Ante los latidos del intenso corazón

por | Abr 4, 2018 | Del rebelde Fuego al latente Aire. De Pasión y de Cenizas.

 

Dispuestas estaban las tacitas con chocolate caliente sobre la mesada del Living-Comedor. El padre de Saúl se precipitaba sobre el sofá y, manipulando, el control observaba la televisión. Zoe se había desprendido de los brazos del muchacho y, al sentir el peculiar aroma del chocolate, se internó en el hogar, besó la mejilla del señor de la casa y, agradecida, se sentó en una silla. Sus ojitos relucían ante el batido oscuro que conformaba el interior del pocillo. Movilizaba las piernas, inquieta, como una niña dispuesta a tomar la merienda.
Siquiera se había quitado el abrigo, que Saúl se acercó a ayudarla como si fuese su hermana menor.
El diálogo iniciaba con creces entre Zoe y el padre con una confianza, que incluso Saúl nunca habría notado en otra mujer.
Colgaba el abrigo y la bufanda rojiza sobre el perchero, junto a la puerta de ingreso, y en silencio observaba todo como un espectáculo en un salón de teatro.

– Tengo justo lo que buscabas –

Exclamaba, con soltura, ella y alzaba un pendrive con un llavero que poseía la forma de una rosa.

– No me digas… –
-¡¡Sí!! –

Exclamó ella, y la sonrisa del padre se tornó más convincente. Saúl se sintió como fuera de la estratosfera, pero imaginaba a que vendría tanto escándalo.
Durante noches, cuando no había película que mirar, solían invitarle a ver una serie policial que compartían una vez a la semana.
Descontando las primeras ocasiones que, al ir atrasados en las emisiones, Saúl dormía y sentía una batalla de disparos y sirenas tras el pasador hacia el Living-Comedor.
Le habían invitado en numerosas ocasiones, pero su labor no le permitía tales libertades.

También habían sido la excusa perfecta para que Zoe obtuviera la confianza hogareña y se quedara a dormir, en vez de estar sola en su departamento céntrico.
El armario que solía ser de la madre difunta de Saúl, jamás se tocaba. Sin embargo, poseía dos estantes en los que la amiga de la infancia tenía permitido conservar algunas prendas propias. Incluso, hacía poco, había obtenido también la confianza para tomar duchas calientes y elaborar algunos platos para asistir en las cenas.

Saúl yacía pálido, al tiempo que sentía la fragancia de Zoe levitar sobre la bufanda. La veía de espaldas y, aunque tuviese una refinada túnica, sus redondos y desnudos hombros le dejaron perplejo. Creía imaginar a un chupasangres meciéndose sobre su cuello, cuando tras notar su recta espalda advirtió un lunar en la zona del omóplato que le ayudó a imaginarla desnuda. Allí, delante de sus ojos y al alcance de sus manos.

Zarandeó la cabeza de pronto, mientras la baba emergía de su labios y refregaba el brazo sobre la comisura. Sentía una mirada fija por detrás, bajo su nuca, y al voltearse alertó las cejas de su padre que se alzaban, como si vaticinaran el resultado de aquél encuentro. Aunque la previsión no fuese errónea, Saúl se sentó junto a Zoe y sintió el calor de la porcelana junto a sus dedos, mientras bocanadas de chocolate se camuflaban en el interior de sus fosas nasales.

– ¡Ponlo Zoe! Estoy ansioso –

Y, faltando más, la joven se irguió de su asiento y conectó el disco extraíble en el reproductor dvd. Su espalda ofrecía una portada exclusiva para el muchacho, quién por poco se quemó la lengua al beber un sorbo de chocolate.
Lamentablemente no tenía la excusa para retirarse a dormir, puesto que de allí había llegado.
Esperando que Zoe regresara a su asiento revisó el celular, dispuesto a inventar excusas para no verla. Y en ese preciso momento, cuando comprendía que no había recibido novedades de parte de Trufa Silvestre, sintió el tacto ajeno sobarse sobre su labio superior. Tras soltar el teléfono notó a Zoe delante de su vista. Su menudo busto, apenas visible, se encontraba servido sobre la mesada mientras un lienzo de seda zigzagueaba de forma espontanea.
Le sobaba el dedo índice sobre el bigote de chocolate, y con una inocente sonrisa se lo mordía tras incorporarlo entre sus labios.

Sus ojos enormes y las cejas alzadas presentaban un resplandeciente oasis de tonos amarillentos.
Saúl se quedó sin palabras.
Y a poco imaginó la estridente mirada de su padre, atenta a la reacción de su hijo.
Pero éste interrumpió el suceso al activar el capítulo en el almacenamiento del disco, y la música del inicio de la serie fue suficiente para que Zoe saltase de ansiedad y corriera a su sitio.
Bastó el momento para que Saúl contemplara sus curvas, que con el pasar del tiempo lograba asimilarla más y más como a una mujer.
El padre del muchacho extinguió la iluminación, cerró la persiana y regresó a la comodidad del sofá. Mientras Saúl, por su parte, observaba en silencio y el perfume de la joven parecía revolotear sobre él. Se mezclaba la fragancia con los aromas del chocolate, mientras la delicada imagen de su busto y los finos labios se interponían en lo más profundo de sus pensamientos.
Tras beber otro sorbo, sintió los dedos de ella presionando su mano.

Siquiera lograba concentrarse en el episodio que alertó una luz intermitente desde la esquina de la mesada. Zoe había olvidado su celular allí y, mientras yacían concentrados en la pantalla, Saúl arrastró la mano y lo capturó.
Más luego, se retiró a su habitación. Aunque su padre murmurase unas palabras, no insistió.

– ¿Te acuestas de nuevo? –
– Pooobre. No entendería nada ¿no? –

Respondió ella y sus diálogos se distorsionaban al cerrar la puerta al dormitorio.
Saúl se recostó sobre su lecho y, suspirando, encendió el celular de su amiga.

Apenitas el tiroteo resonaba desde el Living-Comedor y le calmaba saber que Zoe estaría atenta al show televisivo.
Necesitaba quitarse esa duda que se impregnara en su inconsciente desde el día de su cumpleaños.
Sabía que tal intromisión podía costarle los años de confianza con la joven, pero tras ver aquella nota no dejaba de mirarla con otros ojos. Había olvidado, incluso, sus aventuras de la infancia, sus juegos e inocentes deseos. De repente, contemplaba cada acto de ella con mayores intenciones que una amistad.

Desconocía si se tratara del aluvión de anhelo despertado tras la noche de hotel con Angie, pero misteriosamente solo Zoe le permitía pensar en alguien que no fuese su novia.
Estaba confundido, y por momentos soñaba con ambas. Era como si una depravada intención se apoderara de él.
Quisiera, acaso, sospechar que la nota del celular no era más que el aprecio hacia un hermano mayor o el ideal a un príncipe azul que él desconocía.
Pero, para su suerte, la nota no se hallaba. Tan solo sus álbumes de fotografías y uno nuevo, titulado como:

Myself
Como aquella vieja canción de Celine..

Supuso que hallaría la nota en el interior. Creyó además, que tal razón justificaba observar que escondiese en el interior del porfolio.
Y la novedad arrasó con toda la sencillez con la que recordaba a su amiga. Unas veinte imágenes se presentaban en pestañas con un clima que, a poco, se adueñaba de sus libidos instintos.
No estaba claro si una repentina oleada de calor le estaba haciendo sudar. Apenas la luz del velador dirigía reflejos a su rostro bordó y, acto seguido, su mano libre se detuvo en el montículo que conformaba su pantalón.
Imaginaba el transitar de una cinta, donde las ideas iban siendo empujadas por ratoncillos empresariales, depositadas en cubos que portaban un cartel invisible y se cargaban en un transporte. El mismo se dirigía hacia un letrero que titulaba:

El subconsciente…

La mayoría de las imágenes eran selfies, salvo dos de perfil y delante del espejo. En gran parte de ellas portaba una camisa sin mangas y un short de jean desmenuzado a la altura de los muslos. En otras vestía un camisón corto y ostentaba un tenue maquillaje con la melena suelta, mientras en otras asimilaba a estar recién despierta y posaba con el cabello desprolijo.
Saúl disfrutaba la perspectiva mientras su dedo índice pasaba las páginas sobre el visor del artefacto. De pronto, y sin advertirlo, Zoe ingresó desde el Living-Comedor. Apenas era visible por la claridad de la túnica y entornaba con suavidad la puerta, al tiempo que llevaba las manos a sus labios. Yacía sorprendida, puesto que contemplaba a su amigo con el celular y una mano pesaba en el campamento de su entrepierna.

La delgada figura de ella suponía un limitado peso corporal, puesto que la superficie de madera siquiera replicaba ante la presión de sus pasos.
Saúl suspiró de repente, quizá recordara a Angie y por tal razón se desprendió de las fotografías y soltó el bulto. Planeaba recostarse, cuando advirtió a la joven a su lado. Siquiera logró apagar el visor que ella había advertido una imagen. En la misma ofrecía un beso al espejo y aguardaba sentada sobre una silla, con las rodillas encorvadas y las piernas abiertas. El short, casi, asimilaba a una delgada tanga. De no ser por la tela de vaquero, fácilmente podía ser propicia.
Saúl frotó las palmas sobre sus ojos y la baba se soltaba desde su comisura.

– ¿Lo viste? –

Preguntó Zoe. Como si con ello descubriese algo más claro, que lo que sus propios ojos le conferían.

– Como para no hacerlo –

Respondió él, en seco. No estaba claro si las imágenes le resultaran atractivas o verla tan liberada dañaba el recuerdo de la pequeña Zoe.
El rubor se amplificaba en el rostro de la joven y, por poco, sintió que su pulso se elevaba. El muchacho le tomó desprevenida, por la mano, y la tironeó sobre el lecho.
Sin rodeos, Zoe, se dejó caer a su lado y ambos miraban hacia el tejado mientras sus piernas se sobaban como una enredadera junto a un mural.

– T… Tu padre… –

Exclamó ella, avergonzada, al ver que la puerta del dormitorio se abría produciendo un ligero crujido.

– ¿Recuerdas cuando mirábamos las estrellas de esta forma? –

Le interrumpió él, quitando todo decoro presente en ella y proponiéndole una atención diferente.
El solo hecho de rememorarlo le había ayudado a liberarse del celular y el álbum de fotos calientes, de distraerse y finalmente recuperar el aliento.
Ella estiró su mano por encima de su dorso y recostando la cabeza sobre la almohada le siguió la mirada.
Saúl alzó una extremidad al tejado y nombraba las constelaciones, con los ojos cerrados, recordándolas segundo tras segundo:

La Cruz del Sur…
Orión…
Las Tres Marías…
La blanca y amarillenta Canopo…

– Como tus ojos color miel –

Ella dedicaba unos instantes a notar aquél espesor que acampaba sobre el vaquero de Saúl. Imaginaba que su imagen, quizá su figura, sus poses y las fotos le habrían puesto así. Casi, con gloria, mordisqueaba los labios mientras la piel se le ponía de gallina.
Al instante, alzó la vista y descubrió que él le miraba a los iris. Le había descubierto en la antojadísima inspección y carecía de formas para pasar desapercibida.

Comenzando a sudar, Zoe, como lo hiciera él con anterioridad, el clima subió la temperatura y, sin vacilar, notó como gradualmente el rostro de Saúl se avecinaba sobre ella. Hasta que los labios del muchacho parecían ocupar el completo paisaje y, en medio de un suspiro, oyó sonar la puerta de la habitación.

– ¿Se durmieron ya? –

Exclamaba el padre de Saúl, a punto de ingresar al dormitorio…