“…Inmersas dudas criminales se funden en el vacío, en la búsqueda, y el temor…”

Lealtad o Traición.

La aldea de Triviltor estaba a punto de recibir a dos peligrosos místicos, mientras en algún sitio de la densa selva, el sombra o Demonio de Yahandá planeaba ocultar al druida, y portador del Yelmo de Diamante. Puesto que una enorme pantera se encontraba al acecho en algún lugar, en sus alrededores.
En medio del cautiverio, Paún, un cazador de Triviltor, hace su aparición. Temía que Geón hubiese sido secuestrado por el ninja y lo enfrenta.

Un combate inicia, y finaliza con la intrusión del propio Geón.

El cazador aún se sobaba la cabeza ante el estruendoso sonido perpetuado, y cuando lograba espabilar comprendió que se hallaba solo. Bajo el agua del río, que humedecía sus rodillas, se encontraba, confundido, ante la última técnica del druida.

No demoraba en recordar que su oponente yacía a pasos de él. Pero, al voltearse, advirtió la soledad. Apenas el cantar de las aves, entre la naturaleza, le ayudaba a recuperar la paz.

– Se ha ido en busca de sus Shaken, o algo así ha dicho –
– Geón –

Paún vaciló un momento ante las palabras del druida y en las profundidades del rio encontró su hacha.

– No te preocupes. Le he dejado en claro que solo me protegías –
– ¿Qué pretende él? ¡Es peligroso! –

El muchacho negó y, tras sostener el yelmo entre su brazo y cuerpo, ofreció una mano al desconfiado guerrero.

– ¿Por qué te fías de él? –
– Me salvo la vida –
– Excusa para un propósito mayor –
– Quizás. Nunca lo sabré. Pero, por alguna razón sigue aquí.
– Deberíamos regresar a Triviltor –

Aún así, Geón asintió. Le preocupaba en qué estado se encontraría el Gran Sabio, luego de marcharse tantos días.

– Y también tendríamos que irnos ahora, que el demonio está ausente.

Tras retirarse de las aguas, Paún escurría sus pantalones y, al mencionar tales palabras, sintió una brisa detrás de su nuca.
Aunque temía ser observado, hizo caso omiso y prosiguió su discurso:

– Los Demonios de Yahandá han avanzado hacia el Claro Reval. Vi a uno de ellos luchar con Nozepul –
– ¿Y qué ha pasado? –
– Me ha pedido que te halle, antes que ellos –

Replicó manoteando con fuerza el mango de su hacha.

Geón no podía negar la inseguridad que le provocaban sus palabras. El muchacho no solo se notaba tenso, sino que en varias ocasiones observaba con desdén la reliquia que el druida portaba.

– ¿Cómo puedo saber si no me enviarías a una trampa? –
– ¡Geón! Yo soy protector de Triviltor. En ese hombre no debes confiar. Su clan pretende exterminarnos –

Tras declarar tales palabras, el joven señaló hacia su espalda, apuntando a la región que se hallaba al cruzar el vasto cauce y, para su sorpresa, sintió como su mano era tomada por alguien.
Al desviar la mirada, alertó al sombra que aguardaba sobre el río, sin siquiera humedecer sus botas.

– T… Tú… –

Sin dudarlo, Paún alzó su hacha, pero con suma destreza el ninja le desarmó aplicándole un codazo al mentón. Más tarde sumergió el rostro del cazador en las profundidades.
El joven luchaba por liberarse, mientras el siniestro espadachín observaba los inagotables chapuzones.

– Déjala ir –

Exclamó Geón, a punto de calzar el yelmo sobre su cabeza.

– Miente –

Murmuró el hombre.

– Lo sé. También tu me ocultas tu propósito –

El ninja ladeaba la mirada hacia el druida, quién ya se había acostumbrado a su presencia. Ya no le representaba temor, ni ira. Lo respetaba en sus dones y secretos.
Parecía como si el espadachín hubiera preferido que le implorara, y al ver que la frente del druida comenzaba a cargarse de tatuajes frunció el ceño. Más luego, soltó al joven guerrero.

Luego de un salto de espaldas, trepó sobre un árbol, que descansaba una extremidad hacia el río. Allí aguardó, con una mano tras su cinturón, dónde se hallaban sus shakken.

El muchacho se irguió tan pronto como la fuerza del siniestro ninja le había liberado. Por poco sin aliento, haciendo caso omiso a donde se hallara su oponente le buscó por todas partes. Incluso olvidándose de respirar.

– ¿A dónde ha ido? ¡Cobarde! –
– Cálmate –

Geón aguardaba sentado sobre la hierba, sus ojos yacían cerrados y el yelmo se encontraba delante de su cuerpo. Una marca inconclusa tatuaba su frente.

Paún estaba impaciente, sus iris no dejaban de observar de un lado a otro. Y repentinamente, respirando más hondo, su mirada se detuvo en la resplandeciente reliquia.

– Te lo dije… El Demonio de Yahandá… E… Ellos… –
– Respira más, luego hablas –

El sombra no se equivocaba y Geón había demorado en asimilarlo, puesto que conocía al muchacho. Velnor solía contar sus heroicos hitos entre los cazadores, de puntería aguda, gran destreza, inteligente y poderoso en el combate físico.
En su niñez, y en las clases místicas de instrucción, se contaban prodigiosas anécdotas sobre el joven de cabello tinte café. Sin embargo, ahora asimilaba a un ambicioso conejillo, indeciso, entre salvar su pellejo o llevarse la gloria de la aldea, bajo la manga.

La invasión a la Aldea era probable, e incluso el druida desconocía los atentados contra Velnor y el Gran Sabio. Una incesante pregunta cuestionaba su inconsciente.

¿Qué hacía el héroe de Triviltor, de quién se tejían las más incalculables hazañas, tan distante de su hogar?

– ¿Por qué te fías del Demonio? Tú no eres un niño, al igual que yo. No necesitas de la magia para reconocer que ese hombre es un artífice de la guerra –
– ¿Qué guerra? –

Sus ojos yacían cerrados, pero podía sentir la inseguridad, el temor hacia sus espaldas, su pecho golpeando a feroz velocidad. Paún no solo mentía, estaba a punto de quebrarse.

¿Por qué? ¿Por qué? Se repetía constantemente el druida.
Y como si pudiese advertir el vago suspiro, el ninja, en las alturas, oyó los nudillos de Paún doblegarse y sostener el mango de su hacha con sumo frenesí.
Incluso el ninja podría rebanarlo en un pestañeó, pero Geón tenía la necesidad de conocer la razón de sus actos. Como la conexión resplandeciente en sus reliquias, sus mentes estaban misteriosamente de acuerdo.

El sombra liberó el agarre de su cinturón y el tatuaje en la frente de Geón terminó por formalizar una figura. Repentinamente, Paún, suspiró y volteándose arrojó el hacha hacia la presencia que le espiaba desde las alturas. Más tarde y, con suma velocidad, se abalanzó hacia el frente.

– Lo… Lo siento –

Murmuró y extrajo el yelmo. Luego escapó a espaldas del druida, quién abría sus ojos y con el crujido de la vaina, contempló como el sable del guardián desconocido bloqueaba el arma arrojadiza.

Ágiles sus pasos, fervientes e intensos sus latidos, Paún se encaminaba lejos de la Aldea de Triviltor. De repente manoteó el tronco de un arbusto desgarrado y giró rotundamente. Así, aceleró el paso, de regreso y una sonrisa se grabó en su rostro.

El druida abría los ojos mientras la tristeza se denotaba en su mirada. Por su parte, el espadachín descendió hacia el agua y avanzó sin hundirse, hacia el muchacho. Este, detuvo la palma sobre el rostro del ninja, y así, simplemente se volteó cruzando sus brazos. Por si a caso, procedía a tomarse la cabeza pronosticando el conjuro del elefante. Pero, tan pronto sintió ruido entre los matorrales, se sentó en su sitio y observó. Quizás planeaba esperar que se alejara, para luego seguirle.

Ni el más veloz cazador huiría en la selva de un carnívoro voraz.
Y aunque Paún se sentía confiado, pues conocía el área como los rastros de su mano. No tardó en oír un rugido a corta distancia, que le indujo al temor.

Los suplicios atormentaban su mente, mientras el vértigo le punzaba por la espalda. Sabía que no se encontraba solo, y que estaba desarmado.
Sabía que él era la presa y que el verdadero cazador ya atesoraba su aroma. Sabía que no se trataba del olor a humano, sino que se trataba del miedo. El desconocimiento sobre a cuanta distancia estaba de alcanzarle se tornaba arrasador.

El sudor manaba de su frente, sus acostumbrados pies a la superficie selvática parecían, de pronto, interponerse entre su salvación y la probable muerte.
Ahora sus pasos eran resbaladizos, su traspiración y pánico le afligían. Temía tropezar, cuando sus ojos lograron advertir la figura sombría que se deslizaba a su lado, oculta por los numerosos arbustos que se resquebrajaban con su pasaje.

– ¡AAAH!! –

Ya no temía pasar por advertido. Gritaba sin cesar. Temía ser engullido por el fortalecido y blancuzco cuerpo de aquél felino.

– Es… Espera… –

El tigre blanco tomó distancia y sus ojos avizoraban el Claro Reval al frente, donde un denso incendio consumía todo a su paso y la humareda se esparcía por doquier.

– P… Puedo lograrlo… –

De pronto, la confianza revitalizaba al muchacho. Sabía que la bestia no le perseguiría a través del fuego. Y aunque, naturalmente, su percepción era correcta, sintió pasos pisoteando en dirección hacia él.

Al voltear su rostro, alertó las fauces del animal abrirse al frente. Tras perder el yelmo sustraído, se desmoronó sobre la hierba.

Aparentemente se habría tropezado, y al notar el resplandeciente yelmo a pocos metros, intentó tomarlo. Pero un rugido le tomó por sorpresa a espaldas.

Siquiera consiguió esquivarlo que el salvaje depredador se lanzó sobre él.

– ¡GAAAAHHHH!! –

¿Qué intenciones tenía Paún? ¿Habrá recuperado con esto Geón su yelmo? ¿Cuál es la razón por la que es tan importante esta reliquia?