La Caricia y el deber laboral

  Apenas se oía una fiesta nocturna de murciélagos. Probablemente provenientes del terreno baldío, el que daba detrás del dormitorio de Saúl. Sus labios estaban a punto de plegarse y fundir los miles de recuerdos de una lejana amistad en un añorado encuentro. Pero, después de todo, no serían tan sencillo. En aquel silencio ensordecedor, apenas se oía la respiración. Zoe suspiraba de forma constante, como si se encontrara en una incómoda situación. De pronto, la puerta se entornó y la televisión desde el Living-Comedor se oía tan precisa, que parecía como si alguien observara desde la entrada al...

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