16:40 ni un minuto antes, ni uno más tarde. Ya quisiéramos que fuese así, o ¿quizás no?. Prácticamente, llegando a las 17, el ómnibus se despedía de la ciudad para partir tránsito hacia la ciudad vecina.
Numerosas personas viajaban  aquél 7 de Junio, con abrigos y rostros serios. No faltaba algún bebé llorando mientras, desde la perspectiva de la ventana, veía el movimiento de los árboles junto a la carretera.
Llevaba el celular consigo, en caso de necesitar comunicarse con alguien y tenía la mala costumbre de llevar la abultada billetera en el bolsillo de su vaquero. Esto confirmaba la razón de las bulliciosas miradas, por parte de unas jovencitas en las butacas junto a él.

¿De qué culparlas? Claramente su cómoda forma de sentarse dejaba entrever un montículo de jean, que se confundía con su entrepierna.
Se hacía curiosa la idea de que hiciera un viaje para conocer a alguien, sorprendentemente, tan acorde a él. No es de extrañar en estas décadas el uso común de redes sociales y páginas de ligues en dónde se copian perfiles ajenos. Y  la austera sonrisa de la dama, se convierte en realidad en un mentón más velludo que la suave piel con la que interpreta tal personaje.

Pero él no tenía de que preocuparse, el viaje era relativamente corto y siempre podía, simplemente, pasear. Después de todo era su día de feria, y un mal augurio sería motivo de experiencia.

En su lugar, al menos, habría buscado el modo de comunicarme por voz antes de tomar tal resolución. Internet se presta para engaños y chistes de mal gusto, pero quizás esta no fuera dicha ocasión.

En la carretera no podía ingresar al sitio virtual, lamentaba no haber llevado un respaldo de su imagen con la agradable sonrisa. Y, tardíamente, recordó la foto que recibió con aquella seductora pose sobre la almohada. Volvió a explorarla, tan solo buscaba cerciorarse que los sucesos de la noche anterior no hubieran sido producto de un sueño inconcluso. Para su suerte, no era una ilusión.
Tras, solo, contemplarla no pudo evitar morder sus labios y acomodarse el cuello de la camisa. Ciertamente era una presentación abrumadora. El contorno de sus labios formaba una profunda fosa, que apenas yacía oculta en presencia de su dedo índice. De poder interpretar alguna clase de mensaje, el grosor de esa arista gritaba una única palabra. Indudable era reconocerla en la propia perspectiva del muchacho. Como si en plena honestidad demostrase sus intenciones.

Y, más tarde, optó por suspender su celular y dormir un poco. Pretendía llegar descansado al cumpleaños.

Aunque no supieras que imaginaba al ver esos labios, a continuación fue esclavo de la inducción onírica que lo describía.

Allí, en el fantástico mundo, yacía desnudo y recostado en un enorme jardín de silvestres flores.
Irónicamente su miembro estaba oculto, puesto que un manantial regaba agua por doquier y, efectivamente, se encontraba a su lado.

Cavilaba y se preguntaba qué hacía allí, inmerso en una naturaleza hipnótica y el celestial e interminable horizonte. Siquiera logró reflexionarlo, que las dóciles curvas de una mujer le dejaron sin aliento. Como la misma noche, con un cuerpo oscuro y etéreo, se aproximaba hacia él. Su piel y rostro eran desconocidos, sus pasos asimilaban la pantera sobre una pradera desierta.
Sin remedio, aceptó la evolución de los actos. El cuerpo se abalanzó sobre él y se arrastraba lentamente hasta cubrirle con sus brazos. Al acercar aquél rostro, que asemejaba al espacio, sintió un húmedo beso sobre el pómulo.
El cielo destellaba como un arco iris hacia el más allá y, ciego, ante la presencia de aquella esbelta sombra, cerró los ojos. Y, una vez allí, escuchó una mísera palabra con la voz más dulce que jamás creyó haber oído.

Muérdeme.

Y envuelto por labios protuberantes, la escena paradisíaca se desvaneció por completo. Ahora siquiera veía su propio cuerpo y estaba rodeado de retratos sobre el severo rostro de la dama. Tan enormes eran, que él imaginaba ser el dedito índice aquél, el que se posara en el bermellón enchastre de las paredes. Gemidos y risas de alguna mujer resonaban desde el fondo imperceptible y, de pronto, sintió un timbre.

– Atención pasajeros llegamos a… –

Antes de culminar la frase había abierto los ojos y se había despertado del extraño sueño. Rápidamente se acomodó en el asiento y notó como había babeado el respaldo. Tosió, como si con ello pudiese escapar de la atención de las jovencitas, que entre risotadas le observaban fijamente. Y, disimulando, revisó la hora de llegada.

Lo lamentable fue acabar reconociendo que nunca confirmó a la susodicha que viajaría. Por ende, quizás jamás la vería en la Terminal de Ómnibus.
Ya era tarde para arrepentirse, descendió por las escaleras y notó el frío de la tarde a diferencia del clima interior al que se había acostumbrado.

Gentío a mansalva recorrían los pasillos y el tumulto de voces era ensordecedor.
Tampoco habían combinado dónde se encontrarían, lo que dificultaba el panorama. Por lo que aguardó junto a una fuente de agua cristalina, que le recordaba al reciente sueño.
Aún faltaba como una hora para el cumpleaños, pero desconocía si demoraría en llegar al hogar desde la terminal. Además no supo cómo vestirse para la ocasión. Solo, por si a caso, portaba una camisa de gabardina, un fino pullover de lana, el pantalón vaquero y unos elegantes zapatos sport. Sin dudas, también, se había administrado unas gotitas de una loción de Calvin Klein, un aparejo que su padre solía utilizar a diario.

A menudo se rapaba el cabello, lo que indicaba en transparencia su oficio. Y ello lo convertía en el clásico buen mozo que algunas de las señoritas solía preferir.
Imposible de distinguir si se tratara de alguna clase de hombría, o más bien por el respeto que frecuentemente incidía hacia las personas.
¿Y de las mujeres? Pues, sin meritar demasiado: ¿Qué mujer no ilusionaría, sin generalizar, tener la protección de un caballero de tal porte. Así solo significara que la respalde, o para domarlo como a un peligroso corcel?

Era común, a cierta edad, que las señoritas sintieran atracción por un hombre que manifestara una prolija educación y, por si fuese poco, añejándose un poquito más, había comprado un ramo de seis rosas para generar una impresión aún más valiosa.
Si bien convivía únicamente con su padre, la madre había sabido educarlo en los pequeños detalles. Ser atento prolifera sobre cualquier porte varonil, decía ella. Y aunque ya no estuviera presente, sus enseñanzas vivían en él.
Así es, que ser soldado era la menor de las razones por la que se contemplara como una luz en el horizonte. Pues que, a ciencia cierta, esa clase de hombre ya se encontraba algo extinta.

A ver si se recuperan algunos, tras cierta lectura…

El tiempo pasaba sin cuerdas y desconocía si todo hubiera sido una farsa. Tal vez, al contrario, ella solía llegar tarde, incluso a sus invitaciones.
Resultaba curioso notar el incesante tránsito de personas, los estimulantes besos de despedidas y los abrazos que retorcían posturas ajenas. ¡Cuánto amor y cuánta desazón al mismo tiempo!

También admiraba a esos muchachos, cuyas madres los cuidaban con sumo detalle y hasta les peinaban la cabellera con los deditos. Como si les costara despedirse, temporalmente, de la joya de la familia.
Y, por en cambio, era imposible disimular la gracia al notar padres despedirse de sus hijas y protegerlas hasta de las miradas desmedidas. Abrigarlas más de lo necesario y fundirlas en un intenso abrazo de cariño, sin perder aquél simpático radar de detección.
Cuán fácil era prestar atención a los actos cotidianos de los entes, cuando se podía respirar la libertad del feriado.

Entre el agotamiento semanal, y las pocas horas dedicadas al sueño, no era sencillo que escaparan sonrisas de sus labios. Era menester que la alegría yacía en la pequeña esperanza, que el fraude solo sería un demonio personificado en sus pensamientos.
Aún la añoranza de distinguir a la dama en el entero mejunje de personas, iluminaba su llegada a la ciudad.

Pero no vamos a desmentir que, por momentos, sus ojos se paseaban por las ventas de boletos para un paulatino regreso.
Si bien las ferias laborales le permitiesen un día y medio de descanso cada quince días, temía que hubiera sido el participante fundamental en la farsa de un holgazán.
Incluso si con ello se revestía completamente como un obsequio, con aquellas rosas carmesí tan llamativas.

Había que destacar que, entre la muchedumbre, se encontraban algunas abuelas. Estas habían sido magnetizadas por la atención de aquella espera, e incluso sentían que eran espectadoras de una novela en vida real.

Los fantasmas son el único entorpecimiento en la resolución de los hombres. Cuando solo existe la espera, late el boicot de sentirse víctimas.

Pero solo se trataba de una falsa alarma, puesto que más tarde logró divisar su retoma sonrisa.
Habrían pasado unos treinta minutos que resultaron eternos ante la incertidumbre. Ella había llegado, incluso, sin haber concertado la cita. Y su presencia era más sublime que en los pixeles de aquella imagen.
Su pícara sonrisa le había conmovido y, antes de percatarse, le había contagiado tal alegría. El pesar se había esfumado y hasta sus movimientos se habían ralentizado tras la espera.
Al erguirse, planeaba ofrecerle el ramo de rosas, que asemejaban en su mano a las flores de un árbol de cerezo. Pero ella le dejó aún más paralizado, puesto que le confirió un esponjoso beso en el pómulo que fue avizorado por las ancianas en la distancia.
Mentiría al decir que lloraban de alegría al contemplar la proeza. Pues no estaba presente, más que imaginariamente. ¿Acaso no lo estabas tú también?

Un suspiro se soltó de su boca, antes de iniciar el diálogo. Pero no, sin antes, reírse del rostro del muchacho. Era evidente que su piel se había enrojecido, y casi tanto como los pimpollos.

– ¡Gracias! –

Fue su primera palabra, con la sutil sonrisa que le había hechizado desde la noche anterior.
Y los minutos volaban como si no existiera mañana.
Antes del hola ya sentía como los finos dedos de ella se habían adosado en su mano y, por poco, le arrastraba con una inesperada fuerza.
Boquiabierto yacía. Y ante el pasaje de personas que no lograba reconocer, sus ojos solo miraban aquella esbelta figura que le tironeaba hacia lo desconocido.

– Hola, perdón. Llegaremos tarde –

Creía, acaso, que le hablaba a él. Y cayendo de dicha ilusión, notó el celular plegado junto a su cabello mientras los dedos lo aprisionaban con fiereza. La misma tensión sentía en su mano izquierda y, en la sorpresa, se dejó llevar por aquél volante y acelerador imparables.
Era la primera vez que sentía como las maniobras surgían sin necesidad de su atención.
Y antes de reflexionarlo ya se encontraba en el asiento trasero de un taxi con la inquietante mirada de un vejestorio por el espejo retrovisor.

¿Cómo no sospecharlo? Si en medio del silencio del muchacho, ella conversaba enérgica y la confianza se estampillaba contra su porte.

Aquellos finos dedos, que momentos antes tensaban su mano, yacían apretando su muslo con insistencia. Los susurros cargados de sensualidad comenzaban a dejarle ciego. Pues mudo ya había quedado desde el beso de bienvenida.
Siquiera logró arrancar la abultada billetera del interior de su bolsillo para abonar el viaje, ella ya había previsto los gastos. Mientras entregaba el dinero, se disponía a abrir la puerta.

Era como si buscara trasgredir al propio tiempo y ofrecerle una patada por el trasero. Si así, lo tuviera.

El creía ser presa de aquella hostil pantera de su imaginación, que le arrastraba hacia su guardia.
Y en cuanto alertó la puerta exterior de roble delante de sus ojos, oyó el revoltoso caño de escape en la retirada del Renault 12 amarillo y negro. Finalmente, en ese preciso momento, logró divisar, en paz, a aquella desconocida.
Las espera a la respuesta del timbre le había permitido explorar, con la vista, el cuerpo de aquella elegante mujer.
Siempre sorprende como las mujeres rivalizan con el clima y logran rebelarse a enfermarse por frío, así tan solo vistan atractivas.
Mas luego tienen la sensatez de comunicar que les agobia aquél mismo frío pero viven la noche como si fuera la última visita a una gala de belleza.

Al ingresar al hogar, le presentó a cada uno de sus amigos. Y tantos que tenía, que además de verse radiante, era la única mujer presente.
Entrando la media hora , después del tiempo a convenir, se brindaba en pos del servicio de parrilla de un galán de apariencia aria.
Ante los presentes, logró divisar a un cabizbajo muchacho, cuya atención yacía a los pies.
Comentarios y alegrías replicaban en el ambiente, y la voz de ella era tal como la hubiera soñado.

Casi asimilaba a que todo había sido predestinado, ella estaba a su lado, mientras que a su lado se encontraba aquél joven que difería en la reunión social. Pues todos reían y se divertían, pero él, Neky, navegaba en algún universo utópico.
A pesar de lo distintos que ambos eran, del resto de amigos, ella les tenía aprecio a los dos. Pero esa noche ya había elegido un pretendiente, y estaba claro quién sería…