L a noche proseguía en el festejo. Creía haber visto al cumpleañero, pero solo fue en una leve ocasión y, de repente, desapareció de su propio hogar. Una banda ensayaba en el garaje, tocaban algunos clásicos de Punk-Rock. Entre risas contagiosas, el deleite musical y la variedad alimenticia, no podían faltar litros y litros de alcohol en diferentes envases de distintos colores.
El ambiente había sido preparado, las ráfagas luminosas se mezclaban con el sonido a disparos que emitía un televisor de pantalla plana. Algunos de los invitados competían en un videojuego basado en el lejano oeste.

Neky se había retirado hacia el jardín, que se encontraba junto a la cocina. Allí, se untaba unas hierbas en un cilindro y, al tiempo que contemplaba las estrellas, lo fumaba sin cautela.
Entre los diversos entretenimientos que brindaba la noche, se encontraba ella, con su sonrisa tan particular. Era como una sirena, puesto que su dulce voz replicaba entre las paredes y atraía diversas miradas. Sin embargo, ella solo tenía ojos para él y, por momentos, se reía viendo hacia el ventilador de techo.

Él no estaba seguro que hacía allí, e incluso había perdido el apetito tras probar bocado de ciertos embutidos. Y, antes de percatarse, ella se acercó a su oído y le susurró:

– No te duermas aún, mi amor. Esta será nuestra noche –

Antes de reconocer tales intenciones, ella le tironeaba nuevamente de la mano como si paseara a su mascota y le enseñara cada salón.
Pudo reconocer algunas obras populares, encuadradas en una serie diversa de adornitos. Creyó haber visto a la Gioconda portando una melena de rastras y tomando un porro con su sutil simpatía. Pero, por sobre todo, advirtió muchos y muchos sillones, demasiados, y demasiados almohadones.

Distante del intercambio social, un sofá azul marino aguardaba bajo la tenue blanca luz de una lámpara de pie.
Su alegría y mareo le habían hecho percibir algún efecto de tranquilidad. Y si bien él no había bebido demasiado, la mezcla de fragancias que se avecinaban desde la cocina, las intermitentes luces, los resplandores de la pantalla del videojuego, en una sala alterna, y el Punk a flor de piel, le habían dejado algo turbio.

– Hoy tengo tantos deseos de bailar y mover mi cuerpo. ¿Vendrás no? –

Y con aquella sonrisa, la que jamás descansaba, le miraba fijamente. Él estaba tan ido, disfrutando tal confortable panorama desde asiento que la veía tan despierta como llena de energías.

– Sos hermosa –

Le respondió, sin siquiera contestar a su pregunta. Y hasta su voz asimilaba ser atraída por el sueño.
Una carcajada, tras ello, resonó tan fuerte que parecía haber interrumpido todo el ruido del salón vecino.
Y en cuanto quiso reflexionar cayó dormido mientras sospechaba, si entre las bebidas se hubiera tragado alguna droga.

– Siquiera sé… su nombre –

Balbuceaba entre suspiros, y ella aprovechó la ocasión para acariciarle el rostro. Le veía más de cerca y, mientras reía, contemplava su celular.

Un nuevo mágico mundo se abría ante la expectativas de él. Un banco extraordinario de plantas resurgía de sus pies, y crecía esporádicamente, sin llegar a su comprensión.
Antes de explorar el lugar, palpó con el tacto su cuerpo. Al parecer, en esta ocasión, yacía vestido. De pronto, una risa lejana atrajo su atención y al encaminar la mirada hacia su dirección, una pantera se aproximaba a paso lento.

Todo se veía tan claro y real, que al oír su rugido se asustó. Repentinamente retrocedía, pero el banco de verdes plantas no hacía más que florecer, sin descanso, a medida el pisaba.
De repente resbaló, sintiendo un profundo aroma entre los tallos que asemejaban estrellas. Y al ver la pantera, su forma corpórea se tornó en el de una mujer de curvas oscuras y desnudas. La noche espacial sobresalía del cuerpo de ella.
Veía estrellas por doquier. Resplandecientes y distantes, acercándose a la velocidad de la luz, hasta abrazar todo su cuerpo y convertirse en parte de él.

– Estrellas… –

Balbuceaba, y las risotadas jamás cesaban.

De pronto, el cuerpo de la penumbra era la propia pantera que relamía su pómulo y, asustado, despertó instantes más tarde. Pues pensaba, le devoraría.

El ario yacía delante de ambos, tomaba fotografías.  Y al ver a su lado,  advirtió que ella le lamía junto a sus labios.

– Momento imperdible. Se tomó la copa que preparamos para Lucas –
– Si. Ja Ja Ja –

Respondió ella, mientras él, somnoliento, la vio tan encimada que alcanzó a divisar el escote que conformaba su protuberante busto, ajustado por una camiseta sin mangas.
Casi le tentaba a besarla y morder aquellos esponjosos labios, que ella se dio cuenta. Puesto que ambos se miraban, ella frotó su nariz con la de él, como los mininos cuando intentan reconocer a su dueño. Luego rió con ese humor tan dulce, como inocente. Antes que él lo sospechara, un nuevo reflejo blanco destelló desde donde se encontraba el ario. Las estrellas de sus sueños habían sido, después de todo, los flashes de una cámara Cannon semiprofesional.

Y sin preguntarle, él respondió:

– Saúl –

Como si hubiera ilusionado que ella le preguntaba su nombre. Más bien deseaba conocer el suyo.
El rubio aprovechó la oportunidad para gastarle otra broma y contestó:

– Martín, mucho gusto. Soy el paparazi de las celebridades –

Y el comentario fue suficiente para que ella se tentara de risa, y, sin lugar a dudas, su cómplice lo hacía también.
Saúl, acabó en risas largo tiempo y los tres acabaron brindando con unas copas que contenían Fernet mezclado con Crush.

Y yo que pensaba que esa gaseosa ya no existía…

Las horas habían pasado como el transcurso del agua en una lluvia torrencial.
Ella se había ausentado unos breves momentos, llegaba desde la cocina, cruzada de brazos, con una fina campera de hilo.
Neky la espiaba desde el ventanal.
Incluso Saúl creía tener la imaginación que el cabizbajo muchacho se mordía los labios al verla por detrás. Quizás fuera por aquél ajustado vaquero azul y las botas negras, que les habrían ofrecido un calce espléndido del trasero. Pero él, tan solo disfrutaba de su alegría y de la prominencia de sus senos.  Se había atado el cabello a un lado, y al llegar a su lado le entregó su mano, como si estuviese dispuesta a que él la llevase delante del Público. Tras despedirse de todos, de Martin inclusive, que recibía un aplauso por buen asador, se retiraron del hogar.

El muchacho estaba convencido que Martín poseía pruebas en fotografías de lo que había sucedido cuando perdiera la consciencia. Pero, a saber cuándo volviesen a cruzarse.

– ¿Cómo lo has pasado? –

Rompió ella el hielo, y él aún reflexionaba cuál sería su nombre.

El sonido de los botines resonaban sobre las baldosas. La medianoche estaba por comenzar y los vehículos transitaban por las calles, como si contemplaran la pasarela sobre la vereda.

– Bien, bien. Tenés amigos muy locos. En el sentido bueno –
– Yo debo ser una loca, entonces –
– Si. Una loca hermosa. –

Y entre sonrisas, se miraron nuevamente. A poco había olvidado que caminaban de la mano, como si fueran una pareja. Pero, a falta de un tirón, no habían concertado el beso sobre el sofá. Y las ganas sobraban…

– ¿A dónde vamos ahora? –

Preguntó Saúl, mientras el pasaje de veredas, entre dispares hogares y tiendas, le confundían más y más. De quedarse allí sólo, probablemente se perdiera. Siquiera recordaba si la terminal de ómnibus se hallaba al Norte o al Sur.

– Ahora visitaremos a Tamara. Una amiga a la que le encanta ir a bailar. ¡Como a mí! –

Y él se señalaba, casi, como sospechando que entre ambas, acabaría sobrando.

– Espero te guste bailar… –

Le susurró al oído, con voz agradable.
Si la imaginación fluía por su mente, claramente ella le proveía un empujoncito.

La noche aún era joven, y desconocía donde terminarían con el paso de las horas. Pero la tentación comenzaba a regir en su instinto masculino. Cada verso, cada palabra y cada sonrisa se fusionaban formando un acongojante aire que le provocaba.
Y aunque se notase despistado, la libertad de confianza que ella ostentaba le enloquecían segundo tras segundo.

A saber si la esencia de la locura de los amigos, no fuese ella misma. Aquella liberal doncella de nombre desconocido que empalagaba entre ilusiones y realidades.

– Acá es. ¿Regresaste del limbo? –
– ¿Limbo? –
– Las últimas tres cuadras, yacías mudo –

Era verdad. Atesoraba pensamientos y sentía que caminaba como por acto reflejo. Como si el aire soplara en su cuerpo y le guiara hacia el frente, de forma instantánea. De ser así, ella poseía el flujo del fuego. Era como la locomotora que enérgica lo estaba movilizando.

– ¿En qué pensabas? –
– En… ¿Cómo te llamas? –

Una carcajada se precipitó de entre sus labios. Tan poderosa, que siquiera hubo necesidad de tocar el timbre. Quizás, ansiosa, la amiga justo aguardara en la sala de visitas. Pero no pudieron presionar el llamador, que la puerta se abrió de par en par, y una agitada señorita sobresalió desde el interior para acabar abrazando a la nocturna anfitriona.

– ¡Amigaaaa!!  –

Dijeron, ambas, al unísono mientras aplastaban sus cuerpos, fundidos en un cariño inmenso. Saúl quedó perplejo, y se acomodaba el cabello al tiempo que observaba el suceso.
Quizás por las botas ella parecía, incluso, un poco más alta que él. Sin embargo, las plataformas de la nueva llegada no alcanzaban para que su rubia melena llegase a su hombro.
De forma ilusoria, y algo extremista, podríamos imaginar dos finas botellas y un corcho que no cabía en ninguna de ellas.

– ¡No te peses! ¡Ay! mi espalda –
– ¡Si soy chiquita! Amigaaa –

Y Saúl no pudo disimular una maliciosa risilla, mientras se tapaba los labios y descaradamente tosía. Ella asentía, como si de forma coincidente hubiera pensado al igual que él.

Chiquita y rellenita, repetirían sus pensamientos. Sin lugar a dudas las más cariñosas. Aunque en el mundo encuentres mujeres con toda variedad de carácter, sin importar el tamaño, ¿verdad?

Acabaron los tres marchando al Pub, y Tamara ocupaba el centro en la vereda. No faltaba algún Don gritando que las bebés deberían permanecer en la cuna durante la noche.
Y en cuanto Saúl reflexionó los comentarios, comprendió que Tamara a su lado se vería como su hija. No solo era simpática la idea, sino que en realidad la pequeña le quitaba unos tres años a él. Quién, se suponía era el mayor de los presentes.

– ¿No te digo amiga? Los Dinosaurios retornarán entre los humanos –

E ideal para su estatura, la pequeña le ofreció un chirlo repentino al caballero. Fue tal la sorpresa, que Saúl pegó un salto y la desconocida largó una carcajadas. No de esas que funcionan como timbre, sino de esas que forman un eco entre el vacío de las calles.

Faltaba poco, y a las cuadras se podía contemplar un gentío fabuloso. Asimilaba al ingreso a un recital de un artista mundialmente reconocido.

– Parece que tendremos un poco de espera, haciendo cola –

Anunció Saúl, y parecía como que el delicado choque de manos en su nalga le hubieran renovado la confianza y la voz propia que yacía oculta.

– ¡Habló! –

Gritaron ambas, como si triunfaran sobre la victoria en un partido de futbol.

Él se había vuelto tan silencioso, que parecía autista. Pero en realidad aún no despertaba de las ilusiones oníricas tempranas. Sin lugar a dudas, se estaba divirtiendo y había logrado olvidar que al día siguiente a esa misma estaría trabajando.

– No te preocupes por la demora, mi vida. El dueño me conoce porque estuve acá de barwoman hace un año. Pasaremos inadvertidos –

– ¡Siiiii!! ¡Entradas gratis para todos! –

Gritó Tamara, provocando mayor atención que con su cuerpecito con forma de corcho.

Y, dicho y hecho, la fila de personas observaba como hienas hambrientas, pues ellos pasaban a un lado y, con el susurro sonriente de la señorita, el caballero de seguridad les dejó pasar sin pagar.

Entre las fortuitas miradas, una esbelta jovencita de ojos celestes se mordía los labios al advertir a Saúl presente en la noche…