“…Aunque el orden fuese el sobrenombre, la crueldad en Rigor Lejano podía ser típica…”

¡Sin Tapujos!

Anocheciendo se oyeron los incesantes galopes avanzar sobre el desierto, hacia el Oeste. Seguido de los mismos, las ruedas de madera del carruaje se deslizaban sobre el terreno imperfecto.
La noche yacía estrellada y una resplandeciente luna destellaba ante la interminable lucha de permanecer, constante, cubierta contra la negrura.

El amplio recorrido hacia el horizonte se reencontraba con la llegada de numerosos bandidos. Los Demonios de Drill optaban por ocultarse, hasta tanto Jor’Mont regresase.

Y de camino al más allá, hacia el distante Este, rifles y revólveres se recargaban ante el cuchicheo constante. Siquiera Don Canet les dirigía, que parecían comprender toda intención aparente.

Andy se encontraba allí, rodeado por millares de miradas, violentas resoluciones y sombríos rostros ante la expectación.
La brisa soplaba de forma insaciable y la capa resplandeciente del jinete oscuro levitaba sin cesar.

– ¿Cómo te atreves a aparecerte? –

Gritó el gordinflón ante la incertidumbre latente de todo Ser presente.
Con sus manos enguantadas, Erabo, abrazó al muchacho y su libre extremidad dirigía los dedos hacia su colt, sobre su muslo derecho.

– ¿Qué sucede? –

Inferió el joven, desconociendo los asuntos pertinentes.

– Siquiera pestañeen, ni se fíen de él. Ese hombre es aterrador –

Gritó, de pronto, Don Canet y uno de los sheriff espabiló sorpresivamente luego de bostezar.

Los rifles apuntaban sin descanso, las doncellas se ocultaban los labios con sus manos y el viento no dejaba de soplar ante la noche.

– Aseguren la mirada Oeste. Nunca sabemos si este hombre ha llegado solo, o acompañado –

Exclamó un sheriff en las alturas de las murallas, y los desconcertados vaqueros vigilaban el Oeste, a pesar de comprender que la amenaza cercana se hallaba a su espaldas.

– Como si ese tipejo pudiera sobrevivir a la puntería de la guardia de Rigor Lejano –
– Así se encuentre en desventaja, jamás he visto al estimado Don Canet tan nervioso –
– ¿Está sudando, a caso? –

Tal como los sheriff alertaran en la distancia, el Jefe de la Aldea se sobaba la frente con la manga de su chaleco y sus bigotes parecían recuperar el castaño pigmento con la humedad.

Apenas se podía localizar al jinete por la presencia del joven vaquero a su lado. Puesto que la penumbra ahondaba con tanta ímpetu, que sólo sentía la capa revolotear detrás de Andy.

Atentos, los pueblerinos se acercaron con antorchas para alumbrar la visión de los guardias.

El muchacho presionó la pierna del forajido, aún aguardaba una respuesta a su incertidumbre. Pero éste siquiera se inmutó, y la mirada del joven alertó a Helen DeathTrick entre las furcias del salón.

– Cuando te lo diga, te sostendrás de mí como si tu vida dependiese de ello –
– Pero… –
– escucha… Tú solo deja que la capa te cubra –

Susurró, sin descanso alguno Erabo, y el joven acabó por asentir.

Los portones aún yacían entreabiertos, puesto que, ante la conmoción de los acontecimientos, los vaqueros habían olvidado toda tarea aparente. Sus ojos sólo contemplaban cualquier impertinente movimiento de aquél misterioso vaquero de oscuras prendas.

– ¡Ríndete Fantasma! O lamentarás que el pequeño forme parte de tus pecados –
– ¿E… Es el Fantasma? –

Replicó uno de los hombres, al filo del temor.

De pronto los expectantes contemplaban angustiados los sucesos.
Y aún dichas, aquellas amenazas, el forajido acercó los dedos a su colt y Don Canet gritó:

– ¡Disparen! –

Siquiera alcanzaron a contener el aliento que aquél mensaje replicó entre sus tímpanos como una orden directa. y aunque renegasen el sólo hecho de hacerlo, estando el niño al frente de sus perspectivas, arremetieron y presionaron el gatillo de sus armas de fuego.
Así, estallidos hacían eco en las esquinas del Rigor Lejano, y perdiendo el respiro, los pueblerinos palidecieron ante el acto repentino de los guardias de aquella prestigiosa aldea.

Andy observaba la lluvia de fuego avecinarse a él, cuando de pronto la oscuridad se apropió de él. Los certeros disparos prosiguieron su recorrido y delante de los Sheriff, en la ceguera nocturna, alertaron el resplandor de las gemas de zafiro incrustadas en la capa.

– ¿Q… Qué es eso? –

Se cuestionaba Don Canet, y sin planear perder de vista al criminal, desenfundó una dinamita de su cinturón. Procuraba acercar la mecha a la flama de una antorcha, que era sostenida por un campesino.
Acto seguido, todo Ser desarmado se dio a la fuga, a excepción de Helen.
Algunos guardias, incluso, temiendo por sus vidas, soltaron sus rifles y despavoridos escaparon del sitio.

A punto de encender la mecha, Don Canet sintió como un rifle se cargaba a su espalda.

Helen DeathTrick apuntaba el mismo a la nuca del gordinflón. Las manos del hombre se detuvieron, intentando asimilar la idea.

– ¡Suéltalo cerdo! –

La capa se desvanecía y, desplazándose hacia la noche, Andy, seguido de Erabo, voltearon la mirada y advirtieron que la pequeña de vestido albo les había salvado.

Aunque el Jefe soltase el explosivo, gritó a los sheriff sobre la muralla. Quiénes al notar movimiento fuera de la Aldea, abrieron fuego.
Disparos replicaban hacia el más allá, y Andy lograba escapar ileso del tiroteo, pues los rifles estallaban hacia el leve brillo de la noche.

– Ella… –
– Olvídala, Andy BlackHawk –
– Nos ha salvado… –

Y los estallidos aún provenían desde las murallas, los guardias apuntaban ahora a la pequeña. La que apenas lograba mantener erguido el rifle.
Don Canet rechinaba los dientes, y lentamente se volteaba hacia la intrépida señorita.

– ¿Qué demonios crees que haces, pequeña? –
– Lo que el demonio en mí, me induce –

Respondió ella, quién con una sonrisa pícara, posaba y miraba amenazante.

– Te harás daño, jovencita –

Todos enmudecieron ante la valentía de la joven, y una vieja doncella que provenía del Salón, contempló a la distancia como el mismísimo Don Canet yacía en peligro. Apresurando los pasos había marchado hacia el lugar.
Doncellas y campesinos quedaron paralizados ante los sucesos imprevistos, mientras la anciana de delgado porte y fino vestido avanzaba hacia aquella disputa.

– Mi padre estaría orgulloso –
– ¿Quién es tu maldito padre? –

Los sheriff negaban inconscientes, puesto que la silueta de la anciana llegaba al lugar de los hechos. Y aunque Helen creyó alertar movimiento y oír los pasos de las zancadas, la situación ameritaba.
Se proponía nombrar a su padre antes de acribillar a quemarropa a su rival, pero la mujer le sustrajo el rifle y le ofreció tal abofeteada que la, aparente, delicada joven se tropezó. Sobre el suelo, con su mano, se acarició el pómulo.

Los guardias echaron a reír y Don Canet ordenó a una tropa de sheriff ir en busca del Fantasma de Runfenir. La anciana se proponía entrelazar sus dedos entre la cabellera de la niña para arrastrarla, al tiempo que arrojó el rifle a un lado.

– Muy bien Katrina
– Es lo de menos, Don Canet –

Los hombres aún reían a carcajadas, y Helen se hallaba al borde del sollozo, pues la vieja ramera le tironeaba del cabello como a un animal.

– Te enseñaré modales, jovencita –

Don Canet, apenas se agachaba, como podía, para recuperar la dinamita. Luego de ordenar a sus guardias que apresuren la campaña, regresó en busca de la joven.

Sollozos y griteríos resonaban de forma incesante, cuando parecía que la anciana buscaba arrancarle su preciada cabellera. Tan pronto el gordinflón la detuvo, el rostro enrojecido de dolor de la muchacha alertó el rifle delante de sus ojos.

– ¡Contesta! ¿Quién demonios es tu padre? –

Helen rechinaba los dientes, quizás por el dolor o porque sabía que si lo dijese acabaría muerta.

– Déjemela Don Canet, lo soltará tarde o temprano –

Los aldeanos contemplaban estupefactos. No era común ver ese tipo de actitudes en la más modesta de las Aldeas de Runfenir. Aquella jovencita no asimilaba a ser criminal, ni mucho menos. Y, sin embargo, sus labios no dieron oportunidad alguna de expresarse.

Tan pronto como Don Canet suspiró, soltó el impulso de Katrina, pero temiendo que le arrancara el cabello, Helen DeathTrick se puso de pie y le siguió a pesar que los viles hombres la observasen de forma indecorosa.

Pudiendo ser rodeada por las finísimas doncellas de la Aldea, ahora se dirigía a las puertas del Salón y, quizás, de la noche a la mañana se convirtiera en otro tipo de mujer. Lejos del anhelo de Jor’Mont, el Líder de los Demonios de Drill, y su propio padre.

Los disparos eran ya insuficientes, el Fantasma de Runfenir y Andy superaban el rango de visión sobre las murallas.
A paso ligero, se distanciaban del Rigor Lejano, y se adentraban en el árido territorio de Runfenir.
Finalmente el muchacho detuvo sus pasos e intentaba respirar con calma. Delante de sus ojos se encontraba el siniestro pistolero, cuya capa revoloteaba ante la brisa sin daño alguno.

– No tenemos mucho tiempo, BlackHawk –

En el Rigor Lejano, los sheriff observaban las líneas de orificios en la muralla.

– Siquiera un rastro de sangre, siquiera una herida. Es imposible –
– No por mucho… ¡Van a pie! Y si con las balas no lo consiguen… –

Gritaba Don Canet a los vaqueros que iniciaban la expedición en busca de los fugitivos. Al último de los hombres le arrojó la dinamita, y todos marcharon al unísono. Algunos incluso portaban antorchas.

– De ser necesario, háganlo volar en mil pedazos –

Murmuró el Líder, con una mirada siniestra, y agregó, al tiempo que los hombres se retiraban al galope de sus corceles.

– Los Fantasmas puede que esquiven proyectiles, pero no sobrevivirán a una explosión –

¿Podrán escapar a salvo Andy y Erabo ahora? ¿Qué sucederá con Helen, cuando es vista como una amenaza en Rigor Lejano? ¿Qué planeará Wes’Har para recuperarla?