“…Ante el peligro inminente, la propia naturaleza opta por proteger al Druida, quién la protege como si fuera su propia madre…”

Los Guardianes del Druida

El desenlace era pertubador. En tan solo instantes el ritual de iniciación de Geón había llevado a la muerte a numerosos individuos y, ante los ojos de Nozepul, se hallaba el Gran Sabio destrozado. Un extenso charco bermellón se abría paso por doquier. Su rostro permanecía en un eterno asombro, como si hubiera despertado de una pesadilla. Una, que en realidad le había quitado la vida de un simple pestañeo.

Sus brazos yacían apuntando al Norte y al Sur, mientras que sus piernas direccionaban hacia el Este y Oeste. Tal trauma, percibido por el mayor de los adeptos, y el que aún sobrevivía a la tragedia. Era tan incomprensible como una terrible hazaña predispuesta que buscaba atormentar a todos.

Como si todo hubiera sido un plan para sus ojos… ¿Quién más lo notaría, de no haber sido él?
Y en ese momento, recuperando el aliento, recordó a su hermano; más por compañero, que por hallegados a la concepción.

– ¿Velnor? –

Gimió, como si alguien pudiera oírle en las cercanías.
El amanecer era silenciosos, apenas por la luz podía asimilarse su llegada.
Y tan pronto como investigó los alrededores, al despertar su curiosidad la ausencia del psíquico, halló sus prendas dispersas sobre la hierba.

Para cuando resolvía buscar entre los sobrevivientes, numerosos guardias se presentaban dispuesto a tomar represalias ante el funesto acontecimiento.
Aunque Nozepul intentase ocultar la macabra imagen del Gran Sabio, los hombres ya habían conseguido superarle y lo contemplaban estupefactos
Sin consuelo, unos se desmoronaban de rodillas, mientras otros ocultaban sus miradas.

La rabia se desprendía de sus rostros pacíficos. Las lágrimas se constataban en los fieles más endebles.
Cuando, de pronto, y fuera de sí, uno exclamó:

– Ha sido ese muchacho. Incluso ha sustraido el Yelmo Místico –

No era claro si el resto confiara en dichas palabras, o simplemente necesitaban apuntar con la culpa a alguien. Como si eso calmara la incontrolable bravura.
Como fuese, Nozepul creía haberle visto antes de regresar a la Aldea. Pero la degradante perspectiva le producía confusión y un estridente mareo.

– ¿Y Velnor? ¿Dónde está el? –

Insistió sin mesura, mientras se encontraba al borde de la ira y manoseaba las prendas del que fuera su mejor amigo.
Nadie osaba, siquiera, en responder. Ninguno había alertado su despedida. E incluso no hayaban manera de esclarecer la incógnita.

– Muy bien –

Murmuró el adepto y, tras ponerse de pie, todos le observaron con desdén.

– Armense todos. Cada uno de ustedes, incluido yo. Patrullaremos la selva completa, de ser necesario. Daremos con los culpables de esto y con la ubicación de Velnor –
– ¿Y si hallamos al muchacho? –
– ¿Geón? Tráiganlo también. El amanecer se acerca, será mas sencillo de hallar a todos en este preciso momento –

Luego del grito al unísono de los concurrentes, todos marcharon hacia cualquier dirección probable y, entre los arbustos, un encapuchado aguardaba con una plena y maliciosa sonrisa.

De esta manera todo Ser capaz de portar un arma y rivalizar contra los peligros que el ambiente propagaba, se internaban en los confusos pasadizos de la selva. Mientras que en algún ámbito posterior, Geón, transformado en un tigre blanco contemplaba como el Sombra le protegía. De quién creyera tener intenciones maléficas, en realidad se interponía frente a la fiereza de una enorme y oscura pantera.

La espada yacía clavada en un tronco, y el ninja se hallaba desarmado. Sin embargo parecía conservar alguna técnica para defenderse.

Tras rugir sostenidamente, Geón se irguió en dos patas y el cuero del animal se plegó a su piel. En cuestión de segundos recupero su forma humana y posó las manos en el Yelmo de Diamante.
Al instante siguiente, se desplomó de rodillas y, exhausto, suspiraba una a otra vez, sin detenimiento alguno. Había utilizado dos conjuros demasiado pronto e incluso había luchado con la bestia en una ocasión.

Era inevitable desatender la perspectiva. Tras ligeros movimientos, una encarnizada batalla tenía lugar entre las dos sombrías figuras.
Antes de siquiera anticiparlo, el muchacho notó como al que solían llamar Demonio de Yahandá recuperaba su sable luegod e precisos saltos que desviaban la amenaza del monstruoso animal. Sin embargo, éste le perseguía desaforadamente mientras arrancaba todo obstáculo a su paso.

Geón y el Ninja cruzaron sus miradas de pronto, ante el movimiento silvestre. Y como si el animal pudiese olfatear el agotamiento físico del portador del Yelmo de Diamante, le observó fijamente y rugió con mayor amplitud.

El sombra, a l no ver mejor opción, envainó su sable. Luego de dirigirse hacia el frente, abrazó al muchacho y lo cargó de camino hacia los arbustos. La criatura procedía a seguirles por la espalda, al tiempo que sus pisadas aplastaban la propia hierba.

Geón, el muchacho, siendo cargado por el sombra, abrazó con mas ímpetu su reliquia. Temía que el ninja intentara quitársela.

– ¿Puedes andar? –

Susurró el ágil atleta, luego de detenerse frente a una cascada, cuyas aguas formaban un recorrido constante hacia el Oeste.

Geón asintió, pero ante el veloz movimiento y el terror a punto de capturarles, presentía no haber sido interpretado. Sin embargo, tan pronto como oyó la cascada, sintió que descendía a toda prisa. Antes de comprender los sucesos, contempló en lo alto, por sobre la ladera selvática, al sombrío guerrero que aguardaba. Tras resonar un crujido desde su vaina, lanzó un corte a su espalda y el felino no pudo proseguir con la feroz travesía.
Sabía que el sombra bloqueaba el paso y, ante el sonoro chapuzón sintio el agua invadirle por detrás. No solo se sumergía, siendo la corriente un impedimiento para constatar el destino de la batalla, sino que tardíamente comprendió que el curso del río le empujaba lejos del punto de caída.

Creía haber perdido la consciencia practicamente, y como si participara de un sueño recordó las palbras del Gran Sabio.

“…Sé que todos los que hoy conviven en estas tierras conocen la diferencia del viejo y el nuevo reino. Sé que incluso los Elfos…”

Y de pronto despertó oyendo el cauce del agua empujarle hacia la orilla. El yelmo yacía atascado entre rocas y su mano.
Abrió los ojos, invadido por el atardecer que tornaba todo confuso.
Sentía que alguien le observaba, pero aún no lograba concebir donde se hallaba. A penas comprendía como había sucedido todo eso. Muchos menos podía descifrar porque el ninja le había salvado.

Empujando las rocas alzó el yelmo sobre su pecho y luego de girar sobre la orilla logró alejarse del agua. Allí aguardó unos momentos, contemplando el cielo que tan pronto anochecía y la oscuridad comenzaba a cargarse de estrellas resplandecientes.

Estaba exhausto, pero eso no le detenía. Tan pronto como recuperó las fuerzas se arrodilló sobre el terreno y observó hacia los alrededores.
Para su sorpresa yacía rodeado, como si tuviese un extraño magnetismo. Los animales salvajes le miraban y se reunían en torno a el.

Al principio se espantó, no acostumbraba a ver tantos en el descampado, a pocos metros de él. Un oso de gran estatura se hallaba al centro, y a los lados disminuían en tamaño, pero tan temibles como el primero se encontraba el resto.

Los arbustos resonaron de pronto, y ante el asombro del muchacho los animales se voltearon. Era como si buscaran protegerle de lo que se avecinara.
El desconcierto ganaba mayor connotación y, tan pronto como la noche se cernía, los colores de la selva se tornaron mas siniestros. El ninja sobresalía de entre la abundante flora. Geón se tranquilizó, pero sus compañeros de la selva mantenían la guardia.

Desde esa distancia, el hombre, cuyos ojos eran lo único perceptible, se detuvo y le miraba fijamente.

– Por un breve tiempo no nos hallará –
– ¿Quién eres? ¿Por qué me has protegido? –

El sombra no necesitó responder a la pregunta, en cuanto señaló hacia el yelmo el muchacho lo ocultó tras su espalda.

– L… Lo sabía –

Ante la desconfianza de Geón, los animales rugieron con ira y el ninja no tuvo mas opción que retroceder. Se hallaba en suma desventaja.

En cuanto la noche llegó completamente, a penas la luna iluminaba de forma tenue al muchacho. El agua proseguía su curso audible a pocos metros de éste.
Geón se sentía protegido, sin embargo sabía que no se hallaba solo.
Sabía que ese hombre le había salvado, pero aún sospechaba de sus verdaderas intenciones.

Entre la oscuridad latente, el místico notó la presencia de los siniestros ojos del espectador. Permanecía inmóvil, sin ser captado siquiera por los salvajes guardianes. Por su parte, estos, rechazando cualquier instinto natural aguardaban recostados en torno al muchacho. Geón no perdía de vista al intruso.

– Sé que me oyes –
Susurró entre la densidad de los arbustos.

Tras alzar una de sus orejas, el tigre blanco permanecía con sus ojos cerrados pero alertaba al individuo. Geón asintió buscando no despertar a sus guardianes, y el somrba prosiguió con el diálogo.

– Esa criatura no demorara en detectarnos, y cuando lo haga tendrás que elegir –

Geón no necesitó que el hombre finalizara tales palabras, observó detenidamente a los animales y su rostro se tornó lamentable.

– Podemos retirarnos ahora o intentar sobrevivir cuando ese monstruo se avecine –
– Aún no me has respondido. ¿Por qué me proteges? Podrías dejarme y conseguir el yelmo, una vez que haya muerto –

El ninja no solo no respondió sino que tras soplar, con la brisa, su presencia se desvaneció por completo. Geón creía que de cerrar totalmente sus ojos, quizás no lo notaría. Pero repentinamente se sentía inseguro. Era como si se sintiese acechado, desde algún punto remoto.

Los animales no demoraron en espabilar y resguardecer el pasaje entre gruñidos, mientras el portador de la reliquia observaba de un lado a otro, intentando captar lo venidero.

– ¡Sombra! ¿Dónde has ido? –

Gritó con intranquilidad.

No muy lejos de allí, los místicos se internaban en la selva, buscando alguna pista que les guiara al asesino del Gran Sabio, además de Velnor.

Nozepul a penas lograba mantener la paciencia, estaba a punto de conjurar un incendio tan notable que trasluciera cada rincón del averno de las sombras.
Sin embargo, el recuerdo del Gran Sabio controlaba su ira.
Esto no lo favorecería durante mucho tiempo, el hechicero estaba desesperado. Ante la incertidumbre optó por detenerse en un extenso trecho de terreno, sin arbustos, para meditar. Buscaba con ello recuperar la voz espiritual de su Maestro, la que durante años le había guiado en momentos trágicos. Pero algo cercano le bloquéo el acceso.

Tras numerosos intentos, Nozepul rechinó los dientes y abrió los ojos.

Para su sorpresa, un encapuchado yacía frente a su mirada.
En ausencia del resto de los místicos, Nozepul se hallaba solo contra el misterioso Ser. Sabía que eso acabaría de un modo y lograba percibir la maldad que inspiraba a ese hombre, pero la duda predominaba ante todo.

– Nozepul, el mago –

Murmuró sin rodeos el hombre.

– ¿Quién eres, viajero? –
– ¿Querrías saberlo de veras? –

Nozepul asintió y a continuación el asombro preponderó en su rostro. El hombre se quitaba la capucha ante la oscuridad que lo rodeaba.

¿Podrá Nozepul detener al asesino del Gran Sabio y Velnor? ¿Qué trama además de conseguir el Yelmo de Diamante?