Ante la Avidez, la Angustia y la Prudencia

por | Mar 11, 2019 | Del rebelde Fuego al latente Aire. De Pasión y de Cenizas.

El atardecer se constataba como un libre flujo que fundía la luminosidad en todos y cada uno de los recovecos del hogar. Como si no planease regresar por un tiempo, se palpaba anaranjado tal resplandor durante breves minutos.
Tan miserable tiempo y de superior profundidad, coincidiendo yacer, dispuesto, en el hogar y conformar una inmensa luz interior.
Fundidos los pechos recibían un galope de latidos, que trascendía en lo recóndito de los cuerpos. Como si un seco y veloz golpe, contra una pared, hiciera eco desde el lado opuesto del umbral.
El abrazo en Zoe producía consuelo y en Sául significaba una súbita mirada hacia los alrededores.
Sentían el tacto y la eléctrica conexión de sus pieles, disfrazadas por los diversos telares de las sábanas. Los ojos del muchacho se dispersaban, observando los cuantiosos adornos, prendas, colores y fotografías que, ordenados, se distribuían en la inmensidad del dormitorio.

El diálogo no era opción. Podría quizás ensordecer aquél benigno santiamén de paz que conmovía al corazón.

Y, demasiado debate y diferencia aglomeraba en día que con una exasperante calma iba finalizando.
Llegadas las horas nocturnas, parecía consolidarse el afecto.

No negaremos que el recuento de vida del padre de Saúl nos había facilitado toda reflexión. Y así sucede, que cuando nos embarcamos en imponer un punto de vista olvidamos las más pequeñas e importantes razones que nos unen…

Tras el paso de segundos y, en el contagioso silencio del portón que daba acceso al hogar, se cerró con suavidad. Zoe abrió los ojitos con sumo asombro.
Cada ruido, cada melodía y cada voz yacía en silencio. Apenas repiqueteaban los latidos y, a duras penas, se notaban en la nada misma del ambiente.

– Tu padre… –

Clamó ella de repente. Dulce e inocente, sonaba su habla ante la ausencia de fragores.

Y ante la mezcla de fragancias, en el panorama, el muchacho refutó:

– Se ha ido –

Tras asentir, la joven buscaba tomar distancia. Sin embargo, al notar la presencia de la luz, desde el visor del celular, arropó con mayor fuerza los hombros de Saúl.
Las manos de él no soltaban la cintura desnuda de la compañera, puesto que el top apenas cubría parte de su espalda. Así, el tacto le producía una sensación de piel de gallina y, deliberadamente, los ojos del muchacho se cernían en el aparato telefónico aquél. Apenas advertía la recepción de los mensajes de Angélica, que llegó uno por parte del General Giménez.

Sin más, Saúl cerró los ojos. Reflexionaba el inicio de las tareas laborales y se desprendió de los brazos de Zoe.

– ¿Qué sucede? –

Exclamó la damisela, dispuesta a poner en duda su propia intuición.

Y, a pesar de tener ciertos presentimientos, el destino tomaba un sendero opuesto. Saúl había ignorado su celular y se dirigía hacia el Living. Tras su espalda, Zoe, le contemplaba sin palabras.

El muchacho evitaba la recepción de los mensajes.

– Te parece si… –

Allí yacía, de espaldas, hablando, y la joven temía que todo finalizara en aquella ocasión. Asimismo, la oscuridad le confería un presente espiral pero, tras encender la luz, el muchacho tomó algún artículo de su escritorio y las pestañas de Zoe, yaciendo adosadas, se separaron repentinamente.

Asintiendo, sintió una leve ceguera al pasar de las latente oscuridad a la constante iluminación.
Y en aquella portada, casi mágica, advirtió a Saúl manotear el picaporte y alzar sobre su tórax el video juego que ella le había obsequiado por el cumpleaños.

Siquiera hubo tiempo de discernir una respuesta, que los iris miel de Zoe resplandecían con notoriedad. Como en un sueño, se irguió del lecho y se retiraron hacia el Living. Pero no sin antes voltear hacia el suelo y ver las novedosas recepciones de los mensajes electrónicos.

Distraídamente, la joven empujó el aparato bajo el lecho para evitar cualquier clase de distracción y, antes de vaticinar los momentos, ya se encontraban frente a la Tv, encendiendo la consola.
El sofá había sido movilizado por ambos, para luego sucumbir en comodidades.

Antes de comenzar el escape hacia la diversión, Zoe tomó la compotera del postre de Saúl, cuya crema asimilaba a un mousse multicolor y él regresó al dormitorio para extinguir la claridad.

Como era de esperarse, no halló su celular a la vista, pero si el de Zoe sobre el lecho.
Antes que ella pudiera deducir un pronóstico opuesto, el muchacho regresó al sillón y, a medida iniciaba la presentación del video juego, recibió la compotera helada.

Deliberadamente, Zoe y Saúl se observaron e iniciaron la noche de ocio. El padre, efectivamente, se había retirado y les permitía compartir un plácido momento, lejos de los berrinches del atardecer.

Así, se constataban las risas, los eufóricos aullidos ante el suspenso y el silencio del habla ante la compenetración.
Como estatuillas, yacían ambas figuras bajo el fugaz resplandor de la pantalla. Conformando indescriptibles y holgadas sombras junto al paredón.
Fragancias vitalizaban el aire y la cucharilla montada de crema ingresaba en sus fauces, de vez en vez. Se mezclaba el sabor con la saliva e inusitadamente Saúl imaginaba un beso entre ambos.
Tan pronto la ilusión parecía tornarse real… Sin embargo, no lo era, puesto que el inconsciente de Saúl le recordó a Angélica.
El placer de los carnosos labios y el suplicio de sus gemidos a pocas horas de pasar un día entero.
Así  sudaba mares y Zoe no lograba percibir el impacto de los recuerdo en su mente, aunque sospechara ante los nervios del muchacho.

A la deriva se hallaba él, en un islote colmado de fotografías. Dónde los encuentros compartidos con Zoe conformaban el terreno y sus vastas colinas. Pero ante el mar ilusorio advertía la fugaz estrella solar que, resplandeciente, se transformaba en los labios cubiertos de lápiz labial de Angélica. El mismo grosor que había advertido cuando yacía atado en el lecho.
Ahora, incluso, amordazado, en silencio, negaba la éxtasis y era prisionero del deseo que sucedía en su mente.

“You Lose”  Replicaba en la pantalla y la baba se sobaba desde los labios del muchacho.

– ¡Saúl! ¡Saúl! –

Clamaba Zoe, quién manoteaba su brazo buscando que espabilara.
 Parecía dormido, pero todos sabíamos que no lo estaba… ¿Verdad?

En cuanto regresaba en sí, vio el reflejo claro sobre el pálido rostro de su compañera. Los ojitos miel asimilaban a caramelos y la delicada piel de la juventud le invitaba a sucumbir en los placeres más recónditos del alma. Esos, que solo oímos cuando reflexionamos con uno mismo.

La partida de entretenimiento carecía de importancia ya. Una brisa gélida soplaba desde el refrigerador y la esbelta figura de Zoe, de pronto, sostenía el postre envasado en un cubo de tergopol y apenas la iluminación austera lograba despertarle del ensueño, para advertir aquellas curvas corporales y sinuosas que ostentaba la joven delante de sus ojos.

– ¿Mañana trabajas? –

Interrumpió Zoe, sobando los labios en una congelada gotilla de chocolate que se hallaba bajo la cubierta del postre.

– S… Si… Probablemente –

Y, rápidamente, Saúl contempló la hora en un programa televisivo. Luego regresó a la pantalla del juego. Sin embargo, sus ojos ya no prestaban atención a la acción. Más bien permanecían en un diligente magnetismo hacia ella.

Apenas comprendía… ¿en qué momento servía nuevas bochas de helado en las compoteras? ¿Cuándo había pasado tanto tiempo? Eran cerca de la 1 de la madrugada… ¿Dónde estaría su padre? y, por supuesto, ¿qué noticias habían en su celular?

Algo que, popularmente, indagábamos hacía un buen rato. ¿Notaba él, acaso, como tú y yo que Zoe prefería evitar tales distracciones?

Antes del cierre de las cornisas, antes de la acometida al lecho y el sueño interrumpido por las horas laboriosas, yacían ambos, mirándose, sobre el sofá de terciopelo, degustando más postres y, ¿cómo no?, presumiendo las húmedas bocas humanas más de la cuenta.

No habían palabras que consolasen la ansiedad, no habías cumplidos ni afecto transparente. Eran dos cuerpos, disfrutando la crema glacial y rebatiéndose miradas fotográficas.
Y cuando las luciérnagas trasnochaban, sin palabras, Saúl se retiró a dormir. Buscó arduamente su celular, entregó el ajeno sin siquiera verlo y, apenitas, murmuró:

– Buenas Noches –

Zoe palidecía entre la frialdad del ambiente, la ignorancia de Saúl sobre su álbum de fotografías y la ausencia de sentimientos claros. Sabía que Angélica lo habría devastado y creía que era una oportunidad de pocas. Sin embargo, no habían palabras que, cómplices, relatasen aquella situación.

Sola se había quedado y, para cuando el padre de Saúl regresó, ella ya dormitaba entre desconsoladas lágrimas.

El silencio parecía como si la ida del hogar no hubiese aclarado asperezas. Pero al ver el padre las compoteras limpias sobre la mesada, el sofá reclinado y el cartucho del video juego, comprendió que todo iría para mejor…

¿Lo iría, realmente?