Capítulo 1 – Una Vieja Colt del Fantasma de Runfenir

por | Jun 27, 2019 | Quinta Crónica: El Mercenario de las Tierras Perdidas de Runfenir (After)

“…Señuelos se servían en el paraíso árido…”

Un Viejo Colt del Fantasma de Runfenir

Runfenir perduraba ante la colosal presencia del sol. Las leves brisas empujaban plantas rodantes en el infinito paisaje de maleza, de diversidad de cactus y de alguna silueta animal en el horizonte.
Ni un alma se hallaba presente en la confinidad de matorrales, arena, roca y de reservada naturaleza.

Tan pronto se aproximaban unos pasos, dispuestos a profundizar huellas. Repetitivos y replicantes hostigaban el silencio dispuesto. Además un corcel relinchaba en el trasfondo, mientras otro se avecinaba con tenue galope.

– ¿Qué es lo que haces? –

Clamaba, de pronto, una voz femenina de timbre sensual y abundante seseo.

Sin siquiera recibir respuesta ante la interrogante, una bota de cuero se deslizaba llanamente por la zona. Por fin la sombría figura oscurecía el área y, tras alejar el calzado, un reflejo estridente abrumaba toda perspectiva.

– ¿Qué es lo que tienes? –

Añadía la dama más tarde. Y se oía su soltura desde la montura del corcel.

Con el denso resonar de la mansa dentadura mascando trozos de pastizales, llegaban pasos que se aproximaban y se constataba una colina cubierta de cactus. Marañas se encontraban dispuestas como si buscaran obstaculizar las ráfagas solares. Asimismo, se podía discernir una abandonada capilla en la distancia.

Un suspiro desenterraba el misterioso objeto y el resplandor parecía amplificarse ante el brillo de una anticuada colt…

– ¿Y bien? ¿Andy? –

Los dedos enguantados tomaban un gunblade de hierro que aguardaba junto a su pie.

– Lo sé…. Lo sé… Regresarías a mi, tarde o temprano –

Y con el alcance sutil de la presencia solar, se personificaba su porte. El mercenario de las lejanas tierras de Runfenir tomaba aquél anticuado objeto que sobrevivía durante más de veinte años encima del desierto.

– ¿Qué es? –

Apenas alzaba el rifle de mano, que portaba el filo de una cuchilla en el cañón, y suspiró nuevamente ante el azotador calor, cuya temperatura podía incinerar los baldíos campos de Runfenir.

– Solía ser uno de los gunblade del Fantasma de Runfenir –

– ¿Ese jinete sombrío que llegó a Colmena de Drill cuando éramos… –

– Así es… Sólo éramos inocentes pequeñajos. Y ahora somos nosotros quienes portamos suficiente plomo como para fundir el aliento de los mortales –

– Casi me recuerdas a mi padre –

Antes de culminar aquella frase, el muchacho acercaba los dedos a los labios para solicitar silencio y se encaminaba de regreso a su corcel.

Por su parte, la dama reía con picardía y luego de voltearse, chistó a su caballo.

Pasando los cinco minutos, se hallaban cabalgando hacia el Este. Entre los rastros uniformes de la vegetación, descendía un rosado pañuelo que se soltaba desde el imponente cuerpo de la mujer.

Y allí, ante la amplia cantidad de maleza, cuatro bandidos contemplaban la travesía. Tras soltar el sudor y arrojar un salivazo al suelo uno de ellos clamó:

– ¡Qué mujer! –

Cubiertos de pastizales, en el desértico paisaje, sus miradas ostentaban suma atención en los jinetes que a poco desaparecían en el horizonte.

Entre los cuatro, uno avanzaba, a medida que silbaba. Con el resonar de sus pasos sobre la hierba, los otros se sorprendieron al alertar como el compañero alzaba un pañuelo de seda. Y a penas se podía oír el distante galope hacia el crepúsculo.

– Nombró a un padre –

– Nombrar… ¡Ya quisieras dispararle a los sesos y secuestrar semejante hermosura! –

Dialogaban dos, mientras uno se reía y el bandido silbador murmuraba, de repente:

– Apuesto que su padre era Jor’Mont Deathtrick –

El asombro calaba sobre el resto y, anudando el pañuelo entre los dedos, el bandido se retiró pitando.

– ¿Qué has dicho Naher? ¡Imposible! –

A caminata se retiraban los cuatro hacia el Sureste en busca de sus corceles. Estos, libres se devoraban el lienzo verdoso del terreno y mientras dos reían a carcajadas, los otros apresuraban la marcha.

– ¡Naher! ¡Regresa aquí! –

Sin cautela, las áridas ventiscas soplaban en el paisaje y, por primera vez en tantas, los Demonios de Drill no cruzaban disparos de plomo contra Andy BlackHawk.

Suficiente era el tiempo que hacía desde la última batalla en Rigor Lejano. El antiguo asalto de proyectiles y sangre había culminado en un empate, tras la llegada de una novedosa raza. El combate había sido interrumpido por la barcaza de los Viriathros que llegaba desde el Más Allá. Luego de trazar una bifurcación entre los oponentes, generó una evidente modificación en las generaciones.

Los Demonios de Drill, liderados por el sádico Wes’Har habían huido y los Sheriff a cargo de Don Canet habían logrado asistir a los nuevos seres. Una diligente evolución se gestaba en el Rigor Lejano.

Si bien Wes controlaba ciertos pozos de agua, no faltaría mucho hasta que Don Canet recuperara el entero territorio. Y míseros asaltos de recursos gestionaban una nueva lista de buscados en las tabernas, bares y salones de la aldea. Entre tantos perfiles se hallaba Wes’Har el sádico, Naher y Hasen, el comadrón.
Y aunque los comadrones solían distanciarse de ciertas delincuencias, luego de que Jor’Mont dinamitara el pasaje hacia el pozo de agua del Oeste, los comadrones optaron por abrirse paso en Runfenir.

Diversas acciones por pícaros y bandidos amenazaban el orden del Rigor Lejano. Por ello, los Viriathros optaron por construir una red férrea con un transporte que se movilizaba a partir del consumo de carbón. Los tránsitos suponían extraer recursos en menor cantidad de tiempo, pero los caminos aún no llegaban a las aldeas más lejanas.
También, buscando liberar a los aldeanos de ciertos trabajos de fuerza, los Viriathros construyeron cyb-obreros. Máquinas humanoides, cuya fuente de energía era un secreto del Líder. No obstante, los bandidos solían arruinar los planes y por ello Don Canet solía enviar Sheriffs para controlar la situación.

Andy BlackHawk y Helen Dietrick eran parte del Rigor Lejano, vivían allí y, ciertamente, en toda Runfenir. Puesto que como mercenarios solían partir a diferentes campañas para proteger a los cyb-obreros.  Asimismo, y en recuerdo a Érabo, el viejo Fantasma de Runfenir, Andy solía visitar Alfarón para abastecer a los alfareros.
Ante la mente superior de Rav’Thos, el líder de los Viriathros, el armamento y las defensas progresaban raudamente. No obstante, su prioridad era construir un enorme muro contiguo al puerto. Su preocupación eran las defensas hacia el Este y, apenas ostentaba preocupación por el lejano Oeste.
Los mercenarios, que no eran participantes directos de la orden de Sheriffs, también habían recibido una mejoría en el armamento de fuego. El plomo había sido desplazado por el hierro y además contaban con bombas de humo.  
El guardián superior de los Viriathros contaba con el primer rifle de largo alcance. Sin embargo, Rav’Thos le estimaba tanto que le había ofrecido libertad. A diferencia de los Cyb-obreros, el guardián era un androide que contenía el cuerpo de su hijo. Los rumores decían que se hallaba en los humildes territorios de Alfarón.

En dirección al Rigor Lejano, los corceles controlados por Andy y Helen galopaban sin descanso. Y el desierto era tan silencioso como el muchacho. Al igual que su mentor, Andy se había vuelto reservado, aunque en ocasiones dialogara con espíritus.

– Andy… ¿Por qué has recibido el título de Érabo? –

Sonriente, el mercenario volteó la mirada hacia su compañera. Ante las ráfagas solares, se lograba divisar como el semblante del niño había evolucionado sus rasgos hasta convertirse en un muchacho mayor.

– Porque yo soy el nuevo Fantasma de Runfenir –

– ¿Y tú disfrutas de ese título? –

– ¿Cómo no? Si yo nací en el Pasaje Silencioso. –

– No sabía que fueras de allí… –

Tras un leve silencio, la dama se quedó sin palabras y Andy prosiguió el diálogo.

– Lo sé… Lo sé… Apenas me conoce –

Y tan pronto avanzaban, Helen detuvo su corcel. Más tarde él hizo lo mismo, a medida que erguía el ceño. Tras voltearse la notó al borde de la desesperación.

– ¡No es posible! –

Gritó a cuestas y comenzó a revisar todo su equipaje, los cinturones e incluso el ropaje. A poco el temible Fantasma de Runfenir enrojecía al contemplar como Helen revisaba en el interior de su bra.

Repentinamente, ella alzó su colt en dirección al compañero y musitó:

– ¡No te atrevas a mirarme con esos ojos, patán! –
– Pe… Pero… –
– Y pensar que las mozas del Saloon hablaban bien de ti cuando eras pequeño –

Sin más, el muchacho entornó la postura y suspiró, tras tomarse el sombrero para ocultar su mirada.

– No pensarás desnudarte en pleno desierto… ¿Verdad? –
– ¡Claro que no! Pero es que… ¡He perdido mi..! –

Y aunque Helen se explicase, Andy retomaba el silencio. De vez en vez observaba el gunblade de Érabo y, tan pronto cargaba munición, recordó que en sus cinturones contaba con proyectiles de hierro y también de plomo.

– Lo sé… Lo sé… El mentor deberá modernizarse –

– ¡Hey! –

Exclamó ella, interrumpiendo sus solitarios diálogos. Y, tras guardar la colt anticuada en el recado, Andy avizoró a la vaquera a su lado. Llevaba la camisola desabrochada.

– ¡Espabila Andy BlackHawk! –
– Si… Si… –

Tras refunfuñar, la doncella contestó:

– He perdido el pañuelo de mi padre –

– Regresemos entonces –

Clamó él y, aunque estuviese dispuesto a acompañarla, su mirada permanecía en el indiscreto busto.
Sin más, ella acomodó su vestimenta y regresó el paso hacia Alfarón. Detrás le seguía Andy BlackHawk quien, de repente, murmuraba:

– Lo sé… Lo sé… Los Líderes deberán esperar –
– ¿Líderes has dicho? ¿Quién? ¿El gordinflón ese? –

Y Andy reía por lo bajo. Sabía que aunque Helen fuese leal a sus cometidos, aún conservaba la conducta de los Demonios de Drill, como la digna hija de Jor’Mont.

A la distancia, los bandidos liderados por Naher llegaban a Colmena de Drill. Numerosos hombres y mujeres trabajaban el cuero y la pólvora. Aunque de niño, Wes’Har, se quejara por el malgasto de munición con cobardes, ahora aportaba a la disposición de los proyectiles de plomo para todos los reos.
Granujas trabajaban enérgicamente y el mercado negro permanecía estable.

Los Demonios de Drill, que llegaban desde el Oeste, tras liberar los corceles en el establo, paseaban junto a numerosos maleantes por los senderos áridos que separaban el comercio de los Puestos de tiro. En la lejanía, se constataba una formidable barriga de cuero que recubría el tejado de una tienda. A su alrededor, se encontraban diversas fogatas y una extensa tabla de pino cubierta por copas de diferentes tamaños y decoraciones. La mayor parte eran de bronce y plata, probablemente robadas.
Además un caballero suministraba pesados recipientes de hidromiel y más de uno contemplaba con deseo los productos.

– ¡Naher! ¡Naher! ¡Aguarda! –

Silbando llegaba el bandido y escondía la extremidad, que portaba el paño rosado, por detrás de la cintura. Los tres compañeros venían manteniendo cierta distancia. No obstante, uno aceleraba el paso y gimoteaba por lo bajo.

– ¡Naher! ¡Maldita sea! –

Llegando a atrapar la atención de diversos entes, el silbador se detuvo ante el apetitoso arsenal de carnes asadas. Un grupo de sastres apilaban cuero y pelajes a un lado del ingreso a la tienda principal. Cerca andaba el delgado y sonriente anciano que solía repartir las municiones. Su aspecto de famélico le hacía ver como un espectro descalzo, con ropajes oscuros y diversos collares de colmillos.

– ¡Naher, no vayas a decirle nada! –

Al término del constante silbido, Naher se detuvo, tomó su sombrero y, al tiempo que el bandido observaba el pañuelo rosado en su mano, respondió:

– No he oído nada –
– Más te vale –

Y en lo que se replegaban los hombres, Naher se inclinó, tomó una espiga de entre la maleza y marchó hacia el interior de la tienda.

Allí, dentro, en una estoica y circular mesada se hallaba un vaquero en el asiento principal. Parecía yacer dormido, mientras el sombrero le cubría el rostro. Contados hombres se encontraban en torno. Sobre la mesada descansaban algunas colt, cuchillos, municiones, un escudo de hierro, restos de comida en platos de loza y jarrones cubiertos de hidromiel.

Tras un leve silbido, el vaquero agitó su sombrero y se irguió con bravura.

– ¡Naher! ¿Qué noticias me traes, pendejo? –

Y en lo que el nuevo llegado se acercaba a la mesada, los restantes hombres le observaban con recelo. El silbador estiró la mano, entregó la espiga al vaquero y los tres presentes alzaron el ceño. Puesto que parecía que solo Naher había conseguido despertar al sádico Wes’Har… O quizá lo haya logrado su silbido…