“…Solo los mas dignos merecían probar el filo de su hacha…”

El Reacio Nórdico

 

En un nevado pico de la montaña de Jacor una cabaña resiste los suspiros congelados del clima. Solía convivir, en aquél sitio, una gran civilización de guerreros nórdicos. Que como parte de su rutina vital acostumbraban a entregar tributos de caza. Cuanto más tamaño tenía la presa, mayor abundancia alimenticia proveían y por tanto el cazador y sus asistentes obtenían un rango superior en la aldea.

Los objetos hallados y las presas donadas eran como una moneda de cambio para adquirir mas respeto. Sin embargo estos guerreros, hombres y mujeres, crecían desde pequeños con la idea que la muerte en batalla o en un duelo les honraría junto a los Dioses.
Daban por sentado que los tributos eran para todos. Y que desde el cielo, Rofindir el Dios del Descanso les prepararía y distribuiría las porciones para cada uno de los llegados.

El concepto de arribar al manto bordó sobre la larga mesada de los Dioses, les inspiraba a encontrar la muerte en batalla. Puesto que la cena estaba lista y aquellas divinidades les tratarían como iguales.
Por todas estas razones, los guerreros eran valientes y desconocían las ambiciones materiales. Sus armas no eran mas que las herramientas para labrar el puente que les guiaría al festejo.

Un atentado con una abominación había arrancado misteriosamente a todos los habitantes de sus vidas. Solo una cabaña sobrevivió a la invasión y un adulto, Zarek, aún defendía las costumbres raciales.
Al ser el último de su raza, poseía suficiente alimento para perdurar durante toda su vida. Y aunque no guardaba rencor a aquella criatura que le quitara la vida a todos, se cuestionaba porqué él aún perduraba en el mundo.

Es decir que poseer tanta abundancia no le alcanzaba. Aún sentía recelo a Rofindir, él no había solicitado la ausencia de su alma en el mas allá.
En cada nuevo amanecer salía a perseguir a algún animal o bestia y mientras tanto comprobaba sus armas. Fabricar y forjar filos era parte de su entretenimiento.
Además llevaba enfunda dos hachas de mano que pertenecieron al Jefe de la aldea y unas hombreras de adamantino que le habían sido obsequiados por la caza de un mamut.
Algunas de sus hazañas se tallaban en las mandobles de sus armas, e incluso en los gorjales.

De larga melena y barba rojiza, cuerpo ancho y largo, llevaba el cuero de una de las presas como abrigo.

Cada día exploraba distancias incalculables de terreno nevado, para hallar nuevas proezas, y solía colgar la abundancia sobre picas de madera en la intemperie. De esta manera se mantenían frescas.

Aunque vivía bien y elaboraba su propia hidromel. Sus objetivos se encontraban abstractos ante el horizonte.

Durante extensas caminatas envejecía sin conocer a otro sobreviviente ante la invasión y si bien sabía que hallaría su destino cazando a la abominación, desconocía el rumbo que ésta tomara tras la destrucción de la Aldea.

Solía conversar solitariamente con sus herramientas y las muertas criaturas. Creía que era un modo eficaz de entrenar sus cuerdas vocales.
Las presas colgadas eran un incentivo y método de atracción para viajantes, pero también para depredadores.

No existía un día que dejara de cazar, y si bien fabricaba filos excelentes él tenía la creencia que en cada reto debía utilizar lo que la naturaleza le ofreciera. No utilizaría sus armas hasta tanto no hallara a un oponente digno.

Era creativo, valiente y orgulloso. Había derrotado osos con troncos, afiladas ramas y hasta con sus propias manos y dientes.
El peor horario llegaba por la noche, ante las ventiscas invernales, en que se cuestionaba si pasar un nuevo día en aquél desolado sitio o emprender algún rumbo en busca de la extraña criatura. La que hacia años había asesinado a los habitantes.
No existían muchas opciones en aquellas blancas cumbres.

La noche pasó ante las bocanadas de viento que golpeaban en las paredes de la cabaña. Su lecho de cuero no era lo suficiente cómodo y en aquellas horas, en particular, oía extraños ruidos afuera. Normalmente los ignoraba recordando la naturaleza, pero repentinamente espabilaba al sentir un sonido anormal.

Se trataba de un estallido que posteriormente formó un eco hacia los lejanos bosques.

Irremediablemente saltó de entre las mantas. La fogata se veía a través de la ventana. Con sus gastados dedos deslizó la lona de cuerina y su barba relucía ante las llamas.

No logró advertir nada en la distancia, pero presenció el movimiento en la vegetación.

– Parece que algún animal andará con deseos de ser cazado. ¡Disfruta de tu aliento! Mañana iré por ti –

Murmuró solitariamente, para sí mismo, y frotaba sus dedos con la piel de la cortina.
Tras tomar distancia de la ventana se encaminaba hacia su lecho cuando de repente una sombría figura modelaba a través del paisaje, detrás de su espalda.

– Nadie sobrevive cuando intenta ingresar en mi hogar. ¡Inténtalo que Rofindir está pendiente! ¡Atrévete! –

La sombra se escabulló a un lado y paso desapercibida. Al voltearse, el nórdico no vio nada. Al instante lanzó una carcajada y bebió con compulsión la hidromel en un zapato de cuero. Las huellas, espumosas, se arrastraban junto a sus labios.

Después de posar el húmedo calzado, que utilizaba de envase, se dejó caer sobre el lecho. De la fuerza del impacto, por poco se quebraron los pies elevados que lo mantenían rígido y después de suspirar procedía a dormir.

Antes de comenzar a roncar exclamó:

– Si aún sigues allí, este es el momento oportuno para atacar –

Era evidente que no recibiría respuesta alguna sobre ello, y finalmente concilio el sueño.
Al amanecer siguiente la ventisca fría le despertó y rápidamente abrigó su cuerpo para salir de la cabaña. Una vez fuera se desperezaba, cuando se percataba del desalentador paisaje.

La fogata había cesado y el humo formaba una gran nubosidad grisácea. Los tributos yacían entre la nieve y las picas formaban una línea en dirección al bosque.
El viento hacia temblar las paredes de madera. Sorprendido, el guerrero, contempló un momento los agujeros que se habían formado en ellas.  Dichas circunferencias desarmaban el equilibrio de las paredes.

Confundido ingresó al hogar y advirtió que aquellas formas también se encontraban sobre su lecho.

No tardó en percatarse de como las paredes se inclinaban antes la fiereza del viento, y perdiendo la cordura salió a investigar en los alrededores.
Al caminar en la nieve halló un proyectil de metal, tras tomarlo con sus dedos la observó de cerca intentando comprender. También procedió a masticarlo.

– ¿Qué eres tú? –

Murmuraba a la misteriosa circunferencia y de pronto, ante una fuerte ventisca su cabaña se desmoronó. Observó sin palabras.

Entre las maderas, una llevaba un cifrado tallado. Después de alzarla, leyó la inscripción en voz alta mientras enfurecía.

“Nadie sobrevive sin un hogar”

El hombre arrojó aquella tabla al aire y lleno de ira proclamó:

– ¿Quién te has creído? –

El suspiro del viento resoplaba ante el silencio de las respuestas. Rechinando los dientes cargó la bota con hidromel en su cinturón y en una bolsa de cuero introdujo la mayoría de sus armas.
Siguiendo la dirección de las picas, se internó en el bosque donde oyera movimiento durante la noche anterior.

– Tu vienes en mi descanso. Pero yo te despertaré en el tuyo y te arrepentirás de haber hecho eso –

Presionando el proyectil con sus dedos, la soltó sobre la nieve y marchó al frente. Por otra parte sus armas producían agudos sonidos por la colisión entre ellas, a medida avanzaba.

En la distancia una caverna se encontraba oculta ante el frondoso bosque y un sombrío ser aguardaba mientras su capa de seda resplandecía notoriamente, por llevar zafiros delicadamente cocidos en ella. Aquél ser cargaba unas negruzcas armas de fuego.

El grito del nórdico se hizo oír tras su dialogo individual. Con una voz afónica el hombre replicó.

– ¿Descansar? ¿Qué es eso? –

Sin premeditar la situación, el guerrero seguía la pista del desconocido. Aunque sabía que se trataría de una posible emboscada, sentía la incertidumbre y el deseo de hallar un contrincante le esmeraba.

¿Hacia dónde se dirigía Zarek? ¿Quién sería aquél sombrío forajido?