Candentes ejercicios, miradas ajenas

por | Mar 30, 2019 | Del rebelde Fuego al latente Aire. De Pasión y de Cenizas.

La tarde acababa de iniciar en el cuartel y Saúl alardeaba de gratitud junto a Horacio, el desarreglado y Fernando. A la vista de diversos reclutas y de las prodigiosas hijas de los altos mandos, transitaban el área natural mientras el esfuerzo físico del resto de individuos asimilaba a un monumento.

– ¿Qué debemos hacer, Señor? –

Aunque todos estuviesen dispuesto a conocer los deberes, Horacio se adelantó a indagar.

Y el General se detuvo, de repente. Horacio, Fer y Saúl esperaban de pie, a medida que sus acciones eran contempladas por las numerosas divisiones del ejército.

– El verano se aproxima, y con ello mi deseo de acondicionar la quinta –

Saúl giró la vista delicadamente y, entre una extensa cantidad de uniformes verdososo alertó a Karina Giménez. Su inconfundible mirada le acechaba. Parecía dispuesta a trepar todo el terreno y arrojarse sobre su presa.

Tras tragar saliva, el muchacho recapacitó y notó la seriedad de su General. La idea del verano le atolondraba y lo confundía. Imaginaba el cielo despejado sobre una profunda piscina. En las esquinas yacían cuerpos femeninos, portando delicados bikinis y numerosos individuos encaminándose por doquier en un costoso y privado festival.
En cuanto recuperaba el aliento, se hallaba solitario, en el centro del campo y Horacio con Fer a su lado se reían a carcajadas por su repentina desaparición en el plano astral.

– Tierra llamando a Saúl –

Y como si el chiste hubiese sido oído por todos los demás, las risas llegaban desde distancias incalculables. Todos los reclutas observaban aquél cuerpo, que yacía de pie, dormido y con el rostro caído bajo sus hombros.

En cuanto espabilaba era demasiado tarde para cuestionar cualquier hecho. Incluso, no recordaba el completo mensaje del General Giménez. Y, sin embargo, Karina, su hija, permanecía curiosa, en el fondo de la corporación. Asimilaba a una leona dispuesta a engullir su almuerzo.

Y aunque ameritara a un descanso, tuvieron que reactivar el ritmo y unirse al esfuerzo de la jornada. Por fin, la brisa helada del invierno recuperaba la atención y los calurosos sueños veraniegos derrapaban en el umbral del inconsciente.
Flexiones de brazos se repetían en constancia, mientras otros trotaban y las damas ostentaban mayor libertad para admirar a sus compañeros.

– ¡Serán notificados para el inicio de las tareas! –

– ¡Señor! Sí, señor –

Repitieron los tres, casi al unísono y erguidos aguardaban la retirada de su General.
Lejos de concluir el día laboral, Saúl prosiguió con su entrenamiento en el ejercicio militar.
Los chistes comenzaban a ser densos suspiros de cansancio global.

E incluso se hallaba en medio de la reflexión austera, sobre marcharse a su hogar, volver a ver a Zoe y tomar su celular que, probablemente, yaciera sonando con total descontrol.

A duras penas se oía entre las conversaciones sobre el festejo invernal, que cada año se ofrecía en la ciudad y el diálogo se tornó en el recuento de las salidas nocturnas a un bar que se encontraba a pocos metros del cuartel.
No faltaba quién se enorgulleciera por pasar noches en el bar con una tórrida amazona y luego se presentaba a las guardias sin siquiera sosegar.
Parecía producto de competencia, presumir de tales rutinas en cansancio corporal a medida que agotaban el cuerpo con los ejercicios.

¿Buscarían, acaso, ignorar la agonía del entrenamiento contando viejas anécdotas de fatiga?

Y comenzaban a ceder las labores diurnas. Más de uno se encontraba recostado sobre el verde césped del campo. Desde la superficie contemplaban el entrenamiento frontal de unas cuantas mujeres. En su mayoría pertenecían a familias adineradas o poseían padres de renombre.
Ni pensar que pudiesen conversar sobre ellas, puesto que significaba una falta de respeto al ejercicio militar. Sin embargo, sus miradas describían más de lo que se pudiera hablar.

A miradas pasivas se veía como alternaban los muslos, de pie, hacia el cielo, reflejando delgados y entrenados vientres. No faltaba alguna, cuya presencia frontal, producía el rebatir de las copas en su abultado busto. Saúl divisaba a Karina y, aunque se tratase de la hija del General, no tenía recaudos sobre el resto de las divisiones.

Quizás algún miembro mayor yaciera observándoles en un entrenamiento ajeno. Quizás fuese ya demasiado tarde para arrepentirse. Y como si todo fuese predestinado…

– Viene,  ¡Viene! –

Clamó uno, con angustia. Ni podían reflexionar, que todos se irguieron de pie ante la llegada de otro hombre de mayor respeto.

– A trotar. ¡A trotar! –
– ¡Señor! –

Respondieron masivamente y sus voces resonaron como un estruendo en la amplitud del campo. Así, comenzaban todos a correr por la extensa pradera, sin tapujos ni pleito alguno.

No existía tiempo para reposar, salvo en la imaginación mental y se convertían en movilizadas miradas de circunstancias ajenas.
Toda añoranza de una labor con mejor calma, yacía en la carta intelectual. Y los pasos se oían galopar contra los míseros fardos, y los suspiros replicaban entre las gentes.

Así, el atardecer comenzaba a aproximarse y en Saúl repercutía aquella imagen de soledad. Debía, al día siguiente, comparecer a la guardia y, generalmente, llevaba el teléfono consigo.
Solía ser el momento oportuno para los ligues virtuales durante los descansos. Y frente al pronóstico, pretendía rechazar toda atención hacia aquél aparato. Todo le recordaba a Trufa Silvestre, al “Adiós” y a la noche previa…
Por horas indagaba como superar el tiempo en aquél mono ambiente que resguardaba junto a otro soldado.
Y, quizás, estuviera también el Teniente, supervisando el trabajo y contando sus anécdotas sobre amores pasajeros que espabilaban a más de uno. Le fascinaba dar detalles exhaustivos y minuciosos de cada acción tomada, como si pretendiera educarles en una asignatura determinada.

Saúl se retiraba de camino a sus aposentos y aún restaba el trayecto de regreso al hogar. La ansiedad ante toda ausencia del acostumbramiento, le llevaba a pensar en que iba a ocupar sus mandíbulas durante la noche.
Aprovechó el regreso para adentrarse en una confitería y abonar por tanta harina como fuese posible. Su sueldo comenzaba a desvanecerse y, aunque tuviese un cobro próximo, la llegada de las vacaciones de invierno le atormentaban. Puesto que él no disponía de días libres y, probablemente, se brindaran tales descansos a Zoe.

En cuanto llegaba a casa, se descubrió sosteniendo más equipaje del que solía llevar al trabajo. Portaba numerosos envases de nylon y diversos alimentos. Como si hostigarse un poco, calmara el dolor y la angustia del desamor…

Su padre y Zoe yacían viendo el programa televisivo de a menudo. Apenas prestaban atención a la novedad de su llegada y, tras soltar los alimentos varios sobre la desértica mesada, se marchó hacia su dormitorio.
Disparos discurrían por el ambiente sonoro y creyó oír algún envoltorio desplegarse. Se cambio el uniforme por unas prendas deportivas, tomó el teléfono y se marchó hacia el toilette. Tras conservar el aparato en el bolsillo de pantalón, procedió a enjuagar  su rostro.
En horas debía retirarse a la guardia y tenía un acotado lapso de entretenimiento y reposo.

Cuando regresaba al Living advirtió que nadie había investigado las bolsas. Yacían pendientes, frente al policial. Asimismo, procedía a separar los productos y servir una abundante picada de fiambres, quesos, panecillos, aceitunas, maníes y papitas fritas.
Servía prácticamente con sigilo, para no interrumpir y que, al finalizar la serie, se llevasen la sorpresa de la cena servida.
Más tarde aguardó junto a la mesada y tomó el celular.

La recepción de numerosos mensajes y llamados era notoria.
Y es que no constataba tales noticias desde la noche anterior.
Además de información por parte del General Giménez y mensajes de Trufa Silvestre, advirtió la llegada de una fotografía anónima. En ella se podía divisar el ejercicio militar y culminaba con un mensaje como:

“Eres tan Bonito”

– ¿Quién es? –

Exclamó una conocida y dulce voz.
Despertando, de pronto, del ensueño, comprendió que el policial había terminado.
Zoe aguardaba a su lado, le masajeaba delicadamente el cabello y su padre conversaba respecto de las variedades de quesos que conocía.

– No lo sé –

Respondió Saúl, buscando no esclarecer su despiste.

– ¿Una acosadora? –

¿Acaso habías advertido tú, el momento en que el programa televisivo finalizaba y se sentaban para cenar?. Ciertamente yo no…