Sus suspiros se oían cada ciertos minutos. Se había volteado para dormir, como la noche anterior. en el ensueño y la dulce espera, que sus brazos la rodeasen por la espalda ante las brisas del invierno.

Sin embargo, Saúl estaba pendiente en el celular. Efectivamente los mensajes eran de Trufa Silvestre, o Angélica, su supuesta novia.
Un noviazgo, apenas concertado por una noche de pasión, hacía cerca de un mes atrás. Siquiera habían palabras que lo constataran. Pero el sentimiento en el muchacho era real.

Por momentos pasaba por dilemas propios de la juventud. En que el amor a distancia le ofrecían riendas a diferentes destinos. Y el diablillo aquél, que desde su inconsciente le jugaba malas pasadas yacía hiperactivo. Aún así, lejos del convencimiento tal, escapaba. Apenas su confusa relación con Zoe le producía un intenso remanente de confianza, que le incitaba a tomar una resolución opuesta a los sentimientos.
Tan solo la sana inocencia de la joven le permitía seguir respirando, lejos de un pecado de infidelidad. Sin embargo, la noche pasada no pudo ser suficiente reparo. Y la insistencia virtual de Trufa Silvestre le había salvado de cometer… ¿Acaso un error?

Tampoco es que estuviese comprometido… Pero Saúl prefería una relación seria, tal como hubiésemos conversado en las veinte mil palabras detrás.

El destino llegaba a tiempo a azotarle la puerta. Aquél que por momentos te apoya y en otros se contradice…

Creyó sentir la nariz tapada en Zoe, intentando respirar e imaginaba sería producto de un resfrío. Pero todos concebíamos la realidad con exactitud ¿Verdad?
Cuando un amor no es correspondido puede ser una espina profunda en el corazón, que si no se trata nos puede liquidar.
Pero su historia era un punto y a parte… o ¿quizás no?

Saúl no denotaba alegría, puesto que los mensajes no eran  oportunos. Mucha información se develaba y, aunque él explicase su situación laboral como razón al amor distante, ambos eran jóvenes y ostentaban incontables posibilidades.

– Tuve un altercado con mi madre y un amigo me hizo un sitio para hospedarme unas noches. Neky… Le conoces del cumpleaños –

Amplios detalles en tan corto período de tiempo. Saúl estaba confundido. Incluso no lograba reconocer al muchacho aquél. Puesto que no se trataba de Martín, el ario. Con quién, incluso, parecía tener una amistad más cercana.
Inolvidable el momento en que le drogaron y aprovecharon la situación para tomarle un par de fotos.
¿Acaso sería Neky el muchacho que fumaba sus flores y, entre mareos, observaba fijamente el trasero de Angélica tras su despedida?

 

Tarde o temprano, lo deduciría y tal aberrante recuerdo le provocaría una infinidad suprema de incertidumbres.

– ¿Cuándo volveremos a vernos, mi amor? –

Sepultaba sus mensajes, pasando por alto una gran variedad de emoticones en diferentes envíos.

El muchacho siquiera pudo emitir respuesta que, luego de un suspiro, optó por dormir. Quizás fuesen amigos con derechos, pero novios, al parecer, no lo eran. Saúl no podría entender aquellas palabras. Sobre pasar las noches con Neky.
¿Podría acaso convivir con él en su hogar? Junto a su padre y Zoe? Ciertamente, no.

Demoró en conciliar el sueño debido a los pensamientos. Si bien el cansancio ameritaba, su cabeza lo mantenía activo.

– ¿Por qué no una amiga? –

Se preguntaba, casi constantemente.

Pero era algo que notamos en el festejo del cumpleaños. Y aunque terminasen la noche con Tamara, pasado un tiempo la perdieron de vista.

Zoe había creído oír la voz de Saúl y, a poco olvidaba el lamento, se volteó para verle pero yacía con los ojos cerrados. Como si se estuviera obligando a dormir.
No todo sería tan fabuloso como un cuento de hadas y, finalmente, se vio descender en un fantástico mundo. A orillas de una playa desierta, dónde un gigantesco témpano ocupaba la mayor parte de su atención. No tuvo que cuestionárselo, sabía que se trataba de un sueño. ¿Lo dedujimos, acaso, nosotros?

Las aves parecían pollos emplumados que, curiosamente, volaban a pesar de su pesado cuerpo. Nada tenía suficiente sentido, hasta que logró divisar sobre un extenso llano de arena a la pantera negra. La que, en ocasiones, le visitaba oníricamente. Llevaba días desaparecida y, tras el reflejo de las noticias sobre Trufa Silvestre, había regresado.
Una brisa invernal le tomaba por sorpresa. Sobre la arena se veía desnudo, como recién llegado al mundo.
Pero estaba solo y, tan pronto la piel se le ponía como aquellas gallinas voladoras, advirtió la caída de pompones de nieve. La propia arena se convertía en una plataforma escarchada, como el témpano que hubiera avizorado tiempo antes.
Por cada paso, sus pies parecían plegarse en la nieve y sus movimientos se ralentizaban. Bocanadas de vapor emergían desde sus rojizos labios y, aunque se sobara las manos puesto que pensaba portaba lápiz labial, los sentía fríos. Era como si se encontrara en carne viva ante el clima glacial.
La pantera se había esfumado y, de pronto, los pompones de nieve se fusionaron hasta convertirse en una amplia bocanada de humo. La mayor parte levitaba hacia sus fosas nasales.
De pronto, espabiló pero el sueño persistía y el paisaje se difuminaba hasta convertirse en opacados ventanales. El humo asemejaba a una discoteca, pero sólo él se encontraba presente. Y una figura le tomó por sorpresa, como si todo el tiempo estuviese allí, mirándole, y recientemente le notara.
La bocanada de humo provenía de sus fauces y, al avecinarse, le notó, sin remedio. Llevaba unas profundas ojeras y parecía achinado, pero no demoró en constatar que el individuo estaba pasado de porros.

Sin mediar sutilezas, como hombre, le enfrentó. Como si se tratase de un drogadicto, dispuesto a abrirse paso delante de una muralla. La roca era Saúl y el mensaje fue justo lo que imaginaba. El poderoso mundo del subconsciente le ofrecía un duro mensaje en el momento propicio…

– Ella es mía. ¡Te la gané! –

Y negando, al punto de perder la cabeza, sintió un sonido exasperante que palpitaba en su sien. Despertó, a punto de gritar, y el ruido no era más que la alarma de su celular.
Las 4 de la madrugada habían llegado, su jornada laboral iniciaba y, entre negativas, acometió a la ducha.
Zoe había notado lo incómodo que durmió durante la noche, y aunque quisiera saber de que trataría prefirió que él lo hablase por sí sólo.
Al término de la ducha, le vio salir del toilette. Portaba una toalla y el vapor formaba figuras gaseosas sobre sus hombros. El resplandor de luz, que provenía del fondo, por poco la encandilaba. La perspectiva. ante los ojos de Zoe, no tendría precio.

– ¿Estas bien? –

Le preguntó,, preocupada, Zoe. Y los rastros húmedos del llanto yacían desvanecidos.

– Pensé que dormías –
– Despertaste alterado y me preocupé –
– Discúlpame –

Regresó al interior del Toilette para vestirse, pero Zoe irrumpió en un abrir y cerrar de ojos. Luego le tomó de la mano.

– No te preocupes –

Saúl le miró perplejo. Claramente, ella no dormía…

– S… Solo fue una pesadilla –
– Me alegro –
– ¿A sí? ¿Desde cuándo eres tan mala conmigo? –
– Quise decir que me alegro, que no fuese nada real –

Y ambos rieron. Como para olvidar el drama de la noche anterior.
Esta vez, había sido una pesadilla y no un sueño. Quién entendiera al subconsciente con sus misteriosas estratagemas en momentos oportunos.

Se retiraba al trabajo con una sonrisa. A pesar de todo, el apoyo de Zoe, haciéndole el desayuno al tiempo que él acababa de vestirse, le había proporcionado suficientes energías para salir adelante. Y aunque recordase a Neky en su pesadilla, aunque todo el problema suscitara en su mente tras saber que ambos pasarían la noche juntos, intentó proseguir con su día sin pensarlo demasiado.

Antes de preverlo, se hallaba haciendo flexiones de brazos con la tropa de hermanos y sintió una voz distante que murmuraba:

– ¡Cornudo! –

Como si le estuviesen atacando, alzó el rostro. Si bien no supiera quién habría sido, por alguna razón coincidente necesitaba saber si no se referirían a él. Los fantasmas se apropiaban de su lógica mental y, entre las miradas presentes, alertó la pícara sonrisa de Karina Caricia Giménez. Le desdeñaba desde lo alto, junto a una columna reducida de señoritas y todas disfrutaban del ejercicio masculino. Alguna, incluso, se sobaba los labios ante el paisaje matutino.

Y aunque mostrase desinterés, tan pronto le observó fue constante. Ella solo tenía ojos para él y se podían sospechar las preguntas develara desde el interior de su cabecita.

¿Acaso no recibiste mis mensajes? ¿Cuándo nos veremos?

Sudados yacían todos en el vestuario, luego de un intenso entrenamiento. Le había sido suficiente para olvidar los tormentos pasados, así fuese por un día. Y, en lo que planeaba marcharse, el resto de soldados le tomó desprevenido.

– Ella es mía –

Exclamó uno de mayor estatura, y otro a su lado le dio un leve empujón.

Saúl observó a los lados y, ante la ausencia de superiores y entre los abrumados pensamientos, se abalanzó y le propició un puñetazo. El golpe fue tal que el muchacho volteó el rostro y, sin querer, le atinó un codazo en el mentón a otro compañero.
El escándalo se generalizó y, como un panal de abejas, los hermanos, o quizá no tan hermanos, se movilizaban por doquier. Puños, patadas y empujones reincidían.
Y ante el inicio del pleito, Saúl sonreía satisfecho, como si se hubiese quitado una carga emocional de encima.
Le observaba con desdén al reo que se había desmayado tras el puñetazo y su mente la ofrecía una ilusoria jugarreta. En ella el rostro del muchacho no era más que el del fumanchero aquél de su pesadilla.

– Es mía –

Murmuró por lo bajo.

Y las señoritas ya observaban a través de las ventanas, mientras Karina Giménez se regodeaba de orgullo.

– Pelean por tí –

Exclamaba una.

– Están locos –

Contestaba otra.

Y, tan pronto espabiló, comprendió el desorden que había conseguido. Tomó su bolso y se marchó, ante el anochecer, hacia su hogar.
El General Giménez y otros suboficiales llegaron para calmar el caos y Saúl se había salvado por los pelos.

A paso lento, sin apuro, regresaba a casa. Observaba con desgano el celular, pensaba incluso en responder a la pregunta de Trufa Silvestre…

– ¿Cuándo volveremos a vernos, mi amor? –
– No lo sé. Tengo problemas con mi ex –

Le respondió, así se tratase de una mentira piadosa. Pero oportuna para sacar revancha ante el mal momento.

– ¿Estás con tu ex? ¡Voy para allá! –

Y Saúl quedó perplejo ante el resultado de su comentario…