“…La Revolución se gestaba en la discordia de grandes héroes…”

El Campeón Crepúscular

Tras leguas marítimas desmesuradas, entre extensos islotes se hallaba un continente que durante décadas se conocería como “el más allá“.
Quizás fuese el nombre de reconocimiento por su lejanía, o más bien la acepción de su distancia fuese considerada un elogio. Puesto que la mayoría de los seres que convivieron en el Imperio no podían relatar bienaventuradas anécdotas de aquél lugar.
Asimismo los nobles, considerados como los de más pura ascendencia poseían algunas ventajas. Pero la libertad total solo era de correspondencia para los miembros de los Espadachines Dorados.
Hasta los novicios en la fuerza poseían libre albedrío, bajo la condición de proteger el Imperio contra cualquier tipo de amenaza. Así se tratara de una invasión o una traición, debían poner manos a la obra.
El resto de los individuos, inmigrantes, prisioneros, entre otros, recibían el título de esclavos y por ende se adjudicaba alguna clase de derecho sobre ellos para utilizarlos hasta la caducidad de sus vidas. Eran como objetos de tiempo limitado.
Fuese quién fuese, así no se trataran de nobles o espadachines, todos eran mano de obra para el Imperio.
El Emperador era desconocido, y aunque se pudiese estimar algunos cargos superiores entre el ejército, nadie lograba detectar quién tomaba las imposiciones más descabelladas en el continente.

Aunque poseyeran ciertas libertades, la aristocracia estaba obligada a obedecer las elecciones de las tropas del Imperio. Y así es como se transformaban en alguna clase de esclavos con aliento.
Aunque pudiesen ofrecer sus opiniones en el consejo monárquico, debían aceptar la resolución, sea cual fuere, de los espadachines.
Entre los esclavos existían los que podía soñar conseguirse un hogar propio como solvento a sus actividades diarias, o los que, por ser racialmente diferentes, solo ostentaban vidas de servicio a cambio del pan. Estos últimos eran conocidos como los Viriathros.
No tenían voz ni voto, mucho menos hogar, más que la caverna donde los reunían. Pero, aún así, poseían un intelecto superior a la humanidad propia y proporcionaban notables ideas para la confección de las defensas.
Rav’Thos les alentaba, era considerado el Padre en la evolución de su raza y si bien no se tratara del progenitor de su civilización poseía un excedente en inteligencia sobre el resto. Por tal razón concebía un título excepcional, y aunque todos se hallasen subordinados a las órdenes de los espadachines dorados, entre los miembros de los Viriathros había una auténtica fidelidad hacia él.

Los esclavos, en general, suministraban su atención y fuerza a las defensas, o bien a la agricultura, o a la construcción y reparación de poderosos navíos. Asimismo, entre diferentes civilizaciones, a lo largo del continente los espadachines dorados ocupaban el espacio más privilegiado. Solo una amenaza interfería en la paz de estos seres y, por tal razón, hacia décadas una flota había navegado hacia el Oeste en busca de nuevos territorios. Solo rumores sobre las tierras baldías de Runfenir habían llegado a sus oídos, puesto que gran parte de los aventureros prefirieron el nuevo mundo.

Así como solían utilizar buques para la exploración, en ocasiones regresaban con prisioneros. Pretendían, con ellos, innovar en las defensas. Los espadachines dorados buscaban todo tipo de pruebas de falla y error para hacer frente a la amenaza que acrecentaba en los Pantanos de Suglia.
Apenas si poseía un nombre el área más peligrosa del continente, y aún el Imperio no poseía la fuerza suficiente para invadirlos. Más bien solo podían pronosticar defensas futuras.
En ocasiones se habían gestado atroces batallas contra lo desconocido que evolucionaba en aquel lugar, y la protección del reino había triunfado. Los esclavos que buscaban liberarse, se unían a la expectativa de Rav’Thos que aguardaba una invasión exterior suficiente, que les permitiese fugarse de una vez por todas.

Y ante las discordia entre las masas, un nuevo buque de carga avanzaba desde el horizonte.

– Nuevos desafortunados se avecinan –
– Quizás nos ahorren tantas labores –
– Algún día quebraremos este injusto orden –
– Algún día dirás Rav’Thos… ¿Y por mientras? Muchos moriremos. Quizá, incluso, tú o yo. ¿Cuándo respiraremos el descanso que merecemos? –
– Llegará el día. Llegará… –
– ¿Y aceptarás que Fab pague el precio de esta condena? –
– ¿Qué solución has visto a las Revoluciones pasadas? Todos estamos ligados a este destino, hasta que Suglia envíe un batallón extraordinario –
– Tan cerca de conseguirlo… ¡Y acabaremos muertos por la cobardía! –
– Paciencia Argos, paciencia –
– La paciencia es la que sobra, pero el tiempo se exprime como un fruto en manos del Cráneo Negro –
– ¡No le llames Argos! Quizás nunca veamos la paz si él se presenta. El extermino acabará con todos –

Clamó otro, entre nervios. Y sus pálidos rostros, que no diferenciaban la normalidad del temor, de rasgos delgados, de pieles carmesí y cabellos grisáceos a nieve, se aglomeraban en una gran caverna donde los Viriathros solían descansar.

– El Cráneo Negro es una leyenda que aqueja a los espadachines dorados. Eso puede proveernos una salvación –
– Con todo respeto, Rav’Thos… ¿Usted cree que esas bestias nos dejarán huir hacia la libertad? –
– Y así lo consigamos, ¿qué suerte tendremos en lo largo del continente? –
– Son demasiado pesimistas, Argos y Cluín. ¿Para qué quedarnos aquí a la llegada de más Caballeros Dorados? Debemos marcharnos –
– ¿Y a dónde iríamos? –

– Runfenir señores y las lejanas tierras del Nuevo Mundo

Exclamó un sudoroso joven, que hacía su entrada a la caverna después de un arduo día de labores. Dos o tres le seguían detrás y éste intervenía en la conversación de ancianos Viriathros. Tal comentario atrajo la atención del resto.

– No era de extrañar que padre e hijo pensaran en alguna locura –
– ¿Qué hay de malo con un poco de aventura, Sinuesa? –
– ¿A caso iríamos nadando? –
– Ay, Sinuesa… Sinuesa –

Y en la sonrisa del muchacho, la Viriathros yacía observando el terreno cubierto de rocas y su pregunta alertó a todos los esclavos de la caverna. Las miradas se cernían sobre Rav’Thos y su hijo sonreía. Tras suspirar exclamó:

– Utilizaremos los buques –
– ¿Y cómo quitaremos a los espadachines dorados del medio? –
– El Cráneo Negro –

Contestó Cluín a Argos y Rav’Thos asintió.

– Por eso será mejor que controlemos este plan aquí y que los espadachines dorados no sospechen de una revolución –

Anunció Fab, de pronto, y, asintiendo todos, guardaron silencio.

Hasta que la marcha del ejército se hizo oír en las cercanías. Sus pasos metálicos resonaban llegando a la coyuntura de las cavernas con las playas.
Al instante todos los Viriathros ladeaban sus rostros ante la llegada de la guardia imperial.

– ¡Abran paso! –

Gritó uno de los espadachines y los pálidos individuos, en la entrada, se replegaron.

Un caballero avanzó y, tras observar a los presentes, cruzó miradas con Rav’Thos al tiempo que anunciaba:

– Aquí recibirán nuevos compañeros –
– ¿Por qué aquí y no en la caverna general? –
Refutó Cluín con soberbia.

– Para que se mezclen y traigan a nuevos –
– ¿Nos tratan como animales? –

Gritó Argos con furia y, faltando más, el espadachín observó de reojo a Sinuesa.

Los Viriathros se pusieron agresivos, pero Fab intentó calmarlos.
Tras la miradas de recelo, los nuevos miembros intervenían y se ordenaban. Uno de ellos, yacía totalmente encadenado en sus brazos y piernas. Siquiera parecía que planearan removerle aquellos pesados grilletes.
Los Viriathros se unieron en una esquina, mientras Fab al centro les observaba detenidamente.

– Bienvenidos a nuestra humilde morada –

Exclamó con su peculiar ánimo, descripto en una sonrisa, a pesar de la desconfianza que subyugaba a todos.

Algunos agradecieron con respetuosos modismos, pero la mayoría guardó silencio.
Finalizado el tránsito de huéspedes, las tropas se retiraban y sus pasos metálicos hacían eco por doquier. Las miradas se cernían unas frente a las otras con molestia. Rav’Thos únicamente tenía ojos para el misterioso prisionero que siquiera podría concebir libertad en el interior de la caverna.

Fab se encaminaba de un lado a otro, temía que la consternación acaparara durante la noche y buscó limpiar asperezas.

– Mi nombre es Fab. Aquí todos somos como una familia. No sé si comprenderán mi lenguaje –

Alzó el ceño, intentando calmar el humor que toda la situación provocaba en él. Sinuesa, sin perder de vista, sintió el contagio de tal alegría y, repentinamente, todos asintieron a excepción del encadenado prisionero. El Líder de los Viriathros no dejaba de contemplarlo, pues se había ubicado en el espacio más  insondable a la vista de la caverna.

– Imagino que sabrán que si les trajeron hasta aquí sus esperanzas se verán reducidas. Solo somos herramientas para ellos, hasta que nuestra fuerza vital se exprima por completo –

Los nuevos alzaban el rostro descontentos. Algunos, incluso, comenzaron a explorar el suelo en busca de posibles armas que les ayudaran a enfrentar el cruel destino.

– En la caverna general los esclavos pueden, al menos, soñar con obtener un hogar propio e individual. ¿Qué han hecho ustedes para recibir este castigo? –

– Luchamos contra la opresión –

Murmuró uno, de mala gana.

– Eso es. ¿Podremos conversarlo? Yo representaré a los Viriathros y tu… –
– Pero… ¿qué dices? Siquiera pertenecen a este continente –
– Ciertamente no –
– Eso nos hace diferentes –

Fab aún sonreía, pero aquél muchacho de cabellos rojizos no sentía gracia alguna en el diálogo. El primero aún no se daba por vencido.

– Desde el momento que les han incluido en este lugar, para ellos somos lo mismo –
– Solo nuestra condición podrá ser similar. Pero… ¡Yo no soy como tú! –

Respondió, al borde de la ira, y se puso de pie. Ambos poseían estaturas y masa muscular similares, pero sus rasgos faciales eran bien distinguidos.

– Todos somos la sobra de la existencia –

Contestó el ser que aguardaba en la penumbra, con una voz prácticamente afónica.

– Por ti estamos aquí, pero estoy eternamente orgulloso. Finalmente podré eliminarte. –

Replicó otro.

Rav’Thos alzó el ceño ante la discordia de los presentes.

– Debemos hallar el modo de fugarnos de este lugar –

Agregó un tercero. Fab contestó:

– ¿Cómo lo harían? –
– Necesitamos un filo para… –
– ¿Para matarnos? –

Exclamó Argos, desesperado y Rav’Thos negaba con la cabeza.

– Ostentan un campeón –

Murmuró, y las miradas se recluían hacia el hombre aquél de voz afónica. El que aguardaba entre las sombras.

– Todos los somos –

Respondió el que buscaba entre el terreno, y Sinuesa les observó nerviosa. El prisionero procedía a erguirse, y la presencia lejana del crepúsculo arrasó internamente en la caverna hasta iluminar su encapuchado rostro.
Su mirada solo permanecía delante de la dama de los Viriathros.

– ¿Y por qué le liberaríamos? –

Gritó furioso, el hombre en discordia.

– Esto no es bueno –

Murmuró por lo bajo Fab, al tiempo que Cluín asentía.

– Hasta donde sé ellos participaban en una guerra y esos buques nos llevaron prisioneros a todos por igual –

Replicó el muchacho de melena bermellón.

– Agradezcamos que no hay armas aquí –

Y el furioso hombre se irguió de pronto, volteando su rostro al prisionero. Luego exclamó:

– ¿Quién necesita armas en presencia de rocas? –

Y tan pronto acabó con su parte del diálogo alzó una roca con forma de puñal.

– Podrías ayudarme con eso para liberarme ¿no? –

Respondió el encapuchado.

– ¿Liberarte? ¿Qué dices si mejor te asesino, Demonio de Yahandá? –

– ¿Demonio? –

Cuestionó Fab, lamentando haber intentado pacificar el imprevisto encuentro.

– Siempre puedes intentarlo… –

Y al terminar dicha frase, la mayoría de los hombres se levantaron. Buscaban contenerlo para que el restante le asesinara sin problemas.
Sinuesa no podía ignorar t al situación y clamó que le liberasen, pero su voto no fue suficiente.
Argos suponía que su muerte implicaría menos amenaza de parte de los nuevos miembros. Cluín, por su parte, entendía que era un Ser peligroso y por tanto sería mejor quitarle la vida.
Si bien Rav’Thos no confiaba suficiente en aquél hombre, omitió acceder a su asesinato. Por tanto, los Viriathros no apoyaron la decisión y Fab, su hijo, que no podía tolerarlo pidió orden.

Los hombres se replegaban, bajo la amenaza que el pálido muchacho propiciaba. Planeaba advertir a los espadachines dorados y la sombría víctima aún permanecía contemplando a Sinuesa.
El muchacho de cabellera rojiza que iniciara el diálogo con Fab se volvió, nuevamente, contra él como si representara a las masas de hombres.

– ¿Y así deseas un buen porvenir? ¿ A caso conoces de que se le culpa? –
– En este sitio todos somos desaventurados. Somos, incluso, utensilios reemplazables para el Imperio. A futuro querremos liberarnos de esta eterna pena. Muchos de aquín han sido guerreros, otros solo trabajadores y por lo que dicen… ese hombre, o demonio de yahandá, pudo ser una amenaza. Quizás hasta pudo matar libremente, pero ¿qué razón más necesitarías para unirlo a una campaña conjunta? Si los espadachines dorados le han apresado, incluso en este confinamiento es porque le temen –

– Lo han hecho como deberíamos hacerlo nosotros –

Respondió el agresor del puñal de piedra.

– Si él nos quita la vida a todos los que estamos aquí, tendrá que hacer el trabajo de cada uno de por vida. Recibirá una atención superior, y ten por seguro que preferirá la libertad a morir encerrado –

– Tu ves todo tan simple sin conocer los detalles de sus acciones –

– Se encuentran en una disyuntiva, pues ustedes son los nuevos aquí. Nosotros llevamos más tiempo y poseemos el poder de decidir. O le aceptan, o… –

– ¿O qué niño? Yo soy quién posee el arma –
– O llamaré a los Espadachines dorados, Jiont

Responde el muchacho de melena rojiza, quién acabó siendo convencido por la opinión del Viriathro.

– ¿Tú? ¿Roños? ¿Pretendes detener esto a costa del demonio? –
– No le tengo mayor ni menor estima que tú, pero hoy conozco bien a mi enemigo y no se encuentra aquí dentro –

– Al menos no por hoy –

Añadió un tercero y otro a su lado asentía.

– Esto es anormal. ¿Ralonte y Rebok están de acuerdo? –
– Y también tú Jiont. Sabes que, hoy por hoy, este hombre nos favorecerá –

Replicó un niño de cabello platinado, al que nombraban como Erión.

Y tras debatir las decisiones, Rav’Thos observó con orgullo a su hijo. Los hombres comenzaron a separarse del agresor, para unirse a Roños y viéndose solitario, Jiont dejó caer la roca para que se hiciera añicos. Pero antes de impactar en el suelo el niño logró atraparla, se la entregó a Ralonte y éste se encargó de picar las cadenas para liberar al misterioso hombre.

El plan mejoraba en creces, y ahora poseían un campeón. Aquél que yacía ante el resplandor crepuscular. Pero aún la idea de huir del Imperio no era más que eso. Una vaga idea…