“…En las praderas la noche enmudece, siendo solo un delgado vestigio del porvenir…”

Tiempos Remotos.

En las lejanas tierras de Runfenir la noche se avecinaba, mientras una humilde familia se preparaba a superar el silencio natural que parecía permanecer expectante.
Apenas la brisa resoplaba movilizando la siembra en los extensos campos. Se trataba de la única zona fértil y abundante a kilómetros de desierto.
El cielo les contemplaba con el resplandor de las estrellas. El horizonte eran bastas cortinas de oscuridad, que fácilmente individualizarían cualquier acercamiento hostil. Era como un lienzo de umbrías pinturas que profundizaban el paisaje alrededor del padre de la familia.
Aquél hombre, de fatigados rasgos faciales, cargaba una carreta que contenía baldes de madera cubiertos de agua al ras.

Aligerando sus pasos, mientras empujaba con fuerza el principal recurso para la supervivencia, cubierto de sudor, desesperación y agotamiento, se adentraba entre los senderos que intercedían a las hectáreas.
Portaba una camisa de seda, arremangada hasta los codos y pantalones gastados de gabardina. Su rostro poseía más años, de los que realmente ostentaba, su piel era oscura y el cabello negro yacía desordenado. Su calzado a poco no resistía la fuerza que le imponía día tras día.

En aquella cabaña, cercana al Pasaje Silencioso, el alimento se basaba en la abundancia del trigo y ofrecía acceso a uno de los cinco pozos de agua que se hallaban en el árido territorio.

Runfenir era prácticamente inhóspita, algunas aldeas permanecían existentes por el acceso al agua. Algunas con mayores posibilidades, que otras. Y aunque la cabaña de ésta familia se encontrara en un sitio propicio, muchas miradas solían acechar entre los alrededores.

Se trataba del área más solitaria en el continente. Pocos se atrevían a hospedarse a tan corta distancia de la aldea abandonada del Pasaje Silencioso. Misterios y leyendas se labraban y la inmortalizaban como un lugar siniestro.

Pocos transeúntes se atrevía a acercarse a aquel paso. Mucho menos, osaban vivir allí.
Y en los pueblos vecinos, diferentes costumbres y labores nutrían a la civilización con la diversidad de clases sociales.

Aunque se temiese aquél silencioso sitio, el hombre había elegido erigir su familia allí. Su mujer, de piel castaña, melena oscura e iris negros, solía ser muy dedicada a labores que implicaran el uso de afilados cuchillos. Ella pertenecía al pueblo más alejado de la costa, conocido como El Comadrón. Sitio donde habitaban los más ágiles y ambidiestros cuchilleros del Runfenir.

Se desconoce en qué momento ella y el buen hombre unificaron sus corazones, para conformar tan amable familia que a costa de sus vidas sostenían.
Cada día era un arduo inicio para proveer un mejor mañana.
Incansables trabajaban por el futuro y enseñaban a sus tres hijos toda técnica necesaria, para que desde pequeños, y en caso de una amenaza, se valiesen por sí mismos.

– ¡Jalina, Romel! A prisa, la noche se acerca –
– Con ella vienen los fantasmas… –

Respondió con sádico humor el hermano mayor, mientras la pequeña se escondía detrás de su padre.

– Padre, Padre. Protégeme –
– Tranquilos los dos, solo será una noche más del millón –

Ante el camino rocoso y la torpeza del padre, el carromato saltó levemente ante un escombro y, atenta, Jalina, adelantó sus manos para recolectar un sorbo de agua que escapaba desde el interior de los baldes.

Ella sonrió de pronto, mientras el padre controlaba con mayor precisión el transporte.

– Buena atrapada hija. Bebe, antes que escape entre tus dedos –

Y antes de que acabase la frase, la pequeña de delicado vestido y piel polvorienta degustó con agradecimiento la frescura de la misma.

– Yo también quiero –

Gimoteó, Romel, buscando introducir las manos en uno de los baldes. Su padre suspiraba ante el cansancio y la mezcla insaciable de la sed.

– Aún no hijo. Ya habrá para todos. Ve por Andy, ya va siendo hora de cerrar –

El mayor de los pequeños, apenas saboreando unas húmedas gotas, asintió y echó a correr en búsqueda del quinto miembro de la familia.
Llegados a la cabaña, la fría madre cerraba y trababa las puertas y las ventanas, mientras la luz de las llamas, desde el hogar, iluminaban los pasillos de piedra.

– Vamos Jalina, ayúdame –
– Si madre –

Ambas arrojaban cuchillos para mantener rígidos los soportes de las aberturas y, más tarde, la mujer martillaba los mismos cubriendo con ambas manos una maciza roca.

– Ves como mejoras la puntería? –
– ¡Si madre! Pero Andy es más bueno –
– Si él fuese igual de trabajador que ustedes, sería el mejor –

Agregó su padre, refunfuñando al tiempo que ingresaba a la cabaña los pesados baldes que cargaban el agua.

– ¿Dónde ha ido Romel? –
– ¿Eh? –
– ¿Dónde está tu hermano, Jalina? –
– Fue por Andy, madre –
– Bien, esperemos dentro. Mascaremos el pan, por mientras –
– ¡Sí! ¡Tengo apetito! –
– Lo sé, hija mía. Créeme que lo sé –

Y aunque la pequeña entrase, la mujer aguardó a ver por vez última los alrededores. Su cinturón yacía cubierto de finos puñales.

No muy lejos de allí, numerosos hombres se arrastraban bajo la siembra del trigo y alertaban entre la penumbra la dócil figura de la dama. La que se confundía con las paredes de cedro que exhibía la chabola.

– Muévanse, con calma, todos –
– Je je je –

Superando las hectáreas de la siembra, solo la luna resplandecía en la oscuridad presente. Romel comenzaba a caminar por el suelo árido y seco. Como mucho sentía el bramido de ciertos animales y, de no ser que conocía el tramo superado, se sentía sumido en la desolación total.
Oía sus pasos sobre la travesura silenciosa, y en medio de la naturaleza se sorprendió ante el propio ritmo sonoro de su garganta.
Tras un suspiro, no demoró en murmurar:

– ¿Cómo es posible que vengas hasta aquí solo, raro? Se dice que los espíritus conviven en esa Aldea –

Cada noche debía adentrarse, más y más, en las tinieblas porque su hermano pequeño solía jugar y conversar entre la soledad.
El pequeño Andy no estaba tan distante, en aquella ocasión, pero tampoco conversaba. Esto dificultaba el hallazgo por parte de su hermano.

Los pasos del niño mayor se tornaban ciegos. De pronto, se sentía sobre una tenebrosa marea de lo desconocido. La luna, siquiera podía iluminar la superficie. Tan pronto como el miedo calaba en su inconsciente, Romel despertó tras oír relinchar un corcel a la distancia.
Fue tal el pulso auditivo que buscó palpar con la mirada de dónde provenía. Aquél fue el momento en que, girando su cuerpo, contempló la espeluznante apariencia de un jinete sobre el horizonte. Probablemente vendría desde el Rigor Lejano, el último pueblo hacia el Este de Runfenir.
Sostenidamente oyó chillar al animal con soltura y el terror infundió su instinto.
Los desganados pasos, de pronto, se convertían en una carrera frontal hacia la ceguera y lo inexplicable.
Temía llevarse algún árbol por delante, pero deseaba abrazar a su hermano y así iniciar la trayectoria de regreso. Lo añoraba, antes que sus padres le descubriesen el pánico que le producía la noche. Antes, incluso, que oyesen los pulsos constantes replicando en lo profundo de su cuerpo.

Insonoro, creía él, pero ante la ausencia de ruido sentía la vibración pulsar su tórax.

– Lo sé… Lo sé… –

Oyó de pronto, y se resbaló. Aterrado, se revolcaba sobre la tierra y cuando, por fin, logró detenerse se percató que el pequeño hermano estaba delante de su vista.
Sus sucios pantalones de gabardina se hallaban sobre el lodo, el niño observaba fijamente hacia las estrellas.

– Lo sé… Lo sé… –

Repitió, sin vacilar.

– ¡Andy! –

Gritó, exasperado, su hermano.

– ¿A qué le temes tanto? –
– He visto a un jinete, ¡regresemos! –
– Siempre tú, y tus temibles cuentos a la hora de dormir. Pero aquí fuera, Romel, no eres más valiente que yo. ¿Qué diría padre sobre esto? –
– Mejor te callas –

Replicó el mayor, quién tras recuperar el aliento y ponerse de pie sacudió al pequeño desde el hombro.
Andy solo le contemplaba y, sin más, volvió a murmurar al viento:

– Lo sé… Lo sé… Romel tiene miedo. ¡Así es! –
– Cállate… Pareces como un Halcón Negro, esperando cazar una presa aquí, en el vacío de la noche –

– Aquí no hay presas, más que tú y yo. El resto son… –
– ¡Silencio! No me asustas. ¡Muévete! –

Y en menos de un pestañeo, Romel, ya se hallaba de pie. Empujaba a Andy, de regreso a la cabaña. Ahora sí, el camino era lo suficiente claro como para que el muchacho pudiese pisar con seguridad y avanzar como una fiera hacia los campos.

– Espíritus… Mis pasos están contados, y los suyos forman parte de mi alma –

Balbuceó Andy.

A punto de llegar a la distribución del trigo, un estallido resonó delante. Por inercia, Romel, se arrojó hacia los cultivos. Con su peso, obligó al pequeño a caer junto a éste.

– ¿Qué haces? –
– Silencio Andy –

Luego, dos y tres estallidos replicaron en consonancia.

– Hay un tiroteo –

Respondió, de pronto, el hermano mayor.

Alzando la cabeza con lentitud, y de entre el trigo, Andy logró alertar a más de una docena de bandidos efectuar disparos contra la cabaña. Otro grupo se movilizaba en dirección al pozo de agua.

– Padre, Madre… –

Murmuraba, a regañadientes, Romel.

El eco de los agudos disparos sonaba ante los oídos de los jóvenes.

Y fue cuando, repentinamente, se oyó relinchar al corcel, que un jinete se aproximaba al área. Atormentado, el hermano mayor, se ocultaba entre los cereales y Andy, por su parte, se hallaba hipnotizado. Alzaba su rostro, para ver cara a cara, la presencia que llegaba desde la noche.

Tres de los bandidos alertaron la llegada del intruso a la escena. Se proponían disparar… Pero el jinete, que se confundía con la latente oscuridad, efectúo una descarga de su revólver con mayor agilidad y certeza. Los bandidos caían ante su llegada, y cada impacto de los disparos producía tenues torrentes de sangre por doquier.

– ¡El Fantasma de Runfenir! –
– ¡Acribíllenlo muchachos! –

Uno, tras otro, los criminales se volteaban disparando, y con éxito el jinete se impulsó al cielo liberando a su caballo. Una especie de capa parecía ocultar su cuerpo y ante el envión de su impulso, se aproximaba de regreso a la superficie ante la atención de Andy.
Los malhechores le daban por muerto, sin embargo, la luna, detrás de su espalda, le resplandecía. En cuestión de segundos se erguía con una pistola de cada mano.

¿Quién sería el Fantasma de Runfenir? ¿Logrará la familia de Andy, salvarse ante aquel atraco?