“…Tomaré lo que es mío, y dejaré un indicio sobre mi llegada. Una muerte…”

¡Bera se halla en peligro!

 

Una decisión sin precedentes estaba a punto de gestarse.

Zarek había conocido a Relthas, finalmente. El tormento que había destruido a su civilización.
Rofindir le demostró que sin su reliquia no podría enfrentarle. El Nórdico pensó en sus hombreras de adamantio, y en ese momento recordó quién le había intentado curar.

Se trataba de Bera…

Delante de su rostro se hallaba su hermano, Semnurd. El centinela que decía ser súbdito de Daju.

Tras salvar a Ellis, se encontró con una difícil resolución.

Y mientras el tiempo se tornaba apremiante, en tal delicada situación, Bera no se hallaba sola.

Recostada en su lecho, divisaba el movimiento de la capa de zafiros. La que, resplandeciente, hondeaba ante el fulgor solar. Las lágrimas se cernían por sobre su afinado rostro.

– Othar, querido mío –

Y ante el desconcierto en la incesante tormenta de nieve, sobre el tejado aguardaba el pistolero. A paso lento, sin provocar ruidos innecesarios, caminaba de un lado a otro mientras revólveres giraban en torno a sus dedos. Con tal destreza y agilidad, que los mismos no se soltaban de su piel.

– No solo eres lento… También eres t onto –

Murmuró con voz afónica y su sombrero se inclinó ante la ventisca. Aunque su rostro no se notara por la penumbra, se vaticinaba su mirada indiscreta hacia el bosque.

El horizonte se encontraba deshecho en las inmediaciones del bosque, y la visión llevaba a una colina, que a esa distancia era indescifrable.
Tras aquella cima, las lonas de las tiendas levitaban sin descanso y una figura sombría, de grandes dimensiones, se desvanecía hacia lo desconocido.

En uno de los tantos puestos Semnurd apuntaba su arco y flecha a Zarek, quién se hallaba desarmado.

– ¿Por qué lo haces Sem? –

Exclamaba Ellis angustiada y un recuerdo de su hermana invadía las intenciones del centinela.

– No falles muchacho, dispara –
– ¡Calla! Othar ha muerto por tu culpa. Es lo menos que debo hacer –
– ¿Quién es Othar? –

Se refirió la joven y al instante el guerrero replicó:

– Cuando decidas hacerlo… Ve a por tu hermana, debes salvarla –
– ¡Tsk! ¡Silencio! –

El Nórdico cerró sus ojos y tras suspirar dejó caer sus rodillas contra la superficie. Aguardaba con el mentó alto y el rostro de forma natural.

– M… Maldición –

El cordel se estiraba ante el vigor y el sudor se arrastraba por sus manos. Sem rechinaba los dientes sumido por la ira.

– ¡Hazlo chico! –

Gritó el Nórdico ante la constante y helada brisa. Ellis negaba de forma compulsiva y furioso el joven soltó el proyectil.

– ¡OTHAAAAR!! –

Exclamó, fuera de sí, y un zumbido resonó hacia el frente.

– Zarek, no… –

Oyó el Nórdico entre las gélidas ventiscas, cuando de repente un estallido hizo eco en la distancia. Los ojos del guerrero se abrieron al instante y su mirada le obligó a advertir hacia la colina.
Por instinto sus manos bloquearon el impacto de la flecha y, tras levantarse, corrió hacia sus hachas.

– ¡Detente! –

Recargando una a otra flecha, desde su carcaj, Sem profirió mayor cantidad de lanzamientos. Con notable agilidad el guerrero esquivó los ataques punzantes, e incluso alzó las mandobles de sus hachas y bloqueó un impacto certero.

– ¿P… Por qué lo haces Sem? –
– ¡Vamos Ellis! No puedo perderle –
– Pero.. –

Tras tomarla de su mano, la dama era empujada a correr por el muchacho. La venganza le instigaba una fuerza interior, que ni siquiera la tormenta invernal lograba detenerle.

Pero Zarek poseía mayor experiencia en los recorridos y en climas tan terribles como ese. Ellis no suponía otra cosa, más que una carga para Sem.
Tras tironear en numerosas ocasiones, el muchacho perdió el impulso y finalmente cedió. Las lágrimas empezaron a esparcirse de forma acaudalada por su semblante.

– O… Othar… L… Lo lamento –

Ellis le abrazó por la espalda y el arco se soltó de las manos del joven. Solo se oían suspiros por el esfuerzo y el irresistible dolor contenido, emergiendo en un incesante llanto.

Los pompones de nieve descendían sin descanso y, a paso veloz pero forzado, el Nórdico avanzaba a su destino.
Ya no pretendía morir…
No, sin antes vencer al forajido.

De pronto el tejado era agujereado constantemente por las armas de fuego. Bera saltó de su lecho y gritaba sin consuelo. Ni el viento era propicio para conseguir una mayor audición que los disparos.
El techo de madera se hacía añicos tras el paso del tiempo, y el temor de la dama parecía producir euforia en el pistolero. Éste, a carcajadas, contemplaba el horizonte a medida que efectuaba la atrocidad.

Tras decenas de descargas llegó una pausa y, con ella, recargó haciendo sutiles crujidos.

¡CRICK! ¡CRICK! 

De pronto la cubierta se derrumbó por completo y el siniestro hombre se desprendió hasta posar sus botas en la litrera.
Girando un revólver en torno a su dedo índice, lo detuvo al frente y apuntó a Bera.

-Allí estas… –

Exclamó con voz ronca y al término divisó, sobre una mesada, la capa.

– Los otros te abandonaron con un anzuelo –
– ¿Q… Qué? ¿De qué hablas? –

Saltando desde la cama, el forajido asestó una patada en las sillas que obstaculizaban su paso y las destrozó. Sin embargo nunca dejó de apuntar a la rubia melena, delante de sus ojos.
La dama se recluyó en una esquina con temor y al estirar sus manos halló una hombrera de Zarek. Othar le habría pedido que las conservara allí después de capturar al Nórdico.

– Toma lo que desees y márchate –
– ¿Lo que desee? –

Asintió ella intentando calmar su agitada respiración.

Rápidamente el pistolero enfundó una de sus armas y su mano enguantada se detuvo en la capa de gemas.

– Por supuesto… Tomaré lo que es mío y… –

Ella avizoró como posaba el manto a su espalda y el sombrero le daba una imagen tétrica. De pronto su mano, libre, tomó el arma de fuego, que escondía en su cinturón y apuntó ante los ojos de la dama.

– Tomaré también una vida por el trabajo, de recuperar lo mío –
– Y.. Yo le dejé pasar el día pasado y usted… ¡Se lo suplico! –

– ¡BERA! –

Se oyó, de repente, en las inmediaciones del bosque. El forajido se entornó hacia una ventana.

A pasos de la cabaña se encontraba el Nórdico, sus hachas, a simple vista, parecían ser parte de sus extremidades.

– Finalmente, la tortuga ha llegado a la desesperación –

Nuevamente los retadores se hallaban enfrentados. ¿Quién conseguirá la victoria en esta ocasión?