante la tormenta.
¿Logrará el guardián llegar con el Yelmo de Diamante al Consejo?