Un millar de dudas rondaban por su cabeza, pero las principales eran dirigidas a la realidad que se presentaba.

¿Sería capaz de venir? ¿Y en horas de la noche? ¿Dónde se quedarían?
En algún momento sombrío… pensó, inclusive, que se trataría de una broma. Y a medida lograba divisar su hogar en la distancia, en cuanto comenzaba a ansiar la llegada, sintió la vibración constante de su celular que invadía su muslo.

– ¿De veras? –

Se preguntó sin mesura y creyó alguien respondería. Más bien se trató de su subconsciente que admitía tal posibilidad.

Ya oía el show televisivo con plenitud a pocos pasos de la puerta. Capturó el celular y lo observó detenidamente.

– ¿Irás a buscarme a la Terminal? No conozco a nadie –

Siquiera sabía como resolver tal situación. Pero, al menos, contaba con suficiente dinero, dada su labor mensual sin descanso.
Y como si todo se tratase de una estratagema del destino, recibió un llamado telefónico.

¿Se trataría de ella? ¿Impulsiva, aguardaría una respuesta y decidiría llamarle?

La incertidumbre solo se tornaba más profunda. El llamado provenía de su trabajo.

¿Le habrían descubierto por el caos inducido, luego de su puñetazo?

– Si, General. Dígame –

Respondió, sin más, y con seriedad aguardó sobre la calzada. Como si una probable orden llegase desde la comunicación.

– Creemos necesario informarle que… –

Saúl había perdido el aliento de momento. Temía que tuviese guardia esa noche, en el momento en que, al parecer, Angélica se aproximaba a su ciudad.

– Si… ¿Señor? –
– Tómese su descanso soldado. Le veremos nuevamente a partir del Jueves –
– ¿El Jueves? –
– Si, como oyó… –

Una explosión ilusoria de fuegos artificiales se encendía sobre su cráneo. Y en cuanto cortó la llamada, saltó triunfante. El destino le develaba una magnífica señal.

Y siquiera logró concretar el festejo, que un tosido detrás de la puerta de ingreso le tomó por sorpresa. Manoteó el picaporte y, antes que pudiera reaccionar a su llegada, Zoe se encontraba allí, viéndole por debajo. Su estatura implicaba verle por debajo de los hombros.

– ¿Zoe? –
– ¡Ah! Saúl… –

Ambos cruzaron miradas y el celular permanecía vibrante, como si poseyera vida propia.

– ¿Qué hacías en la puerta? –
– Pensé que era tu padre, quién llegaba –
– ¿A dónde ha ido él? –
– Fue a comprar algo para cenar –
– Espero me haya contado, estoy hambriento –
– ¿Cómo no hacerlo? –
– Pasa –
– Es mi hogar ¿no? –

Y las risas quebraron el incómodo momento de fijas miradas.

Saúl avanzó y la muchacha se apartó del paso. Planeaba asistirle con el abrigo, al tiempo que denotaba un rostro incómodo por la fría brisa que ingresaba.

– ¿No atenderás? –
– Si… Es que… –
– ¿Qué? –

Alzó la vista y la notó tan sumisa que imaginó cubrir en brazos para ofrecerle el candor de su cuerpo ante el gélido ambiente. Estaban solos, a saber hasta qué momento, pero la idea de concretar aquello que formaba parte del pasado. De fusionar sus labios en un intrépido y tierno beso le congojaba.
No tardó en recordar que su celular aún sonaba y, olvidando toda intención, encendió el visor y se volteó hacia la cocina.
Zoe se derrumbó de espaldas sobre el sofá, cruzó las piernas y liberó un pie del calzado, una pantufla con forma de un simpático elefante.

– Estoy sediento –

Murmuró. Más luego cargó un envase con agua y a medida lo dirigía a sus labios, observó de reojo la pantalla.

– Ya estoy en camino. Más te vale que vayas a buscarme –

Leyó desde el celular, y luego sintió la tv encendida.
En cuanto ladeó el rostro para avizorar a su amiga, la contempló recostada sobre los almohadones. Portaba un diminuto y liso camisón, que tiempo antes no había advertido.

Escupió, de pronto, al ver sus nalgas semi desnudas, de no ser por un lienzo de algodón que cubría la curva.

– ¿Qué paso? –

Exclamó ella, con suma inocencia.

– ¿Por qué no estas vestida? –
– Esto… Lo siento. Olvidé traer mi pijama de invierno… –

Contestó, mientras mordía su dedo índice y los labios se fundían con tenacidad.
Por poco Saúl perdió el aliento y el tiempo apremiaba.
Liberó el pocillo y se marchó a su habitación. No sin antes espiar el cuerpo rendido sobre los sillones, al atravesar la puerta del Living-Comedor.

Ella se lo habría imaginado, pues sonreía mientras contemplaba la tv.

Saúl olvidó los detalles al dirigirse hacia su lecho. Tomó un bolso del placar, mientras el celular se arrastraba sobre las sábanas. Tal era su sutil vibración.
Y al término de introducir algunas prendas, incluida una billetera, con cambio y las tarjetas de crédito y débito, creyó oír la puerta al dormitorio entornarse.

– ¿Ya te vas? –

Murmuraba Zoe, pesando un brazo sobre la puerta y sus piernas se franeleaban una sobre la otra, como un delicado cisne.
El muchacho la vio de reojo . De no ser por Angélica, se lanzaría sobre Zoe ante la soledad que lo amparaba.

– No me digas que tienes guardia –

Añadió luego, sin permitirle responder siquiera. Y en cuanto planeaba sincerarse, ella acometió con una frase que sepultó cualquier tipo de excusa que pudiese plantear.

– ¿Tu novia? –

Él asintió. Y aunque fuese improbable, ella sonrió. Más luego regresó sus pasos y se sobó los ojos para no lamentarse.
El muchacho estaba sorprendido por lo bien que lo había tomado su amiga y, en cuanto notó que la ganancia del tv se elevaba, decidió su retiro del hogar.

– ¿No vas a saludarme, siquiera? –
– Si. Lo siento –

Regresó rápidamente, soltó el bolso, la abrazó sobre el sillón y le pareció sentir el húmedo pómulo al besarla.

– ¿Estarás en la ciudad? –

Saúl asintió y tras retirarse ella le tironeó de la mano y le fundió los labios con un beso.

– Lo siento –

Él quedó perplejo, viéndola sentada sobre los almohadones y, a punto de posar los dedos en su boca. Sus ojos resplandecían notoriamente y, de no ser por todo lo que ameritaba, el clima era propicio para pasar la noche con ella. Sin embargo, sin mediar palabras, se marchó.
Y Zoe soltó el camuflado sollozo que posponía con sumo esfuerzo.

Siquiera pudo cambiarse, pero llevaba una muda de prendas en el bolso. La terminal de ómnibus le quedaba lejos, pero estaba dispuesto a cruzar la entera ciudad con tal de ver su sonrisa nuevamente.

En algún momento sintió el descanso de la ausencia de vibraciones, pero imaginaba la ansiedad de Angélica al recibir la noticia de una supuesta ex novia.

Su padre había regresado al hogar con la cena lista y, allí, encontró a Zoe con el rostro cubierto de lágrimas. Intentó calmarla, pero no había mucho que pudiese hacer al respecto.

Pronosticando la llegada del ómnibus, Saúl, había llegado a la Terminal a tiempo, a pesar de su largo recorrido.
En el camino había solicitado la reserva de una habitación en un Hotel. El mismo, de edificación antigua, se encontraba a pocos metros de la Estación de trenes de la ciudad.
Había hecho la reserva por una noche, ameritando la posibilidad de ampliar la estadía.

Frente a una plazoleta, en horas de la noche, aguardaba el muchacho. En un deteriorado banco de rocas, mientras los viajantes transitaban entre las galerías.
Tras extensos minutos que labraban la espera con intensidad, vio a Angélica descender del transporte entre un reducido número de individuos.
Si bien no sonreía, el solo hecho de volver a verla le llenaba de ilusión y lo cautivaba de forma desmedida.

– ¡Angie! –

Gritó él, mientras la alegría se apoderaba de él. Y la damisela aguardó junto al vehículo, observando a los lados como si se encontrase perdida en el entero mundo.

– Aquí estoy –

Clamó, más tarde.

Y sus miradas se cruzaron, de pronto, vaciando todo ser presente en sus perspectivas. Sus ojos se hallaron los unos a los otros y, antes que se percatasen de lo sucedido, se veían tan cercanos que los labios de ambos se moldearon en un prolongado beso.

Casi parecía un cobro vocal de amor a distancia, o la respiración boca a boca tras un ahogo. Se besaron como el primero y como el último día. Y sería, quizás el último en que se reunieran de tal manera.

Los espectadores dispares no existían, ni ex, ni admiradores, ni propiamente tú o yo que atestiguáramos aquella trascendental relación de almas.

Aún quedaba tiempo para diálogos, para intercambios de ideas. Sus voces estaban mudas y, en aquél momento, solo existía una acción. Aquella amorosa dedicación al prójimo. Sin importar recaudo alguno, las brisas gélidas o el propio paso del tiempo.
Eran ella y él, sumergidos en una benevolente consecuencia del destino.
Eran Angie y Saúl, dedicados a la entrega de sus corazones en un amor sin riendas…