“…Del más allá provenían y del más allá regresaban, como todo lo que va, finalmente regresa…”

Achispadas conversaciones de sake

La llegada del anochecer se avecinaba y un aluvión de galopes se oían en retiro. Siquiera los festivales y griteríos de los bandidos o comerciantes eran suficientes para superar el estridente sonido de la tropilla de demonios. Ésta liderada por el propio Jor’Mont, el Sheriff Dean y su hijo Jarriet, además de otros jinetes. Sobre el final de la escolta, una caravana cargaba innumerables explosivos, y era custodiada, en retaguardia, por el temible bandido Stev, quién tras escupir hacia la tierra, emprendía la marcha.

Despampanante, la nueva luna parecía resplandece de entre las tinieblas, y la iluminación de las fogatas que alumbraban a la Colmena de Drill comenzaban a perderse entre la lejanía.
Jarriet avizoraba el cráneo del carnero al ingreso de la aldea y el estéril horizonte se formalizaba delante de sus ojos.
Una sonrisa ante la tenebrosidad parecía dibujarse en el rostro sobrio de Jor’Mont y, a lo lejos, un tiroteo había iniciado en las cercanías al Rigor Lejano.

Si bien algunos huían despavoridos ante la llegada de los Sheriff del Este, Wes’Har pretendía enfrentarles.
De pie, el Fantasma de Runfenir, se encontraba delante de sus jóvenes ojos. El desafío ameritaba y, por fin, podría limpiar los sucios ideales sobre espectros legendarios. A su espalda, aún aguardaba el silbador, Naher. Por poco estiraba las riendas, obligando a su corcel a desviar la mirada.

– No podremos solos los dos, ¡Wes! –
– Esos cabrones –

Murmuró el bandido, tras rechinar los dientes. La espiga se perdía entre la noche y, antes de emprender la retirada, gritó:

– ¿Qué clase de fantasma eres? ¡Te cobijas entre la escoria! –

Erabo siquiera contestó, mucho menos desvió la vista.

– ¡Arre! –

Finalmente, los Demonios de Drill se marcharon ante la atención lunar y filas incalculables se detenían en la colina, junto al siniestro forajido.

– Él está conmigo –

Gritaba, desde lo lejos, Andy BlackHawk.

– Andando –

Replicó uno de los hombres, que apuntaba su escopeta de doble caño al vaquero oscuro.

Tras girar su revólver, todos apuntaron a su cabeza con recelo. Numerosos rifles aguardaban en órbita a su cráneo. Sin embargo, Erabo, enfundó y se marchó hacia el Rigor lejano. Siquiera medió palabra alguna al respecto.

Tan pronto como iban acercándose a las murallas, los portones se entornaron para ofrecer asilo a las tropas y, en el interior de una tienda, Don Canet fue advertido.
Allí se hallaban, el Sherif que informara al gordinflón, que fumaba una pipa y el marinero que contemplaba, con respeto, antiguas ilustraciones encuadradas, sobre la llegada de los busques del más Allá y la conquista de Runfenir.

– ¡Señor Canet! –

Interrumpió un Sherif, ante el recelo del otro, quién se sentía honrado de haber informado algo importante y de compartir la noche con el Jefe de la Aldea.
Un finísimo mayordomo, de tez de color, llegaba desde un apartado pasillo y servía copas de sake sobre una bandeja de bronce.

Tras toser, y alejar un poco la pipa, Don Canet se acomodó sobre la silla, tomó su copa y, sin voltearse, exclamó:

– Informa –

– Las tropas regresan. Han capturado a dos viajeros –
– ¿Viajeros, dices? –

Se giró desde la cabecera de la mesada, mientras acariciaba sus bigotes.

– Los Demonios de Drill les perseguían. Hallamos al corcel sin vida y los bandidos huyeron tras desplegar nuestras fuerzas –
– Muy bien, siéntate, y disfruta –

Tras acercarse a la mesa, recibió una copa con Sake, como si el sirviente hubiese vaticinado el total de visitas, y se disponía a sentarse. Don Canet suspiró ante la mirada de los Sherif y, sorprendido, el marinero recibió una copa.
El mayordomo se retiraba de los aposentos y, de repente, el pescador señaló hacia el mar Este en un atlas que yacía estirado sobre uno de los paredones.

– La hora se avecina –

Exclamaba, mientras el gordinflón saboreaba el sake y, de pronto, observó de reojo al bebedor compulsivo que, de pie, vestía humildes prendas de marinero.

– Eso ha sido un efecto inmediato, muchacho –

Don Canet sonrió, viendo a los Sherif a los lados de la mesa, y todos echaron a reír a carcajadas.

– Se caerá redondo –

Respondió uno, y las risas, reverberantes, se replicaban en el interior del gran salón.

– Caballeros llegarán desde el mar y el oro convertirá las costas en el terror… ¡Ick! –

Proseguía el hombre, quién tras el segundo y largo sorbo posó la copa sobre la punta de la mesada y observó con desdén el mapa.

– Si el oro viene, mejor esperarlo con los brazos abiertos ¿No? –

Refutó el otro.

– Y los almacenes vacíos jejeje –

– Es una metáfora –

Interrumpió, el mayordomo, desde el fondo.

– Apenas sabes escribir, ¿y reconoces eso, muchacho? –

Respondió Don Canet y las risas se tornaron más potentes. Tras ello, el marinero, que se tambaleaba, se desmoronó y sentado cayó sobre el suelo.

– Viriathros… –

Murmuró el sirviente en la penumbra de la sala.

– Incluso reconoces las Leyendas, Egor, eso es admirable. Apuesto que sus fascinantes mentes podrían modernizar este continente en creces, pero no son más que fábulas de abuelos –

– ¡Ellos existían! –
– Si, apuesto por tu indigente talento que existiesen para tu buen agrado –
– Eran cuentos para insertar las esperanzas a nuestras infantiles vidas –

Comentaba uno de los Sheriff.

– Pero los ojos. ¡El ojo era real! –

Gritó, repentinamente, el marinero y todos, ante las incoherencias, lanzaron carcajadas.
Aún así, proseguía en el monótono diálogo y el humor proliferaba.

– El mar les trae… ¡Es una pesadilla! –

– Si… Si… Ya lo creo. Y será mejor que no bebas más –

Don Canet le sustraía la copa sobre la mesada, y el hombre, sin detenimiento, balbuceaba:

– ¿Quiénes serían los viajeros del Oeste? –
– Ick! Un niño y un… ¡Ick! jinete oscuro… –

– El Fantasma… –

Se oyó decir desde el fondo, donde aguardaba el mayordomo. El Jefe de la Aldea se sobresaltó al instante y los Sherif alzaban confundidos el ceño.

Sin más, se irguió y la silla se desparramó sobre el suelo. Se encaminó ansioso hacia el tocador y tras abrir un cajón retiró un papiro. Rápidamente regresó al centro de mesa, a medida estiraba del mismo y los vaqueros quedaron estupefactos.

Don Canet posó el rostro de un enmascarado ilustrado, en la amarillenta lámina y el último llegado se inquietó, al tiempo que relamía sus labios.

– ¿Era él? –

Gritó exasperado el hombre, mientras manoseaba el cartel que deletreaba la palabra “Buscado“.

El vaquero asintió y, desde la penumbra del salón, el mayordomo clamó:

– El Fantasma de Runfenir –

– ¿Aquí? ¿En Rigor lejano? ¡Moveos muchachos! –

– Pero… ¿qué? –

Tras golpear la mesa a puño cerrado, las copas vibraron sobre la superficie y el hombre tomó la ilustración. Dirigiéndose hacia la puerta tomó su sombrero del porta abrigos y se esfumó. Los hombres, pálidos, degustaron el último sorbo y le siguieron camino.

– El ojo era enorme –

Proseguía el pescador y el mayordomo le observó con detenimiento. Por poco dejaba escapar una risa, pero se dispuso a ordenar.

Don Canet avanzaba resuelto ante la mirada de todos, y los Sherif, que provenían de su hogar, tuvieron que acelerar la marcha para alcanzarle.

Al ingreso de Rigor Lejano se oía el denso murmullo de los expectantes. Andy se disculpaba con su salvador y Helen ya no era el punto de atención de las doncellas. Ahora todos chismoseaban sobre la figura paterna de aquél siniestro vaquero, el que portaba una capa reluciente y una negruzca máscara.

– El caballo –

Se lamentaba el chico, y el silencioso forajido contemplaba la rigurosa Aldea, desde la distancia.

De pronto sus ojos advirtieron como un sendero se abría paso entre el tumulto de personas. Un gordinflón vaquero se avecinaba y, tan pronto alzó la mirada, los vaqueros, con rifles, sobresalían de las ventanas del Salón, y el Puesto de Armas.
Por encima de la muralla, otros Sheriff apuntaban, y los guardias cercanos deslizaban los dedos sobre sus revólveres enfundados.

– ¿Q… Qué sucede? –

Exclamó Andy, al notar el cambio en el ambiente.

– Aquí no soy bienvenido –

Susurró Erabo y, demasiado tarde, los Sherif se ubicaban en puntos estratégicos, mientras Don Canet se adelantaba.

¿Qué sucederá ahora que el Rigor Lejano también parece ser una amenaza para los viajantes? ¿Conseguirán salir ilesos?