Caminé sin andar,
y al verte, olvidé adónde iría.
Inmerso yacía en un sueño,
en una plácida y en eterna agonía.


Escasos los pretextos ajenos,

pues tu mirada se halla en la mía.
Y así no descubrieses mi ausencia,
aún tu alegría me hipnotiza.

Soy quién distante te aprecia,
el que conmovido te admira.
Quién en momentos dialogaría,
aquél que en otros se reserva.

Bajo el yugo del afecto,
en los confines de tus ojos. 
Me sumerjo en tu sonrisa
y en el néctar que rebozas.


Espléndida como eres,

como la más afable de las flores.
Siento el placer de conocerte,
de rodearnos en lazo perenne.

Y así el frío se acercase,
así no percibiera tu dulzura.
Me cautiva la existencia,
el fervor de anhelarte.

¿Qué será de tantos seres?
de distraídos e indiferentes.
Quiénes carecen de la dicha,
de regocijar su alma al verte.

Que será de mi, en sazones,
del señuelo interno que cavilo.
Y qué de los versos que me callo,
tal suntuoso afán de comprenderte.

¿Sería penosa la plática?,
afrontar el intrépido anhelo.
Conmover al corazón ermitaño,
y ostentar el placer de oírte.

 

Aspirar el agitado resuello,
el natural y velado encuentro.
Pasmar el reflejo del destino,
compartir hipotética sintonía.

 

Hallar, unidos, la perpetuidad…