Capítulo 10 – En busca de la Fortuna de Corey

por | Mar 20, 2018 | Crónica Originaria: La Gran Inmigración

“…La invasión se propagaba y el temor que esto infundía en los hombres les incitaba a tomar terribles represalias…”

En busca de la Fortuna de Corey

Una batalla incurría en el Gran Torreón y otra, más importante, se presentaba en la muralla Norte, hacia el Pantano de Suglia. El orden del Imperio se veía diezmado tras el aparente caos. Los desérticos pasillos apenas destellaban rastros luminosos por las antorchas.
Gritos de guerra camuflaban los monstruosos alaridos que se avecinaban. Los cuernos replicaban constantes, intentando alertar al resto de los guardias.
A paso veloz se dirigían dos nuevos guerreros de placas y numerosos espadachines por el pasaje central, superando el área comercial.
Los aldeanos se aglomeraban en sus hogares al oír el paso metalizado que producía un eco desmedido ante el silencio de la noche. Un gordinflón noble desmenuzaba los huesillos de un pollo asado, procurando comerse todo, producto de la ansiedad.
Tal imagen no era muy diferente a la reacción de las criaturas frente a los defensores del muro.

A pesar de la invasión, en cercanías al Gran Torreón, se podían oír otros gritos desde las profundidades e inmersos en el ambiente se escuchaba el choque letal de espadas.
En aquél sitio, se desencadenaba una lucha sin precedentes.
Los rebeldes, liderados por el Viriathro Fab, habían conseguido rescatar al campeón crepuscular y unir a los Nobles magistrados, Lena y Romir, a la causa. También apoyados por las impecables habilidades en lucha de los sirvientes de cada uno. La pena había sido evitada y, en posesión de su katana, el prisionero se unificaba a los rebeldes provocando un feroz combate contra las fuerzas del Imperio.

En cuanto dirigían una retirada conjunta, alertaron la vislumbrante llegada de un sonriente ser.
Lena, junto al Demonio de Yahandá contemplaban como la luminosidad se aproximaba con él. Al tiempo que Romir, Erion y el resto se encontraban al borde de la desesperación por otra razón.

El guerrero de rostro lloroso de porcelana cargaba con su asta de oro, decidido a detener al campeón crepuscular y en el camino tuvo que bloquear el desafiante ataque del mayordomo y la concubina. Fab yacía malherido y, un rebelde le acompañaba. Asimismo, uniéndose a ambos, Erion alertaba, junto a los espadachines, la amenaza que se originaba delante de sus ojos.
Romir se encontraba boquiabierto, en conjunto a los tres rebeldes. Los muertos se alzaban de regreso a la vida, tras el mísero toque de un oscuro esclavo que se encontraba encerrado en una celda, junto a otro más pálido.

Mareas sangrientas circundaban el gran salón y, ante los pasos lentos y pegajosos, se lograba divisar a aquellas extrañas abominaciones de ojos amarillentos.
Al instante, Lena se soltaba de los brazos de Romir. Puesto que contemplaba una luminosa figura que vestía una extensa túnica de seda. Sus rubios cabellos asemejaban a trenzas de oro y poseía delicados rasgos faciales.

– E… Eminencia… –

Declaró la doncella, casi cayendo de rodillas ante la sublime llegada del precioso hombre.
El Demonio de Yahandá no perdía de vista al individuo y, aún, sostenía su sable con recelo.

– Hermosa Lena –

Murmuró, entre sonrisas.

– Y… Yo… –

Exclamaba, desesperada, la dama mientras el rubor coloreaba su pálido rostro.

– Te encuentras muy lejos de tu hogar, Cent’Kas… –

El encapuchado alzó el ceño. Le nombraban con suma facilidad, cuando absolutamente nadie reconocía su propio nombre. Sin embargo, siquiera respondía y, a paso lento, se avecinaba aquél misterioso señor.

Era pertinente huir del torreón ante los acontecimientos y, notando el descenso de la extremidad de Lena, Romir se volteó decidido a marcharse. En cuanto logró divisar la aparición, por instinto se derrumbó de rodillas y el sudor descendía por encima de su frente.
El guerrero de placas repitió la acción similar y, detrás, los espadachines dorados asimilaron el porte. Siquiera tenían tiempo para alarmarse por el terror que se aproximaba a sus espaldas, que rendían respeto al luminoso hombre.
La concubina y el mayordomo se soltaron, de entre sí, y también se arrodillaron.
De no ser porque Erión y el rebelde con vida asistían al malherido Fab, acompañarían la reacción del ninja.

Cent’Kas aguardaba de pie. Así todos sucumbiesen ante la llegada del Emperador de Oro y la leve risilla se replicara de entre la penumbra. No cabía duda que aquella reverberación provenía por ese ente.

Asimismo, los cadáveres en movimiento proseguían la marcha. Uno comenzaba a deslizare sus mugrientas manos delante del desnudo cuello de guardia imperial. A poco, se proponían masticar su piel, cuando la seriedad del nuevo presente le observó fijamente.

– Interesante –

Murmuró y, de repente, sobrepasó la presencia de Cent’Kas sin siquiera pestañear. Erguía la palma de su mano en dirección al peculiar rostro de iris amarillentos.
El ulterior intento de mordisquear la nuca se vio impotente y, de forma repentina, los dientes, colmillos y muelas de aquél individuo se soltaron por acto mágico. Sin cesar los trozos de dentadura resonaban sobre el suelo.

– ¿Quién lo diría? –

Sus resplandecientes ojos se cruzaban con el prisionero que se encontraba en la penumbra de la celda. Su compañero negaba rotundamente y, ambos, estaban obligados a verle.
Un gruñido resonaba desde las fauces del Ser sombrío.

Jasnoth y Darnoth

Los cuernos comenzaron a resonar por el entero Imperio y ambos magistrados, presentes, irguieron el rostro. La invasión era alertada, incluso, en el interior del torreón.

El guerrero de placas se puso de pie, repentinamente, como si aquella señal le olvidase a olvidar y posponer todo asunto presente.

– Una invasión… –

Exclamó Romir, en medio de la confusión.

Y, antes de percatarse de todo, los espadachines dorados se marcharon en carrera hacia fuera.
El destino de los rebeldes y los nobles era la libertad. Pero, aún así, el mariscal permanecía allí, de espaldas a ellos.

Sus labios emitieron una sonrisa y el resto se marchó a prisa.

En el camino de retirada, Romir indagó la suerte del Viriathro, mientras el mayordomo y la concubina observaban con recelo la presencia del campeón crepuscular.

– Si desean, podemos llevarle con Corey
– Eso sería insensato, mi Lady –

Respondía la concubina.

– ¿Podría salvarle él? –

Indagaba Romir y, con rostro preocupado, Lena asentía.

– Sería una buena oportunidad para descansar y dialogar con usted, Demonio de Yahandá –

Si bien Erión y el otro rebelde no confiaban en lo absoluto, el suplicio de Fab era exasperante y el campeón crepuscular simplemente aceptó, con un silencioso gesto e inclinando el rostro.

– Magistrado, una invasión no nos dará el lujo de descansar –
– No te preocupes. Según tengo entendido, Corey vive cerca del muro del Sur y las bestias probablemente se aproximen desde el Norte. Tendremos tiempo suficiente –
– El mar se encuentra al Oeste. No es de sano juicio ir hacia el Sur –

Replicó la concubina, sin embargo la decisión había sido tomada y ambos sirvientes conservaron el aliento.
Faltó una severa mirada de Lena, para que la concubina olvidara tales advertencias que Cent’Kas  no ignoraba. Erion, por su parte, contemplaba el poder de decisión de los nobles.

– ¿Qué eran esos monstruos de ojos amarillentos? –

Clamó el rebelde que, mayormente, recibía el peso del cuerpo de Fab sobre su hombro.

– Jasnoth y Darnoth –

Replicó el campeón crepuscular y si bien no sucediera, imaginaban las maléficas risotadas del emperador.

– No son humanos. Son de una raza dracónica que provenía del Sur del continente –
– ¿Dracónica? y ¿Cómo sabes tú al respecto, Lena? –
– Nunca fallan los mitos de Corey para calmar el pesar de los dolores –
– Tú sí que le visitas a menudo –
– Aunque no lo parezca, Romir, con el entrenamiento que he recibido podría defenderme por mi misma –

El campeón crepuscular alzó el ceño y la dama simplemente rió por lo bajo.

– Entonces, quizás Corey nos informe mejor al respecto –

Respondió el magistrado y Lena asintió.

Al salir del Gran Torreón las desérticas callejuelas asimilaban al terror venidero, gritos surgían desde distancias incalculables.

Fab tosía y su herida derrochaba más y más sangre por doquier.

– No podemos permitirnos que él descubra hacia dónde nos dirigimos –
– Apóyenlo sobre el suelo –

Discutían la concubina y el mayordomo, al tiempo que arrancaban un trozo de prenda para detener la hemorragia.
Romir y Lena contemplaban, sin palabras, el resplandor de las antorchas a través de los silenciosos pasadizos. Erion y el rebelde restante retenían el paño con una delgada tela sobre el hombro y junto a la cintura.
Por otra parte, el nombrado Cent’Kas aún observaba hacia el interior del torreón. Intentaba comprender que era el emperador y cómo sabía tanto.

– Ya podemos proseguir, mi Lady –
– En marcha. No miren hacia atrás. Debemos llegar al Sur cuanto antes –

Y aunque la incertidumbre proviniese del Norte, hacia el Gran Torreón y el muro que cortaba el paso hacia el Pantano de Suglia era menester mantener con vida al Viriathro.

En la caverna dónde habitaban los de su raza, el debate respecto al resto de los prisioneros proseguía. Temían que de no haberles seguido, la misión fuese inconclusa y, probablemente, les mataran al día siguiente por rebelarse. Rav’Thos sabía que los espadachines dorados requerían de su intelecto y que, aunque probablemente perdiese a su hijo legítimo, los Viriathros no serían castigados.
En cambio, Rebok sostenía que todos serían colgados en el muro como advertencia y que por las noches sus entrañas serían devoradas por las bestias que ahora mismo invadían al Imperio.

– ¿Incluso tú? –

Contestaba Sinuesa con molestia.

– Incluso yo –

Respondía él.

– Quizás mueras antes. Si la Guardia Imperial no derrota a las bestias, tu hedor las atraerá hasta aquí y se harán con un festín –

– Entonces, mejor sea que aprovechemos de tu cuerpo antes que acabe dañado –

Tres hombres, sumados a él deslizaban la lengua como si alertaran algo apetitoso delante de sus vistas. Sinuesa retrocedía, pero era clara la atención de la mayoría de los hombres y en ausencia de Fab se hallaba en gran desventaja.

– Cálmense. Todos estamos en las mismas. No olviden el propósito y juntos podremos abrazar la libertad. Cuando la invasión se propague –
– Anciano… Tu siquiera has movido un dedo mientras trabajábamos forzadamente –
– Incluso nos sobraba con sus bebidas y alimentos –
– No tenía opción… –
– ¡Siquiera tuviste la cautela de  guardar un trozo para nosotros! –
– Me cortarían los dedos por ello –
– ¿A ti? ¿Un vidriato? –

De pronto la discordia pasaba a mayores. Los viriathros, junto a Rav’Thos formaban una línea de defensa por Sinuesa, mientras en frente Rebok lideraba a los rebeldes.

– Entrégala y no habrá necesidad de combatir –
– Ustedes deberían arrodillarse y suplicar. Hace años estamos aquí en paz… ¡Hasta su llegada! –
– A palabras necias, oídos sordos –
– Como intentes tocarme… –
– Calma Sinuesa. Siquiera debes retarlos a hacerlo –
– Ya lo ha conseguido –

Y de ser cuatro acosadores, todos se abalanzaron buscando atraparla.

– ¡Dispérsense! Solo atraerán a la Guardia Imperial –

Gritaba Rav’Thos, enloquecido.

– No lo creo… Estarán bastante ocupados con lo que Jiont haya provocado –
– C… Cluín… –

Murmuraba el viejo Viriathro y, sin lograr contenerlos a todos, una batalla de puñetazos iniciaba en el interior. Sinuesa se retiraba hacia las barras de hierro y suplicaba ayuda, mientras los impostores se abalanzaban por detrás de ella.

En los Pantanos de Suglia, Cluín yacía escondido y la batalla resonaba cerca de él. A su lado se acercaba Jiont que portaba un resplandeciente cinto de diborrenio.

– ¿A dónde hemos venido Cluín? Acaso no estaba el mar en esta dirección? –

El Viriathro negaba compulsivamente, al tiempo que contemplaba el brillo aquél sobre sus rostros.

– ¿Dónde estamos entonces? –
– En el infierno de los hombres –
– Pero ¿acaso hay estas cosas en el infierno? –
– E… Es una reliquia… Se dice que el Cráneo Negro las reúne. Puesto que de él se originan –
– ¿Reliquias? –

Y la noche comenzaba a decaer durante la batalla. El temor de Cluín y Jiont era claro… Al amanecer debían buscar el modo de retirarse sin ser alertados por las bestias…