“…Ante la incertidumbre del tiempo, la naturaleza proliferaba entre las sombras…”

El Ritual de Iniciación

Desde hace muchos años el continente de Daghol poseía aldeas distanciadas, donde la humanidad parecía estar extinta.
Apenas se conocía, entre los rumores, sobre el Sagrado Valle del Ritian dónde convivían los monjes que adoraban la espiritualidad. También se solía hablar de los Siniestros Sombras bajo las Colinas del Yahandá, la Aldea Nórdica de Jacor y los Virathros, una aldea que enfrentaría una situación posterior. No era nada más y nada menos que La Gran Inmigración proveniente del nuevo continente.
Pero existía una antigua aldea, casi tan añeja como las dos primeras. Ésta, impregnada en la creencia del misticismo y las artes naturales. Los pocos vivientes allí, aprendían hechizos básicos y rituales defensivos.
Se la conocía como Las Laderas Arcanas de Triviltor y se hallaban al Sur de las que más adelante se descubrirían bajo el nombre de Estepas Ardientes.
Triviltor era un escalonado sendero de altas montañas, cuyas laderas al Este estaban cargadas de piedras preciosas. Bajo el resplandor de la luz Solar la cuesta resplandecía en diversos colores, mientras que del otro lado del camino se hallaba una densa selva. Era tal la vegetación y los sonidos silvestres, que nadie solía internarse en su densa flora.

Así, alguien intentase ingresar en dicho sitio podrían perderse o hallar un mal peor. Los simples rumores catalogaban a ese espacio como peligroso y de lógicas inexplicables.
Se solía decir que allí convivían hadas, duendes y criaturas místicas, pero nadie conocía el sitio lo suficiente como para tallar un mapa y compartirlo.

En algún final de aquél rompecabezas de senderos y arbustos se hallaba una aldea escondida. La que se confundía con la naturaleza y dónde los hombres producían rituales con rocas, cristales, cueros de animales y sangre. Estos se preparaban en áreas espaciosas, sitios que eran previamente ampliados tras la tala de ciertos árboles.

El orden era dirigido por un anciano sabio que vestía el cuero de cientos animales y fumaba de una pipa artesanal.
Sus súbditos, algunos mayores y otros más jóvenes, dedicaban su vida a ciertas labores. Algunos resguardaban, dictaban y supervisaban el misticismo de los más iniciados. Y también se encontraban los cazas recompensas que tenían una íntima relación con los guardianes, solo que éstos se dedicaban a capturar niños para que participen del culto místico. En ciertas ocasiones buscaban seres recién engendrados, tal el caso de Geón.

Se trataba de un niño, probablemente procedente de alguna aldea noble por su perfecto cuerpo y proporciones, a quién el Gran Sabio lo adoraba como al hijo que nunca hubiera tenido. Desde hacía mucho tiempo se creía que él sería el último aprendiz.
Asimismo se desconocía la edad verdadera del sabio, y los místicos más adeptos que le seguían por antigüedad eran tres.
Dos participaban de todos los concilios místicos y eran maestros en el ritual de iniciación, mientras que el tercero yacía alejado de la aldea. Tenía una constante rivalidad con su mentor, puesto que éste les forjaba para mantenerse en secreto y ocultos.

De igual manera, con la llegada de la iniciación de Geón, previo a la comunión del ritual, fue solicitado por el sabio en su altar.
Allí el muchacho se dirigía vistiendo el cuero, común entre todos, de abrigo y una larga caña que contenía figuras talladas que asimilaban a runas.
El mentor degustaba el agua que conservaban en una fuente del altar, y a su espalda se hallaban dos fogatas a cada lado. Al centro y tras su posición algo estaba oculto por frazadas de cuero.

– ¿Me solicitó Gran Maestro? –
Geón…

El muchacho de cabello café, trenzado en la parte trasera, se arrodilló para observar al sabio cara a cara. Éste yacía sentado pero sobre el aire.
Si bien el largo tapado que llevaba no permitía conocer sobre que se apoyaba, era una posición muy típica en él.
Sus ojos se veían con claridad ante la luminosidad de las fogatas, pero solía llevar rastros de sangre en su rostro y, sumado a la oscuridad de la noche, no se divisaba el contorno de su rostro. Era como si portase una máscara.
Geón, por su parte, solo llevaba una runa de sangre en la frente. La misma asimilaba a un pequeño círculo.

El joven asintió dispuesto a oír las palabras del mayor mentor de Triviltor y, tras suspirar, éste cerró los ojos y comenzó:

– Tiempos de cambios se avecinan. La llegada proliferante de hombres a Daghol no traerá un buen porvenir. Y aunque Nozepul y Velnor te lo nieguen… –

– Sus súbditos, Nozepul el Gran Mago y Velnor el Psíquico

El anciano asintió con lentitud y el muchacho posó un puño en su pecho. Admiraba a ambos por igual.

– Desde tiempos ancestrales siempre ha existido uno más entre nosotros, qué aunque no sea digno de ser nombrado por ellos, anticipó el porvenir muy por delante de mi… –

– ¿Un tercer hermano y súbdito? Y ¿se adelantó a usted? ¿Usted que es el Vidente de Triviltor? –

Replicó el muchacho exasperado. Tal era la magnitud de su asombro, como su propio desconocimiento sobre sus propios padres.

El Gran Sabio asintió y, tras humedecer sus manos en la fuente y abrir sus ojos, posó los dedos en la frente del muchacho y el círculo de sangre se borroneaba.
Geón cerró sus ojos y estiró sus manos sobre la hierba, para finalmente guardar silencio.

– Se trataba del mayor de los adeptos, y el más curioso de todos. El futuro será propio como el pasado que hemos superado. No planeó modificarlo… Cada camino que he visionado en mi percepción conlleva al mismo mañana y tampoco enriquecerá lo que hoy haré… –

Una toz ronca resonó de pronto y el muchacho sabía perfectamente que se trataba del viejo sabio. Sin embargo un sonido entre las hierbas, de sigiloso movimiento, le preocupaba. Por entonces, debía guardar silencio y no volver a interrumpir, puesto que se había extralimitado al dirigirse hacia el maestro. La ceguera ante el aumento audible le generaba una incertidumbre latente.

– Sé que todos los que hoy conviven en estas tierras conocen la diferente entre el antiguo y el nuevo reino. Sé que incluso los Elfos… –

Prosiguió el Sabio y, al oír esa última palabra, Geón alzó los párpados. Seguido de ello, un agudo crujido resonó entre los arbustos, como si alguien desenvainara rápidamente un sable.
El muchacho sabía perfectamente que no estaban solos y que en caso de ser amenazados el Gran Sabio detendría cualquier acto inhóspito, pero sentía la necesidad de demostrarle que él sería un místico digno.
Asimismo una de las leyes básicas que había aprendido era a jamás interrumpir la voz natural de su mentor…
Así los mares rivalizaran,
así una tormenta les empujara.
O un incendio les sofocara,
así el propio enemigo les acechara.

El momento de las palabras del mentor superior era canonizado y de profunda concentración. Pero existía una sola cosa que exasperaba al muchacho, algo que creía haber anticipado en ese momento justo. Algo que Velnor le había enseñado en el principio del misticismo.

Solo existe un don superior a la videncia, que fácilmente podría interrumpir el momento de un discurso sacro.
Un Don que no es bien conocido por los perfeccionistas del mismo, puesto que pierde honor el hecho de atacar a sus enemigos en una situación de debilidad. Pero sus acciones son tan desconocidas como sus impulsos, sus presencias, sus intenciones y por supuesto… sus capacidades para descontrolar la lógica del porvenir.

Tales palabras nunca le había dejado claro a que acaecieran. Sin embargo ahora entendía que solo tendría tal privilegio los seres que no se hicieran conocer fácilmente. Aquellos que solo se moviesen bajo la luz tenue de la luna, aquellos que anduvieran entre la oscuridad de las sombras.

Geón presentía que lo que andaba a su alrededor era el significado de aquél principio ilógico e innombrable. Y sentía que el propio destino le deparaba para asimilarlo.
Pero los ruidos se desvanecieron, tan pronto como la brisa que el Gran Sabio soplaba. Al guardar silencio, solo se oían grillos en el ambiente. Incluso, de no ser por los insectos, el muchacho creía haber terminado sordo.

Algo a su espalda le incomodaba,
algo que no podía sentir ni ver,
pero se trataba de su propia certeza.
Ese singular sentido a lo exterior,
complejo y perfeccionado por animales.
Esa particularidad de saber cuándo
son presas del acecho ajeno.
A esperar el ruido más pequeño,
que espante la interminable ansiedad.

Pero ese usuario parecía ser lo bastante paciente y metódico, como para permanecer así en comunión. Como si meditara sin estar vivo siquiera. Ese usuario parecía leer la incertidumbre, y por tanto Geón dejó de pensar y se dejó llevar por la naturaleza del Gran Sabio.

En el momento que se había dignado a hacerlo, comprendió que se había perdido un trozo de diálogo. Lo suficientemente extenso como para no interpretar nada de lo que debía oír.

– Por ello tu poseerás este yelmo –

Geón abrió los ojos ante las dudas aparentes, y un casco de diamante relucía en la noche.

– Pero… –

Replicó el muchacho, sin comprender nada. Lo último que había oído era, sobre los elfos

– No cuestiones nada. Ahora es menester que te inicies en el ritual, para conocer cuál será tu propósito natural en Daghol. Lleva y porta este yelmo, que todos conozcan mi elección y la defiendan.
Desde hoy, el misticismo se sepultará bajo mi último aliento.

Geón tomó el mismo bajo el brazo y prefirió no portarlo, no necesitaba intentarlo siquiera para comprender que era más grande que su propia cabeza.
Y al retirarse, observó detenidamente el sitio dónde creía haber sido acechado. Pero como si todo hubiera sido propio de su imaginación, no halló absolutamente nada entre los arbustos.

Suspiró, y al salir cruzó miradas con Nozepul y Velnor. Ellos yacían tan estáticos como si se tratasen de tótems, mientras el resto de los místicos contemplaban sin palabras a medida que preparaban el área para el ritual de iniciación en Triviltor.

Así es como habían trozos de pieles de zorros y osos por doquier, diversas fogatas en torno al área que conformaban un círculo donde no se divisaba ni una parcela de tierra.

Uno de los tantos, jóvenes, mayor incluso que Geón, rociaba con sus manos sangre probablemente animal sobre una fogata central que yacía apagada. La misma estaba compuesta por hojas secas y leña. Otro raspaba la madera para generar fricción y una densa humareda se formalizaba en el ambiente.

Velnor no tardó en notar el yelmo en los brazos del muchacho y exclamó:

– El Gran Sabio ha decidido –

Y al término de aquellas palabras todos se arrodillaron alabando su presencia. No obstante Velnor y Nozepul permanecían de pie. Tras acercarse, ambos, al centro de la órbita donde yacían las pieles, las llamas comenzaron a incendiar todo a su paso e incluso la sangre burbujeaba ante el calor.
Geón se había quedado en su lugar, sin palabras.

– Avanza –

Anunció, con voz firme, Nozepul, el mayor de los súbditos.

Y el muchacho posó los pies desnudos en las suaves pieles de animales. De repente la humareda levitaba tanto, que su vista se volvió ciega, ni siquiera podía advertir a los otros jóvenes a los lados. Solo notaba los ojos fijos de los maestros, junto a la fogata. Sus rostros yacían completamente machados por las runas de sangre, figuras tales que no poseían lógica alguna.

De pronto otros jóvenes se encaminaban entre las llamas, arrojando tierra en los alrededores de la llamarada. Quizás sus pies se quemasen ante el arduo trayecto y los espinazos del fuego en sus delgadas pieles fuesen intensas, pero nadie gritaba; ni se lamentaba.

Así fue como el incendio no se alimentó de los cueros y, tan pronto el mismo se ahogaba, el humo conformó un espiral en torno al muchacho. Parte del mismo acabó siendo aspirado por su nariz.

Velnor le lanzó sangre al rostro, por sorpresa, y Nozepul provocó la llegada de la lluvia. Todo comenzaba a limpiarse segundo a segundo. El muchacho elegido contemplaba como el agua descendía únicamente en esa fracción de tierra, mientras el más allá era un paisaje normal y las estrellas resplandecían notorias.

Y tan pronto como todo se purificaba, dejó de llover y las figuras de las runas se marcaron en su rostro. El viento en la noche sopló como si los rastros fuesen tatuajes que permanecían inherentes en su frente. Hasta que todos fueron retirándose, un oso provino de entre la selva y el mismo le observaba a pocos metros.

– Geón el druida –

Murmuró el Gran Sabio ante la penumbra de la noche.