“…El memorable y juvenil héroe regresa como un legendario hombre…”

El Discurso del General Ed.

 

La carrera era agotadora. Los murales con profundos grabados formaban un recorrido inestable de lectura, como si fueran un enorme libro de bastas hojas fósiles.
Azgal había alcanzado mayor firmeza sobre el suelo y mas resistencia que durante su juventud. Ágil se movilizaba desde distancias desconocidas.

Durante mucho tiempo había sobrevivido, se valía por si mismo ante los cambios climáticos y las peligrosas amenazas. Había soportado el veneno en su alma tras la muerte de Tobías y otros seres queridos. Superando las penurias despertaba con un estado físico mas lustroso, mayor estatura y suficiente confianza como para recorrer todo el laberinto sin, siquiera, descansar.

Había aprendido que el mensaje del anciano, tras llegar a las Estepas Ardientes, significaba que solo hallaría la gloria si protegía a los suyos. Y aunque tenía claro que les había ubicado en un valle fértil, temía que el rugido de la noche pasada adelantara su suerte. El amanecer comenzaba a encender la luminosidad de los campos de arena, cuando con la transparencia de las sombras se logró percibir a un extraño encapuchado detrás de él. Dicho hombre parecía seguir sus pasos desde largo tiempo y llevaba consigo un extenso báculo de roble.

Aún faltaba por recorrer hasta la civilización del Reino Azgal, sin embargo el ataque estaba por iniciar tal como el héroe vaticinara.
Los guardias habían sido advertidos sobre el mensaje de Valros y colmaban los alrededores del puesto de control, sumidos al temor de enfrentar a la bestia que se recordaba en las leyendas.

Eddy, Valros, Nube y el Rey planeaban una estrategia contemplando el mapa del laberinto, de los datos que los exploradores habían logrado reunir, sobre un tronco en el Parlamento.
Fuera, los habitantes y niños provocaban un escándalo ante la incertidumbre. Los reclutas intentaban afligir sus miedo, pero era inevitable los rugidos se oían en consonancia a la medianoche.

El sudor del Líder resplandecía en su frente.

– La posición donde erigimos la civilización, este valle, es una bendición respecto a su fertilidad. Pero en términos de guerra nos ha truncado toda vía de escape –

Exclamaba Ed mientras sus dedos contenían el área en el mapa ilustrado.

– ¿De dónde provienen los torrentes? –

Pregunto, de pronto, el padre de Nube. Mientras ella ocultaba los labios con sus manos.

– La última examinación… –
– ¡Silencio! No hablo contigo –

Replicó el Rey con frialdad ante el intento de explicación por parte de Valros.

– Padre… –
– No aceptaré opinión de un traidor. Solo has sobrevivido y permaneces aquí por este buen caballero. Además del recuerdo intachable de nuestro héroe. Prosigue Eddy –

– Viejo General, como Valros decía, la última investigación de uno de los torrentes produjo la clausura del mismo y la muerte de sus exploradores. Si insistimos, perderemos nuestro vital suministro –

El hombre se encaminó entre largos pasos al tiempo que refregaba la palma de su mano sobre la frente.

– Numerosas familias aguardan allí fuera una solución. No puedo pedirles que esperen una muerte segura –
– Tenemos un informe de última hora, que quizás nos ubique en un sitio de esperanza –

Rompió el hielo Valros, ante la sorpresa de los presentes. El Líder pretendía llamar a los guardias para retirarlo de la tienda, pero tras suspirar aceptó la moción.

– Prosigue –
– Nuestro artesano de guerra, el Herrero Rod, tiene algo que ofrecernos –
– Darle lugar. A prisa el tiempo se nos agota –

Las lonas se abrieron de par en par y un delgado caballero con ligera armadura se hizo presente. Mas joven que el resto, portaba dos cuchillos en fundas cruzadas además de un delicado arco y flecha adosados en su espalda.

– Buenos días mi Rey, mi Lady, caballeros –
– Olvida las formalidades, cada segundo apremia –

Sostuvo Ed y con respeto el muchacho asintió.

– Podemos presentar un arma como última voluntad del Reino –
– ¿Última? –

Gritó el Líder enfurecido.

– Padre tranquilízate –

Nube abrazó al consternado hombre e hizo una seña a Ed, el General, para que prosigan con los planes.

– Vamos afuera –

Ambos se marcharon del Parlamento y el plan se pudo retomar con tranquilidad. Rod inspiró y tras colocar un instrumento artesanal sobre el mapa exhaló.

– ¿De qué se trata Rod? –
– Pensé que por las historias contadas respecto al peligro inminente, una solución sería el ataque a distancia –
– No creo que los arcos sean efectivos –

Replicó Ed tratando de entender la maqueta de madera.

– ¿Qué les parece una Balista de asedio? –
– Es imposible. Nunca podríamos armarla a tiempo –

Finalizaba Valros, pero el investigador se rascaba la cabeza y Ed no le quitaba los ojos de encima.

– Quizás haya construido una de prueba con mis súbditos en la forja –
– ¿Has consumido productos sin aprobación del Rey? –
– Err,,, Temía que una gran bonificación sobre este valle conllevará a un próximo desastre y preferí tomar cartas en el asunto –

Valros palmeó la hombrera del herrero, súbitamente.

– ¡Quizás nos salves este día Rod! –

Los tres se preparaban para comandar las tropas, cuando un fuerte rugido les retuvo.

– Tenemos un problema –
– ¿Quién detendrá a la criatura para apuntar el arma de asedio? –

Los tres permanecían viendo la superficie y sus pies sobre ella.

– Yo lo haré –

Exclamó Valros alzando el mentón.

– Pero tu… Será mejor que yo lo haga –
– No Ed. El Rey confía en ti, eres nuestro General y necesitamos a Red en la puntería. Yo lo haré –

Los tres pesaron sus manos una sobre otra, y empujando la lona salieron hacia el campamento. Los aldeanos corrían por doquier portando provisiones.

– ¡Valros! –

Gritó Ed, mientras Rod le empujaba por detrás. El hombre se volteó lentamente. Tras su perfil se advertía el puesto de mando.

– No mueras amigo –

Él asintió y girándose tomó carrera hacia la torre de control.

Los aldeanos se arrodillaban entre los torrentes de agua y formaban barricadas con sus provisiones. En el interior, Nube acobijaba a un hombre y le mantenía oculto ante miradas indiscretas.

– Esto es un error Nube.. Lo sospecharán –
– Haz silencio Padre, nadie te ha visto –
– Ya no me temerán… –
– No necesitan hacerlo. Tus guerreros nos protegerán. Han crecido fuertes, gracias a ti –
– E.. Eso espero –

Ed se presentó y al instante todos los guardias se movilizaron, al tiempo que Rod buscaba a sus discípulos.

– ¡Guerreros! Marchamos al frente –
– Muchachos, es el momento –

Los guardias y jóvenes reclutas avanzaron en torno a Ed, mientras que dos niños se acercaban a Rod.

– Hoy nos hallamos en una difícil decisión en nuestras vidas. Hemos encontrado la salvación en este valle y debemos protegerlo con nuestras almas –

Exclamaba el General ante la sorpresa de todos.
Rod desmanteló una enorme cortina de cuero que ocultaba su artesanía. Y ante sus pesadas dimensiones los niños y él no poseían la fuerza suficiente, para movilizar la misma sobre la arena.

– Hace años esa criatura huyó ante la osadía de nuestro Héroe. ¡Demostremos que, nosotros también, poseemos las suficientes agallas para protegernos! –

– ¡AZGAL! ¡AZGAL! ¡AZGAL! –

Se oía decir a los niños ocultos y ante los eventos se alzaron para ofrecer su fuerza en el movimiento de la balista.

– ¿Qué es todo ese alboroto? –

Murmuró el Rey escondido, al tiempo que nube lagrimeaba.

– Azgal… –

Ed proseguía con su discurso, mientras algunos de los campesinos se presentaron con hachas y rastrillos.

– ¡Vamos todos Azgaleanos! Protegeremos nuestro reino. ¡Unamos nuestras fuerzas contra el mal! –

– ¡A LA CARGA!! –

Hombres y guardias corrían al frente, liderados por el General Ed, mientras el resto lograba empujar la balista a base de forcejeo y detenerla apuntando al puesto de mando.

Valros sonrió hacia el espectáculo y al voltear la mirada al frente alertó el enorme felino oscurecer al mismísimo sol, ante un inadvertido salto.

– Azgal.. Espero notes esta señal –

A pocos kilómetros el hombre de las leyendas recorría los laberintos mientras sus brazaletes tintineaban con soltura.
De pronto el día se oscureció y su mirada se detuvo en la figura que ocultaba a la estrella flamante. Sus dedos abrazaron con firmeza la jabalina, mientras el sudor se arrastraba por su piel.

Fuera de sí, avanzó al frente mientras la delgada línea morada se regeneraba sobre las arenas y comprendía que el sol ya estaba libre. La guerra en el valle había iniciado y creía oír los distantes alaridos.

¿Sucumbiría el Reino Azgal antes de su llegada? ¿Lograría Rod y su balista acertar el crucial disparo?