Caminé sin andar,
y al verte olvidé adónde iría.
Inmerso estaba en un sueño,
en la eterna agonía.

Ni con pretextos pude voltear,
pues tu mirada encontró a la mía.
Y así no descubras mi ausencia,
aún me hipnotiza tu alegría.

Soy quién distante te aprecia,
el que conmovido te admira.
Quién en momentos te hablaría,
y en otros se silencia.

Bajo el yugo del afecto,
en los confines de tus ojos.
Develar esos finos labios, 
y sumergirme en tu sonrisa…
en el néctar que rebozas…

Espléndida como eres,
como lo afable de las flores.
Sentir el placer de conocerte,
de rodear el lazo perenne.

Y así el frío se acercara,
así no oyese tu dulzura.
Me cautiva tu existencia,
el fervor de percibirte.

Qué será de los reos,
de los ciegos y sordos
De quiénes no hubo oportunidad,
el regocijo interior del alma.

Que será de mi en ocasiones,
del señuelo que cavila dentro.
Y qué de los versos que callo,
del deseo de hablarte.

¿Tan difícil la plática?,
afrontar el intrépido anhelo.
Conmover al ermitaño corazón,
ostentar el placer de oírte.

Aspirar el febril resuello,
el natural y oculto encuentro.
Pasmar el reflejo del destino,
divisarte y volver a descubrirte…
hasta la perpetuidad…