“…La dicha del espíritu es el camino del alma…”

El Encuentro Místico de Daju

Ante las playas, en dirección a los Reinos de Ingub, un jinete llegaba desde un recorrido extenso. Tras detener su corcel advertía la lejana Isla de las Penurias Sangrientas como un montículo distante, donde las oleadas se desvanecían. Un territorio que, abandonado, era rodeado por el agua salada y una leve humareda se cernía hacia los límites indistinguibles del cielo.

Daju, montando el caballo blanco que portaba una delgada armadura de malla, dirigió su vista hacia el Norte y contempló con orgullo una amplia extensión entre el mar y el continente propio. Era tal su longitud que asimilaba a un continente nuevo, pero más pequeño.

– Alguien me llama desde las Sierras –

Murmuró libremente, como si conversara con alguien. Quizás se tratara del corcel…

A los minutos siguientes éste relinchaba mientras sus pezuñas avanzaban por sí solas sobre el terreno húmedo.

Con su delgada mano, el centinela acarició el cuello del animal y avanzó libremente mientras el mar se agitaba hacia ambos lados, formando un sendero estrecho al centro.

La brisa sopló en su cabello y, el Elfo ocultó la vista embarcándose en un trayecto de paz y misticismo.
El paisaje comenzaba a reconstruirse en la distancia, y el enorme árbol sobre las Sierras de Feror sombreó toda iluminación alrededor del centinela. Una extraña y singular haz de luz de procedencia desconocida, aún le irradiaba hacia el rostro.

– Ya falta poco –

Se oyó un leve susurro desde la naturaleza, de voz dulce y femenina.

– Lo sé… Como si fuese parte de mi vida. Sé lo que demoraré, incluso, en superar las millas marítimas –

Replicó Daju a la nada misma, y el caballo volvió a relinchar.

Con el cruce el sendero comenzó a sumergirse, retomando su estado previo. El caballero llegaba a las Sierras, mientras el agua se agitaba a su espalda y la arena se escurría de forma gradual.

Al abrir los ojos, por vez última, él divisó la reluciente figura de una dama a orillas de las tierras de los Elfos. Portaba una delicada túnica blanca, que por poco transparentaba su pálida piel y su larga cabellera de tono similar se deslizaba hacia un lado con soltura. A los lados de sus ojos, de iris celestiales, se soltaban trenzas hasta la altura de sus desnudos hombros.

– Daju –

Murmuró ella con una sonrisa. Y aunque él no la oyera, logró leer dichas palabras a través de la comisura de sus labios.

Extrañamente él sentía alegría, al llegar a su hogar.
El corcel avanzó hacia donde las costas no llegaban y, de repente, el Elfo alertó algo entre la marea. Su mirada se detuvo en una bandera que se hundía entre las olas. Se trataba del escudo representativo de una legión que conocía bien.

Repentinamente recordó los momentos más trágicos y aberrantes que su consciencia resguardaba. 

La victoria agria ante el Reino de Lind.
Entre sangre y llamas, ante miradas triunfantes de asesinos,
ante Mich con la mirada perdida y su rostro cabizbajo… 

– ¿Por qué no desobedecimos esta funesta campaña? –

Susurraba Mich desde el pasado.

Y Daju, sin palabra alguna, divisó a un hombre oculto:

Aquél que yacía entre la penumbra de la gran Sala, 
aquél que le miraba sin verle… 
Con esos ojos incoloros y la piel entre pálida y grisácea… 
Aquél que sembraba un aura que contenía rabia, 
desazón y pena ante lo perpetuado. 
Aquél que no caminaba más que porque los pasos le llevaban,
hacia algún sitio incierto y hacia el martirio de su existencia…

– ¡Por qué no desobedecimos las órdenes! –

– Él ha muerto de tristeza… Y su piel se ha adaptado al sentimiento –

El elfo comprendía esa mirada, comprendía como ese hombre se sentía….
Sabía que la palabra exacta no era justamente tristeza..
Y tras voltear la mirada notó aquella mirada ausente retirarse con la brisa de los muertos.  Y allí avizoró, a su espalda, al animado Rey Arlont con su sable bañado en sangre noble.

– ¡Hemos vencido, hemos triunfado! ¡Lind ha caído! –

– No es mas que el comienzo –

Murmuró una voz siniestra…

Y despertando de la memoria, el centinela se balanceaba sobre su caballo. Tras perder el equilibrio se derrumbó sobre la arena y mientras perdía la consciencia divisó la bandera de Lind, que procedía de las Penurias Sangrientas.

– ¡Daju! –

Exclamó Cyprine con preocupación y corrió para asistirle.

Momentos más tarde se hallaba en un lecho, al aire libre.
Una cascada descendía pacíficamente, formando un trecho de agua dulce que transcurría alrededor de uno de los monumentos naturales más bellos de Daghol. Ante el canto de las aves y las miradas indiscretas de los expectantes, distinguidos por su hermosura ante la abundante vegetación y los árboles de tan renombrado linaje.

A penas pestañeó cuando sintió que la brisa acariciaba su piel. Las finas manos de la Elfa desligaban su liviano peto y el sol candente le cegaba, por momentos, pero la melena de ella sobrevolaba con suavidad y le permitía ver a trasluz. Ella y su armoniosa mirada que le inspiraba paz.
Un paño húmedo se posaba sobre su frente, mientras otro se arrastraba con suma lentitud por su pecho.

– Te has sobre exigido muchacho –

Exclamó una voz desde la distancia.

Aún inconsciente él asentía y Cyprine le miró sorprendida.

– ¿Espíritus Daju? –

– El Gran Mariscal –

Replicó él y el silencio le invadió. La luz del día le cegó de forma instantánea y las miradas de los presentes se cerraron.
Solo se oía la brisa tenue y la aguda melodía del agua recorriendo la cascada.

– ¿Cyprine? –

Murmuró Daju, e intentando recuperar la visión se levantó y los paños húmedos se soltaron de su cuerpo. Con el tórax descubierto se encaminó hacia el Árbol de la Eternidad.

Todos los Elfos, presentes, se arrodillaron al unísono. Puesto que Daju caminaba dormido hacia el monumento de la vida y el esplendor.

A sus ojos se hallaba solo, y el resplandor del Gran Mariscal, junto al grueso tronco del gigantesco arbusto, le aguardó mientras avanzaba.

– ¿Que te aflige tanto Daju? –

– He fallado a los principios del linaje –

A miradas del resto el centinela se arrodillaba ante el monumento. Cyprine pretendía despertarlo, pero uno de los presentes la detuvo.

– Si ha hallado un lazo con el Mariscal, será mejor no interrumpir –

– Pero… –

– Lo sé querida. Confía… El despertará –

Ella ocultó sus labios con los dedos, temiendo lo peor.

Aunque los Elfos poseyeran una extensa longevidad, soñar despiertos o hallarse conversando con ancestros, e incluso arrodillarse ante el enorme arbusto era un simbolismo hacia el último a la muerte.

– Aún es joven –

Replicó ella, como si la juventud fuese un alivio, lejano a la mortandad.

– Ten fe, quizás solo sea un mensaje de Reorich 

Y al pronunciar dicho nombre todos suspiraron y se soltaron sobre la naturaleza, sus hombros se destensaron. Fue como si se liberaran de una profunda carga que llevaban sobre sus cuerpos.

Daju veía al sonriente elfo, casi tan bello como le recordara de niño. Y de forma inconsciente sabía que verle, y tan claro como resplandeciente, solo tenía un significado.

– Mariscal Reorich –
– Has llegado temprano muchacho. Aún queda mucho por hacer –
– Lo se… Es que los principios… –

El Elfo le estiró la mano y, desde su sitio, Daju alzó los dedos. El espacio y tiempo se movilizó a un ambiente más próximo donde sus manos se unificaban y Reorich posaba su extremidad en las raíces del árbol.

– ¿Lo sientes Daju? –

Un luminoso resplandor comenzó a manar de sus cuerpos. Era tal, que sus rasgos se desvanecían y sus pieles se asimilaban a una estrella solar.

– L… Lo siento –
– Lo sé hijo. Los principios existen para guiarles. Pero eres tú quien debe abrazar la esencia de ellos y actuar como sientas propio y natural. Eres tú quien afronta la realidad Daju –

Una lágrima se arrastró desde un ojo y los presentes sospechaban el final del encuentro espiritual.

– Nunca abandones la causa que tu alma justifique necesaria. Algún día deberás ocupar mi sitio, y éste es el momento de aprender sobre tu propia experiencia –

El Elfo abrió los ojos y todo volvió a la normalidad…

Antes que la esbelta Cyprine mediara palabra alguna con el centinela, la mirada se le había perdido hacia el horizonte. El trayecto de su mirada era inequívoco…

Se dirigía hacia las Penurias Sangrientas.

– Da… Daju –

El Elfo retornó a su lecho y, antes que la dama pudiese comprender, ya vestía su peto mientras calzaba sus botas. Su mirada era fija, hacia el destino y el caballo llegó de pronto, por sí solo. Era como si ambos estuvieran conectados hacia el porvenir.

Cyprine intentó detenerle, pero era demasiado tarde. Algún propósito superior incidía entre ellos.

Tras montar su corcel blanco, el jinete regresó hacia el mar.

– Ten cuidado por favor –

Exclamó ella.

– Lo tendré –

Replicó Daju, y una leve sonrisa escapó de su seriedad. Poco duró, puesto que la melena no demoró en cubrirle los ojos.

El caballo relinchó de manera salvaje y, al marcharse, un pequeño buque de Elfos se interpuso entre su osadía y el horizonte azul.

– Gracias Reorich –

¿Habría llegado esa embarcación gracias al espíritu ancestral?
¿Que habría decidido Daju, tras el breve diálogo con Reorich, el Gran Mariscal?